Mientras escribo esto me noto la boca pastosa, no estoy bebiendo mucha agua estos días; y no es cuestión de tener o no tener la sensación de sed, es sencillamente que no me acuerdo de hacerlo, vivo en un presente continuo. Para mí siempre es exactamente el mismo instante, por muchas vueltas que den las manecillas del reloj.
Le preparo el desayuno a mi hija y cierro la puerta del comedor, son las ocho de la mañana y encuentro innecesario despertar a mi mujer, esta noche le toca volver a trabajar en el hospital, y todo descanso va a ser poco una vez se encuentre en el interior de las trincheras en las que se han convertido todos los hospitales de este país, o del mundo entero, para ser más exacto.
Hoy me ha dado por ordenar el armario trastero —una de esas tareas que sabemos que tenemos que hacer pero que vamos retrasando hasta el confín de los tiempos—. Mientras, mi hija salta a la comba al otro lado de la terraza. La verdad es que no somos conscientes de la mierda que tenemos hasta que nos metemos de lleno en ella, y sacar todos los trastos de ese armario y tratar de volverlos a meter en un orden lógico me ha hecho ser muy consciente de ello. Después de lograr reconstruir ese cubo de Rubick y llenar toda una bolsa de basura de trastos inútiles, he salido a la calle para tirarla y hoy sí que he sido el único ser humano en la calle. Durante el corto trayecto hacia los contenedores me he sentido como Robert Neville en la novela Soy Leyenda. Una calle completamente desierta, sin personas con sus voces, sin vehículos con el rugir de sus motores, sin nada ni nadie, tan solo yo.
Una vez en casa y, mientras mi mujer prepara la comida —más bien calentando lo que sobró de ayer, no por falta de abastecimiento, es una costumbre nuestra—, pienso en esa calle desierta y me pregunto: ¿A caso la gente tiene más miedo o sencillamente ha tomado más conciencia de la situación actual? Y sobre todo, ¿dónde está la delgada línea divisoria entre tener miedo y tomar conciencia en estos días que estamos viviendo? Esa pregunta me ronda en la cabeza durante todo el día hasta que sin darme cuenta —en mi maldito presente continuo— mi mujer se despide de mí con un beso en los labios para irse a trabajar.
Una vez acostada mi hija y mientras intento dopar mi mente con una buena dosis de Mozart antes de acostarme, me doy cuenta que desde que empezó todo esto del virus he dejado de leer, y eso es extraño, realmente extraño, pues soy un lector nato, un vicioso del arte escrito, una rata mugrienta de bibliotecas. Por mucho que lo intente no logro recordarme a mí mismo sin un libro entre las manos. Pero últimamente no logro concentrarme en la lectura, lo he intentado varias veces, pero siempre he acabado desistiendo a las pocas líneas leídas, mi mente va a mil, no soy la típica persona que expresa de forma exterior sus sentimientos, soy más bien introvertido, pero eso no quita que mis emociones no estén como en una lavadora en plena centrifugación por todo esto.
Seamos sinceros, decir que esta situación no me asusta sería mentir como un bellaco. Tengo miedo cada vez que mi mujer sale por la puerta sin saber si la próxima vez que entre por ella lo hará con el virus a cuestas; miedo por el alto porcentaje de contagio que tiene mi madre de setenta y tres años y salud perjudicada; miedo por mis hijos mayores —adolescentes— que viven con mi ex a cincuenta kilómetros de distancia, miedo por el resto de mi familia, miedo por mis amigos, los cuales me están ayudando en gran manera para hacerme todo esto mucho más llevadero, miedo por mis compañeros de trabajo que, como mi mujer, se están jugando la vida en el campo de batalla de los hospitales cada día de su existencia, y como no, miedo a contagiarme yo. Pero hoy hay algo que me da más miedo que el virus —mañana ya veremos— y es el miedo que me está dando estar viviendo en un país en el que nos vemos obligados a pagar una cantidad abusiva de impuestos, pero que al mismo tiempo tiene una Sanidad pública tan precaria que no es capaz de combatir una pandemia en pleno siglo XXI. Un país donde en menos de un mes se están agotando, en todos los hospitales, el material básico para afrontar una epidemia, y no estamos hablando de maquinaria especial —que también comienza a escasear y gravemente, ya que los respiradores empiezan a valer su peso en oro—, sino cosas tan básicas como batas, mascarillas y guantes. A tal nivel de escasez hemos llegado, que el Ministerio de Sanidad cambió hace unos días los protocolos con el único fin de protegerse el culo legalmente y obligar a los trabajadores sanitarios a trabajar en esa precariedad, que, por si aún ese Ministerio no se ha dado cuenta, los trabajadores sanitarios hubieran seguido trabajando igual aunque no existiera esa patética actualización de protocolos, ya que esos trabajadores llevan jugándose la vida cada día, no solo desde que el Virus entró en escena —como lo hizo en su día la Gripe A o el Ébola—, sino que lo llevan haciendo desde el mismo día que decidieron estudiar para dedicarse a esta profesión ¿Y por qué? Pues por el mero hecho de que ellos tienen dignidad, no como toda la prole política con su afán compulsivo y obsceno de transversar los fondos públicos.
Pero lo realmente aterrador llegará cuando toda esa escasez toque límite, cuando haya que empezar a elegir —como bien dice la Doctora Cristina Nadal— quién vive y quién muere. Y esto me provoca hacerme la típica pregunta conspiracionista ¿Esto ha sido una Pandemia creada de forma natural o ha sido la forma que ha tenido el Gobierno de legalizar “La noche de la purga” para su propio beneficio y bien? Pero bueno, no me hagáis mucho caso, la mayor parte del tiempo no suelo saber lo que me digo, y la otra suelo estar equivocado.
Escucho un quejido procedente de la habitación de mi hija, dejo el portátil donde estoy escribiendo este Día 7 y voy a ver qué le ocurre. Me la encuentro sentada en la cama, sudando y un poco adormilada. Acaba de tener una pesadilla. Le pregunto qué le ocurre y me contesta que tiene miedo. Me siento en la cama junto a ella y la abrazo apretándola contra mi pecho mientras le respondo: Yo también, mi vida. Yo también.
Le preparo el desayuno a mi hija y cierro la puerta del comedor, son las ocho de la mañana y encuentro innecesario despertar a mi mujer, esta noche le toca volver a trabajar en el hospital, y todo descanso va a ser poco una vez se encuentre en el interior de las trincheras en las que se han convertido todos los hospitales de este país, o del mundo entero, para ser más exacto.
Hoy me ha dado por ordenar el armario trastero —una de esas tareas que sabemos que tenemos que hacer pero que vamos retrasando hasta el confín de los tiempos—. Mientras, mi hija salta a la comba al otro lado de la terraza. La verdad es que no somos conscientes de la mierda que tenemos hasta que nos metemos de lleno en ella, y sacar todos los trastos de ese armario y tratar de volverlos a meter en un orden lógico me ha hecho ser muy consciente de ello. Después de lograr reconstruir ese cubo de Rubick y llenar toda una bolsa de basura de trastos inútiles, he salido a la calle para tirarla y hoy sí que he sido el único ser humano en la calle. Durante el corto trayecto hacia los contenedores me he sentido como Robert Neville en la novela Soy Leyenda. Una calle completamente desierta, sin personas con sus voces, sin vehículos con el rugir de sus motores, sin nada ni nadie, tan solo yo.
Una vez en casa y, mientras mi mujer prepara la comida —más bien calentando lo que sobró de ayer, no por falta de abastecimiento, es una costumbre nuestra—, pienso en esa calle desierta y me pregunto: ¿A caso la gente tiene más miedo o sencillamente ha tomado más conciencia de la situación actual? Y sobre todo, ¿dónde está la delgada línea divisoria entre tener miedo y tomar conciencia en estos días que estamos viviendo? Esa pregunta me ronda en la cabeza durante todo el día hasta que sin darme cuenta —en mi maldito presente continuo— mi mujer se despide de mí con un beso en los labios para irse a trabajar.
Una vez acostada mi hija y mientras intento dopar mi mente con una buena dosis de Mozart antes de acostarme, me doy cuenta que desde que empezó todo esto del virus he dejado de leer, y eso es extraño, realmente extraño, pues soy un lector nato, un vicioso del arte escrito, una rata mugrienta de bibliotecas. Por mucho que lo intente no logro recordarme a mí mismo sin un libro entre las manos. Pero últimamente no logro concentrarme en la lectura, lo he intentado varias veces, pero siempre he acabado desistiendo a las pocas líneas leídas, mi mente va a mil, no soy la típica persona que expresa de forma exterior sus sentimientos, soy más bien introvertido, pero eso no quita que mis emociones no estén como en una lavadora en plena centrifugación por todo esto.
Seamos sinceros, decir que esta situación no me asusta sería mentir como un bellaco. Tengo miedo cada vez que mi mujer sale por la puerta sin saber si la próxima vez que entre por ella lo hará con el virus a cuestas; miedo por el alto porcentaje de contagio que tiene mi madre de setenta y tres años y salud perjudicada; miedo por mis hijos mayores —adolescentes— que viven con mi ex a cincuenta kilómetros de distancia, miedo por el resto de mi familia, miedo por mis amigos, los cuales me están ayudando en gran manera para hacerme todo esto mucho más llevadero, miedo por mis compañeros de trabajo que, como mi mujer, se están jugando la vida en el campo de batalla de los hospitales cada día de su existencia, y como no, miedo a contagiarme yo. Pero hoy hay algo que me da más miedo que el virus —mañana ya veremos— y es el miedo que me está dando estar viviendo en un país en el que nos vemos obligados a pagar una cantidad abusiva de impuestos, pero que al mismo tiempo tiene una Sanidad pública tan precaria que no es capaz de combatir una pandemia en pleno siglo XXI. Un país donde en menos de un mes se están agotando, en todos los hospitales, el material básico para afrontar una epidemia, y no estamos hablando de maquinaria especial —que también comienza a escasear y gravemente, ya que los respiradores empiezan a valer su peso en oro—, sino cosas tan básicas como batas, mascarillas y guantes. A tal nivel de escasez hemos llegado, que el Ministerio de Sanidad cambió hace unos días los protocolos con el único fin de protegerse el culo legalmente y obligar a los trabajadores sanitarios a trabajar en esa precariedad, que, por si aún ese Ministerio no se ha dado cuenta, los trabajadores sanitarios hubieran seguido trabajando igual aunque no existiera esa patética actualización de protocolos, ya que esos trabajadores llevan jugándose la vida cada día, no solo desde que el Virus entró en escena —como lo hizo en su día la Gripe A o el Ébola—, sino que lo llevan haciendo desde el mismo día que decidieron estudiar para dedicarse a esta profesión ¿Y por qué? Pues por el mero hecho de que ellos tienen dignidad, no como toda la prole política con su afán compulsivo y obsceno de transversar los fondos públicos.
Pero lo realmente aterrador llegará cuando toda esa escasez toque límite, cuando haya que empezar a elegir —como bien dice la Doctora Cristina Nadal— quién vive y quién muere. Y esto me provoca hacerme la típica pregunta conspiracionista ¿Esto ha sido una Pandemia creada de forma natural o ha sido la forma que ha tenido el Gobierno de legalizar “La noche de la purga” para su propio beneficio y bien? Pero bueno, no me hagáis mucho caso, la mayor parte del tiempo no suelo saber lo que me digo, y la otra suelo estar equivocado.
Escucho un quejido procedente de la habitación de mi hija, dejo el portátil donde estoy escribiendo este Día 7 y voy a ver qué le ocurre. Me la encuentro sentada en la cama, sudando y un poco adormilada. Acaba de tener una pesadilla. Le pregunto qué le ocurre y me contesta que tiene miedo. Me siento en la cama junto a ella y la abrazo apretándola contra mi pecho mientras le respondo: Yo también, mi vida. Yo también.