Salgo a la calle, camino por la acera sin mucha prisa, pese a que chispea levemente. No me importa mojarme con la lluvia, incluso agradezco ese contacto con algo tan natural y que tan poco apreciamos. Es por la mañana y me dirijo al ambulatorio a recoger el parte de baja laboral. Tardo en llegar unos siete u ocho minutos, es el recorrido más largo que he realizado en días. Miro a mi alrededor, soledad y edificios. Pienso en ello, nos quejamos de este encierro obligatorio, decimos que nos cuesta estar confinados entre cuatro paredes, pero no somos conscientes de que llevamos viviendo entre muros toda nuestra vida. Vivimos encerrados entre los muros de nuestras casas, los cuales crean barreras fronterizas que nos separan de nuestros vecinos; pero cuando salimos a la calle seguimos viviendo entre los muros de los edificios que crean pasadizos interminables, corredores retorcidos de un laberinto que siempre nos lleva a los mismos sitios. Vivimos entre los muros de las
leyes, ya sean cívicas, religiosas o penales; vivimos entre los muros dictatoriales de las tecnologías y las redes sociales. Y luego están los peores de todos, aquellos que nos encierran desde el primer segundo después de nuestro nacimiento, los muros mentales, esas fortalezas inquebrantables creadas por nosotros mismos para protegernos de los estímulos externos, pero que a su vez nos dejan encarcelados cumpliendo la condena de cadena perpetua con la única compañía de nuestro propio ser.
En casa el día pasa sin pena ni gloria. La luz tenue que se cuela por las ventanas —a consecuencia del día nublado que hace— crea un ambiente melancólico y triste que no ayuda mucho a sobrellevar este encierro. Practico un poco de ajedrez en el ordenador, unos cuantos ejercicios de táctica de los cuales fallo más de la mitad. Vuelvo a notarme la cabeza embotada, según lo que me ha dicho mi doctora hace unas horas el herpes deja dolores neurológicos residuales que tardan algún tiempo en desaparecer, así que supongo que esta cefalea me va a acompañar durante algunos días más. Me acuesto en el sofá después de haber limpiado un poco el piso y puesto a descongelar un par de tapers de lentejas para comer. Mi hija se me queda mirando y sin decir una palabra enciende el equipo de música y pone a Bach a un volumen moderado —ya que mi mujer está durmiendo, pues acaba de llegar hace unas pocas horas de trabajar— y me mira con esa sonrisa suya que me está ayudando tanto a soportar estos días de encierro e incertidumbre.
Empieza a llover de nuevo, lleva así todo el día, un rato de lluvia, otro de sol colándose entre las nubes, después el cielo se vuelve a poner negro y otro rato de lluvia. Miro cómo la ropa que estaba tendida en el tendedero se moja con la lluvia, no le doy importancia ¿A caso la tiene? Llamo a mi madre mientras doy vueltas por el piso contando mentalmente mis propios pasos, la encuentro decaída, también se queja de dolor de cabeza y no se acuerda de cuantos días lleva encerrada en casa. Ir al Centro de Día le ayuda bastante, sale a la calle, se relaciona con otras personas, les hacen realizar actividades para reforzar su nivel cognitivo e incluso la llevan de excursión para que conozca sitios nuevos ayudándola de esta manera a que su tercer grado de demencia tarde un poco más en subir hasta el cuarto. Pero ahora todo el día encerrada en casa, sentada en el sofá y delante del televisor, no creo que le vaya a hacer mucho bien. Después hablo con mi sobrino, que vive con ella, me dice que todo va bien, que no me preocupe. Aprovecho para hablar con mis hijos mayores, también ellos me dicen que no me preocupe. ¿Pero hay alguien que no se preocupe estos días?
Ahora mi mujer y mi hija están haciendo galletas en la cocina mientras yo escribo todo esto, puedo empezar a sentir el olor que sale del horno. Abro un e-mail donde alguien que se preocupa por mí me ha mandado un documento llamado Certificado de Autorresponsavilidad de Desplazamiento. Se trata de un documento donde tú mismo marcas con una X entre un grupo de necesidades válidas que te permiten deambular por la calle en este estado de sitio, por si te para la policía. Es un documento que tienes que imprimir o llevar en el móvil, con la única validez de la sinceridad. Con qué lo hayas rellenado, vale. Entonces me pregunto: ¿por qué rellenar ese documento que te haces tú mismo, si tiene la misma validez que tú declaración verbal? ¿Puede que ésto le sirva a alguien para averiguar hasta que punto de sumisión absurda estamos llegando? O puede que el día nublado junto con mi cefalea no me estén dejando pensar con claridad.
Por cierto, hace un par de días que le mandé un Whatsaap a un amigo para ver como estaba y todavía no me ha contestado; empiezo a preocuparme.
leyes, ya sean cívicas, religiosas o penales; vivimos entre los muros dictatoriales de las tecnologías y las redes sociales. Y luego están los peores de todos, aquellos que nos encierran desde el primer segundo después de nuestro nacimiento, los muros mentales, esas fortalezas inquebrantables creadas por nosotros mismos para protegernos de los estímulos externos, pero que a su vez nos dejan encarcelados cumpliendo la condena de cadena perpetua con la única compañía de nuestro propio ser.
En casa el día pasa sin pena ni gloria. La luz tenue que se cuela por las ventanas —a consecuencia del día nublado que hace— crea un ambiente melancólico y triste que no ayuda mucho a sobrellevar este encierro. Practico un poco de ajedrez en el ordenador, unos cuantos ejercicios de táctica de los cuales fallo más de la mitad. Vuelvo a notarme la cabeza embotada, según lo que me ha dicho mi doctora hace unas horas el herpes deja dolores neurológicos residuales que tardan algún tiempo en desaparecer, así que supongo que esta cefalea me va a acompañar durante algunos días más. Me acuesto en el sofá después de haber limpiado un poco el piso y puesto a descongelar un par de tapers de lentejas para comer. Mi hija se me queda mirando y sin decir una palabra enciende el equipo de música y pone a Bach a un volumen moderado —ya que mi mujer está durmiendo, pues acaba de llegar hace unas pocas horas de trabajar— y me mira con esa sonrisa suya que me está ayudando tanto a soportar estos días de encierro e incertidumbre.
Empieza a llover de nuevo, lleva así todo el día, un rato de lluvia, otro de sol colándose entre las nubes, después el cielo se vuelve a poner negro y otro rato de lluvia. Miro cómo la ropa que estaba tendida en el tendedero se moja con la lluvia, no le doy importancia ¿A caso la tiene? Llamo a mi madre mientras doy vueltas por el piso contando mentalmente mis propios pasos, la encuentro decaída, también se queja de dolor de cabeza y no se acuerda de cuantos días lleva encerrada en casa. Ir al Centro de Día le ayuda bastante, sale a la calle, se relaciona con otras personas, les hacen realizar actividades para reforzar su nivel cognitivo e incluso la llevan de excursión para que conozca sitios nuevos ayudándola de esta manera a que su tercer grado de demencia tarde un poco más en subir hasta el cuarto. Pero ahora todo el día encerrada en casa, sentada en el sofá y delante del televisor, no creo que le vaya a hacer mucho bien. Después hablo con mi sobrino, que vive con ella, me dice que todo va bien, que no me preocupe. Aprovecho para hablar con mis hijos mayores, también ellos me dicen que no me preocupe. ¿Pero hay alguien que no se preocupe estos días?
Ahora mi mujer y mi hija están haciendo galletas en la cocina mientras yo escribo todo esto, puedo empezar a sentir el olor que sale del horno. Abro un e-mail donde alguien que se preocupa por mí me ha mandado un documento llamado Certificado de Autorresponsavilidad de Desplazamiento. Se trata de un documento donde tú mismo marcas con una X entre un grupo de necesidades válidas que te permiten deambular por la calle en este estado de sitio, por si te para la policía. Es un documento que tienes que imprimir o llevar en el móvil, con la única validez de la sinceridad. Con qué lo hayas rellenado, vale. Entonces me pregunto: ¿por qué rellenar ese documento que te haces tú mismo, si tiene la misma validez que tú declaración verbal? ¿Puede que ésto le sirva a alguien para averiguar hasta que punto de sumisión absurda estamos llegando? O puede que el día nublado junto con mi cefalea no me estén dejando pensar con claridad.
Por cierto, hace un par de días que le mandé un Whatsaap a un amigo para ver como estaba y todavía no me ha contestado; empiezo a preocuparme.