Hoy
he salido de casa. He ido a buscar unos huevos a casa de mis padres. Me he
ataviado con una mascarilla y unos guantes antisépticos. Mientras me dirigía hacia
el hogar familiar una extraña quietud flotaba en el ambiente. Los pájaros piaban con un entusiasmo
inusitado, los gatos callejeros se quedaban inmóviles a mi paso, mirándome
fijamente como desafiándome: “¡Oye, hijo
de puta, qué coño haces en mi territorio!".
El sol brilla con una alegría inusual. La ausencia de los ruidos mecánicos de
los automóviles y la nula actividad humana hacen que me invada una sensación
cálida de bienestar, tranquilidad y
seguridad, como si el ecosistema me acogiera en su cálido regazo, como si el
planeta hubiera perdonado todas las ofensas que mi especie y yo mismo le hemos
causado. Con una sonrisa escondida bajo
mi máscara, llego al edificio de mis padres.
Pulso la marcación rápida del móvil, un tono, dos… “Hola, hijo, ¿cómo estás?”,
me pregunta mi madre. “Bien, mamá, vengo
a buscar los huevos de la semana“, le contesto. “Sí, los tienes debajo de la
escalera”.
Mi madre sale a la terraza, puedo verla, la sonrisa que escondía bajo la máscara
se evapora como un cubito de hielo en pleno Agosto a las tres de la tarde. Su
rictus de preocupación me hiela la sangre.
“¿Cómo te va, mamá, os encontráis bien?”. Con una sonrisa amarga y el gesto
serio me dice: “Sí, hijo, estamos bien,
nos preocupamos por ti y tus hermanos,
vaya por dios lo que os ha tocado vivir". Mi jodida garganta se
cierra como la soga abraza el cuello del ajusticiado. Mi voluntad lucha de forma desesperada para
evitar que las lágrimas y la voz no se me quiebren. “!Joder! Mamá, será en
plural, que nos ha tocado vivir”.
“David, hijo, nosotros ya hemos vivido lo nuestro”. Como siempre me pasa cuando
los sentimientos me invaden, intento anularlos,
me recluyo en mis habituales silencios.
Mi madre me mira, la miro, con un
leve movimiento de cabeza me envía un beso aéreo a través de su envejecida mano,
sin que ninguno de los dos medie palabra alguna nos despedimos.
Joder,
tan solo quisiera ser una cuarta parte de lo VALIENTES que son mis padres, despojarme del miedo a la extinción, la Soledad,
al cambio… a este nuevo orden mundial.
Nunca rezo, no creo en las
entidades superiores, pero en esta ocasión lo hago. Por favor, que los hijo de puta que han creado este
virus pierdan el control de esta cepa y
que solo los críos y los animales sobrevivan.
Sin nosotros el planeta está mejor. En definitiva, quién quiere albergar
un cáncer en su interior.