viernes, 20 de marzo de 2020

Día 5.

Hago verdaderos juegos malabares para poder llevar todas las bolsas de basura que hemos estado acumulando, por el mero hecho de salir lo menos posible a la calle. En el portal me encuentro a un repartidor de Amazon ataviado con mascarilla y guantes; le aguanto la puerta para que pase dirigiéndole un hola no correspondido, a lo mejor se piensa que saludar de palabra puede contagiar el virus. De camino al contenedor pienso en las últimas palabras que me ha dicho mi mujer: —Tené cuidado, no te pille la poli—. Es curioso que la gente empiece a temer más a las fuerzas de seguridad y sus represalias que al mismísimo virus en sí. De los contenedores a mi casa hay menos de dos minutos, ida y vuelta, ese es el único contacto que tendré con el mundo exterior hoy.
   Hace un día cojonudo, el cielo despejado, un sol espectacular y una temperatura agradable, así que aprovecho para limpiar la terraza, tarea que tenía pendiente desde que el último temporal la dejo
hecha un asco. La verdad es que lo hago más por entretenerme realizando alguna actividad que por otra cosa. De este modo, mientras mi mujer hace pan casero en la cocina y mi hija corre de un lado para otro por la terraza hablando hasta por los codos, yo limpio cada tiesto de maceta, barro el suelo y paso un paño por la barandilla. Me fijo que la mayoría de vecinos están haciendo lo mismo, limpian sus terrazas y balcones, ordenan los armarios trasteros o juegan con sus mascotas o hijos en ese pequeño reducto de libertad. De pronto la gente empieza a hablar entre sí, de terraza a terraza, de balcón a balcón; personas que normalmente se cruzan por la calle y ni se miran a la cara, ahora están creando una especie de efecto colmena. También me fijo en la pareja de mediana edad —tirando ya a mayor— que reside enfrente; normalmente viven discutiendo, pero desde que se han comprado un perro no los he escuchado gritarse ni un momento, todo lo contrario, ahora mismo también están en su terraza jugando con el animal con la misma ilusión de unos padres jugando con un hijo pequeño. En este momento la gente está disfrutando, a su manera, del aire libre, sin pensar en la pandemia, sin dejar que el miedo al contagio los amargue, olvidándose del maldito virus.
   Termino de limpiar la terraza al mismo tiempo que me llega el olor del pan recién salido del horno. A los pocos minutos mis hijos mayores se comunican conmigo por Whatsaap para felicitarme por el día del padre —mi mujer y mi hija lo habían hecho nada más levantarme—. Pienso que hoy no va a ser un mal día a pesar de todo; pero la noche me demuestra lo contrario. Durante la tarde el herpes, aunque de aspecto parece que esté mucho mejor, empieza a joderme de nuevo. El dolor se mezcla con la ansiedad de estar encerrado en un piso que cada vez me parece más pequeño. Empiezo a caminar compulsivamente de un lado para otro, cuento los pasos que hay del comedor al baño, del baño a la habitación y de la habitación a la otra habitación. Mi mujer entretiene a mi hija pequeña con un juego de mesa, me piden insistentemente que juegue con ellas, pero mi estado nervioso no está para jueguecitos en este momento, sigo caminando de un lado para otro como un imbécil, con la necesidad de liarme a hostias con una pared hasta destrozarme los nudillos. Intento calmarme viendo la televisión, capítulos más que repetidos de Los Simpsons y Big Bang Theory, lo único visible en estos momentos, pero el Ministerio de Sanidad se encarga de joderlo colando anuncios con el lema “Entre todos, juntos podemos” refiriéndose al virus; ese mismo Ministerio de Sanidad que tiene los hospitales sin los medios necesarios para poder afrontar la pandemia, sin personal suficiente para la saturación de pacientes existentes, mientras los trabajadores tienen que enfrentarse cada día al virus sin el equipamiento de seguridad necesario, con batas y mascarillas que no protegerían de una simple gripe a nadie. Pero tranquilos, “entre todos, juntos podemos”, y se lo creen todas las personas encerradas en sus casas. Mientras, el maldito Gran Hermano y sus ministros deben estar bien a salvo gastándose, vete tú a saber en qué, el dinero de las arcas municipales.
   Acostamos a la niña, nos acostamos nosotros y nos dejamos llevar por el placer de dejar de estar conscientes durante unas horas mientras el reloj sigue corriendo, obligándonos a despertar y enfrentarnos a un día más de confinamiento.