Si digo que no me
importa una mierda la humanidad tenéis que creerme. Me importan algunas
personas, más de las que parecen y muchas menos de las que deberían. No me ha
hecho falta vivir todo esto en primera persona para darme cuenta, lo sé de
antes.
Coronavirus: fallo sociopolítico de
magnitud catastrófica.
En efecto, tenía que ser un virus el que
nos mostrase las costuras de un traje mal diseñado de origen.
Pero tranquilos, no tengáis miedo, es la
historia repitiéndose de nuevo. Como siempre. Con su vestido de gala y sin
bragas.
Lo más gracioso de todo
es mi situación actual. Padre de un niño de tres meses y medio. Casado hace
cinco meses con la mujer de mi vida. Y viviendo un momento feliz salpicado
desde el principio por la
puta vida. La jodida realidad. Crudeza enfermiza.
Sí, amigos, trabajo en una cárcel. Construida
en el maldito epicentro del foco contagioso del país —Valdemoro—. Un lugar en
el que todo el mundo se tomó a coña el virus. Incluso hace seis días, cuando la
cosa parecía bastante seria, nadie tomó medidas de ningún tipo. Ni
desinfecciones. Ni aviso a trabajadores. Ni prevención. Nada de nada.
Es muy fácil culpar a los demás de tu
propia incompetencia. Por mi parte y la de mi familia, aunque pensemos que
detrás de todo este tema se esconde algo más, hemos decidido ser cautos y
anteponer nuestra salud a cualquier tipo de interés económico o relacionado con
el jodido bienquedismo.