El día tres de marzo comencé con un dolor de cabeza fortísimo y persistente. No quise darle más importancia ni ir al médico, no quería saturar urgencias en lugares donde el virus ha creado alarma social y la gente acude en masa buscando un nuevo mesías vestido de blanco y con zuecos. Alguien que los salve milagrosamente de la gripe asesina.
Mi dolor de cabeza va en aumento, hasta que me obliga a ir a urgencias, y desde entonces lo hago cada dos días porque los médicos no saben qué puede ser. A la tercera visita le comento al médico de turno que me están saliendo unas erosiones en la frente y que el ojo me duele mucho más que la cabeza. También le comento mis sospechas de que pueda ser un herpes y que eso sea el causante de mi cefalea continua, pero el médico me visita a una distancia prudencial de dos metros —para evitar el posible contagio del virus, por si yo fuera uno de los portadores— y se niega a tocarme o a
acercarse más. No le da importancia a las erosiones y me cambia —por cuarta vez ya— el antiinflamatorio, prometiéndome que este me hará efecto casi de inmediato y que las erosiones no son más que acné.
Durante estos días las cadenas de televisión no han dejado de hablar del virus a todas horas, dando datos y cifras que, multiplicándolas por todas las cadenas televisivas, parece que media humanidad esté infectada. La gente ha reaccionado como solo los seres humanos somos capaces de hacerlo, acojonándose, dejándose manipular y comportándose de forma histérica e irracional arrasando los supermercados, farmacias y comprando cantidades absurdas de cosas que no van a necesitar, como por ejemplo: toneladas de papel higiénico y cajas de mascarillas.
Las noticias cada vez son más alarmantes, y las cifras de los pacientes afectados y en aislamiento, se suma a la de las personas que han estado en contacto con ellos —que también los aíslan— y a las que dejan confinadas en hoteles por pura precaución. La manipulación mediática no tarda en hacer efecto, a los poco días corren por las redes sociales toda clase de lo que ahora se llaman fucknews.
En la televisión solo se habla del virus, en programas de cotilleo con presentadores que no saben atarse los cordones de los zapatos sin la ayuda de sus asistentes y que de la noche a la mañana se vuelven expertos en pandemias, envenenando con su ignorancia a todos sus espectadores. Y lo peor de todo, las teorías e hipótesis individuales de cada persona, cada cual con su opinión, que sumada a la de todos los demás y multiplicada por el hecho de que nadie tiene ni puta idea, la gran bola de nieve del terror es empujada por el fantasma de la manipulación gubernamental, provocando la avalancha de pánico social.
Voy por última vez a urgencias, lo hago a primera hora de la mañana en el ambulatorio de mi pueblo. Ya no hay posibilidad de seguir teorizando sobre mi dolor de cabeza, ya que el factor causal de dicho dolor salta a la vista; el herpes se ha extendido por la mitad de mi frente y todo el hemisferio izquierdo de mi cabeza, incluyendo el párpado, con el riesgo que ello conlleva de afectar al globo ocular.
Salgo del médico y me voy directo a la farmacia, a comprar por fin el medicamento exacto que tengo te tomar para acabar con este herpes que está acabando conmigo. Cuando llego a la farmacia me la encuentro con las puertas cerradas y una inmensa cola para entrar. Se ve que para evitar contagiarse, en la farmacia solo dejan entrar de uno en uno, y una vez dentro tampoco te dejan acercarte a menos de dos metro de distancia, lo veo ridículo, pero la gente lo ve bien, he incluso entre ellos también intentan mantener esa distancia mientras hacemos cola para poder entrar a la maldita farmacia.
El herpes me quema en la cara, no me deja abrir bien el ojo izquierdo, que a la vez me escuece y me pica, y me sigue provocando una cefalea cada vez más intensa. Cuando logro entrar en la farmacia, la farmacéutica me informa que el antiviral que quiero comprar está agotado y que tengo que volver al día siguiente a ver si por suerte se lo traen en el siguiente pedido.
Cuando llego a casa mi mujer me dice que han cerrado los colegios y escuelas mayores durante quince días para prevenir el contagio del virus. La verdad es que me cuesta creerlo, pero a los pocos minutos mis hermanos se ponen en contacto conmigo para decirme:
—Han cerrado durante medio mes el centro de día de la mama, a ver cómo nos lo montamos ahora con ella.
Pasan las horas, el dolor de la cara, del ojo y de la mitad de mi cabeza empieza a desesperarme. Nos vamos a hacer la compra, pero cuando llegamos al supermercado nos encontramos con la mayoría de estantes vacíos, apenas podemos comprar un par de cosas y un poco de embutido mientras la gente corre por los pasillos capaces de matar a su propia madre por una barra de pan o una lata de aceitunas —pues no queda mucho más que poder comprar.
Las calles están menos abarrotadas de gente que de costumbre; desde hace un par de días el gobierno está pidiendo a la población que salgan lo menos posible de sus casas para evitar la propagación del virus.
Mi dolor de cabeza va en aumento, hasta que me obliga a ir a urgencias, y desde entonces lo hago cada dos días porque los médicos no saben qué puede ser. A la tercera visita le comento al médico de turno que me están saliendo unas erosiones en la frente y que el ojo me duele mucho más que la cabeza. También le comento mis sospechas de que pueda ser un herpes y que eso sea el causante de mi cefalea continua, pero el médico me visita a una distancia prudencial de dos metros —para evitar el posible contagio del virus, por si yo fuera uno de los portadores— y se niega a tocarme o a
acercarse más. No le da importancia a las erosiones y me cambia —por cuarta vez ya— el antiinflamatorio, prometiéndome que este me hará efecto casi de inmediato y que las erosiones no son más que acné.
Durante estos días las cadenas de televisión no han dejado de hablar del virus a todas horas, dando datos y cifras que, multiplicándolas por todas las cadenas televisivas, parece que media humanidad esté infectada. La gente ha reaccionado como solo los seres humanos somos capaces de hacerlo, acojonándose, dejándose manipular y comportándose de forma histérica e irracional arrasando los supermercados, farmacias y comprando cantidades absurdas de cosas que no van a necesitar, como por ejemplo: toneladas de papel higiénico y cajas de mascarillas.
Las noticias cada vez son más alarmantes, y las cifras de los pacientes afectados y en aislamiento, se suma a la de las personas que han estado en contacto con ellos —que también los aíslan— y a las que dejan confinadas en hoteles por pura precaución. La manipulación mediática no tarda en hacer efecto, a los poco días corren por las redes sociales toda clase de lo que ahora se llaman fucknews.
En la televisión solo se habla del virus, en programas de cotilleo con presentadores que no saben atarse los cordones de los zapatos sin la ayuda de sus asistentes y que de la noche a la mañana se vuelven expertos en pandemias, envenenando con su ignorancia a todos sus espectadores. Y lo peor de todo, las teorías e hipótesis individuales de cada persona, cada cual con su opinión, que sumada a la de todos los demás y multiplicada por el hecho de que nadie tiene ni puta idea, la gran bola de nieve del terror es empujada por el fantasma de la manipulación gubernamental, provocando la avalancha de pánico social.
Voy por última vez a urgencias, lo hago a primera hora de la mañana en el ambulatorio de mi pueblo. Ya no hay posibilidad de seguir teorizando sobre mi dolor de cabeza, ya que el factor causal de dicho dolor salta a la vista; el herpes se ha extendido por la mitad de mi frente y todo el hemisferio izquierdo de mi cabeza, incluyendo el párpado, con el riesgo que ello conlleva de afectar al globo ocular.
Salgo del médico y me voy directo a la farmacia, a comprar por fin el medicamento exacto que tengo te tomar para acabar con este herpes que está acabando conmigo. Cuando llego a la farmacia me la encuentro con las puertas cerradas y una inmensa cola para entrar. Se ve que para evitar contagiarse, en la farmacia solo dejan entrar de uno en uno, y una vez dentro tampoco te dejan acercarte a menos de dos metro de distancia, lo veo ridículo, pero la gente lo ve bien, he incluso entre ellos también intentan mantener esa distancia mientras hacemos cola para poder entrar a la maldita farmacia.
El herpes me quema en la cara, no me deja abrir bien el ojo izquierdo, que a la vez me escuece y me pica, y me sigue provocando una cefalea cada vez más intensa. Cuando logro entrar en la farmacia, la farmacéutica me informa que el antiviral que quiero comprar está agotado y que tengo que volver al día siguiente a ver si por suerte se lo traen en el siguiente pedido.
Cuando llego a casa mi mujer me dice que han cerrado los colegios y escuelas mayores durante quince días para prevenir el contagio del virus. La verdad es que me cuesta creerlo, pero a los pocos minutos mis hermanos se ponen en contacto conmigo para decirme:
—Han cerrado durante medio mes el centro de día de la mama, a ver cómo nos lo montamos ahora con ella.
Pasan las horas, el dolor de la cara, del ojo y de la mitad de mi cabeza empieza a desesperarme. Nos vamos a hacer la compra, pero cuando llegamos al supermercado nos encontramos con la mayoría de estantes vacíos, apenas podemos comprar un par de cosas y un poco de embutido mientras la gente corre por los pasillos capaces de matar a su propia madre por una barra de pan o una lata de aceitunas —pues no queda mucho más que poder comprar.
Las calles están menos abarrotadas de gente que de costumbre; desde hace un par de días el gobierno está pidiendo a la población que salgan lo menos posible de sus casas para evitar la propagación del virus.
Por la noche un individuo —mi mujer me dice que es el presidente del gobierno, yo hace tiempo que eso de la política me resbala bastante— hace un comunicado imponiendo el “estado de sitio” y el “arresto domiciliario” por el bien de la población.
Comienza el apocalipsis.