El gobierno declaró ayer la cuarentena general, prohibiendo la apertura de todo centro de ocio —bares, restaurantes, cafeterías, pubs, discotecas, gimnasios— y dando la orden de permanecer confinados dentro de nuestros hogares, bajo amenaza de multas astronómicas o penas de prisión si nos pillan por la calle sin un motivo justificable.
Salgo a la calle para comprar el medicamento para mi herpes, que durante la noche y, sin haber podido tratarlo con el medicamento oportuno, se ha extendido de lo lindo. A pesar de que son las once de la mañana la calle está casi desierta, personas paseando a sus perros, otras cargadas de bolsas del supermercado abasteciendo así sus improvisadas despensas y algún que otro anciano dando su paseo matutino.
La mayoría de las personas llevan mascarilla quirúrgica, la cual es inadecuada para no contagiarse del virus, pero esta a su vez hace el efecto placebo que la gente necesita estos días, y quien soy yo para ir y decirles que esas mascarillas son totalmente inútiles y que están haciendo el gilipollas.
Han pasado unas cuantas horas del encierro, la medicación no me hace mucho efecto y el herpes me provoca ganas de arrancarme la carne de mi cara a machetazos, también empiezo a tener un poco de ansiedad, no sirvo para estar encerrado, así que decido salir a tirar la basura. La calle está un poco más poblada, supongo que el ser humano no nació para estar encerrado y necesita salir al aire libre, aunque a nosotros nos encante encerrar en una jaula a pájaros que podrían volar por el cielo del mundo entero, peces en acuarios negándoles así la inmensidad de los ríos o los océanos y gatos o perros arrebatando de este modo su salvajismo natural.
Tiro la basura lo más despacio que puedo para disfrutar de ese lapsus de libertad, me explayo en cada contenedor como si estuviera follando con ellos, el amarillo para plástico, el azul para papel, el verde para las botellas, el marrón para los desechos orgánicos —ya sé dónde tendré que tirar el cadáver descuartizado de mi victima cuando mate a alguien por primera vez— y el gris para la basura normal de toda la vida.
Entro en casa y me siento en el sofá, está a punto de llover y nos vemos obligados a meter los tendederos con la ropa puesta a secar dentro de casa, reduciendo el espacio vital de este piso de cuarenta metros cuadrados. La cosa mejora por momentos.
Pasan un par de horas, las cuales me las he tirado estudiando ajedrez o jugándolo con mi hija pequeña mientras mi mujer se va informando de todo por medio de las redes sociales o la televisión —que normalmente la tenemos apagada—, es imposible descifrar qué noticia es verdadera y cual es un bulo, todas ellas suenan igual de patéticas.
Es de noche, el herpes se ceba conmigo de lo lindo, supongo que eso del antiviral no le ha gustado mucho y piensa joderme hasta el último momento. Se empieza a escuchar un ruido procedente de la calle, la gente grita y aplaude desde los balcones de sus casa, es un acto que se ha organizado para agradecer de este modo a todo el personal sanitario que se está jugando la vida en los hospitales tratando de luchar contra el virus e intentando salvar la vida de toda persona infectada o con síntomas. No es por parecer borde, pero decido no participar en ese circo, pues todas esas personas que están aplaudiendo como locas son las mismas personas que insultan, amenazan e incluso agreden al personal sanitario cuando se cansan de esperar a que los atiendan en urgencias, o porque atienden a una persona con un infarto que ha llegado después aunque ellas hayan ido por una simple cefalea común, o porque el personal de planta ha tardado dos minutos en acudir a la llamada de un timbre —sin contar que también se enfadan cuando el personal sanitario tiene que ir al baño, o comer o volver a casa porque se ha terminado su jornada laboral de doce horas—. Esa muestra de cinismo me revuelve el estómago.
Después cenamos, me hincho a pastillas y nos vamos a la cama.
Salgo a la calle para comprar el medicamento para mi herpes, que durante la noche y, sin haber podido tratarlo con el medicamento oportuno, se ha extendido de lo lindo. A pesar de que son las once de la mañana la calle está casi desierta, personas paseando a sus perros, otras cargadas de bolsas del supermercado abasteciendo así sus improvisadas despensas y algún que otro anciano dando su paseo matutino.
La mayoría de las personas llevan mascarilla quirúrgica, la cual es inadecuada para no contagiarse del virus, pero esta a su vez hace el efecto placebo que la gente necesita estos días, y quien soy yo para ir y decirles que esas mascarillas son totalmente inútiles y que están haciendo el gilipollas.
Han pasado unas cuantas horas del encierro, la medicación no me hace mucho efecto y el herpes me provoca ganas de arrancarme la carne de mi cara a machetazos, también empiezo a tener un poco de ansiedad, no sirvo para estar encerrado, así que decido salir a tirar la basura. La calle está un poco más poblada, supongo que el ser humano no nació para estar encerrado y necesita salir al aire libre, aunque a nosotros nos encante encerrar en una jaula a pájaros que podrían volar por el cielo del mundo entero, peces en acuarios negándoles así la inmensidad de los ríos o los océanos y gatos o perros arrebatando de este modo su salvajismo natural.
Tiro la basura lo más despacio que puedo para disfrutar de ese lapsus de libertad, me explayo en cada contenedor como si estuviera follando con ellos, el amarillo para plástico, el azul para papel, el verde para las botellas, el marrón para los desechos orgánicos —ya sé dónde tendré que tirar el cadáver descuartizado de mi victima cuando mate a alguien por primera vez— y el gris para la basura normal de toda la vida.
Entro en casa y me siento en el sofá, está a punto de llover y nos vemos obligados a meter los tendederos con la ropa puesta a secar dentro de casa, reduciendo el espacio vital de este piso de cuarenta metros cuadrados. La cosa mejora por momentos.
Pasan un par de horas, las cuales me las he tirado estudiando ajedrez o jugándolo con mi hija pequeña mientras mi mujer se va informando de todo por medio de las redes sociales o la televisión —que normalmente la tenemos apagada—, es imposible descifrar qué noticia es verdadera y cual es un bulo, todas ellas suenan igual de patéticas.
Es de noche, el herpes se ceba conmigo de lo lindo, supongo que eso del antiviral no le ha gustado mucho y piensa joderme hasta el último momento. Se empieza a escuchar un ruido procedente de la calle, la gente grita y aplaude desde los balcones de sus casa, es un acto que se ha organizado para agradecer de este modo a todo el personal sanitario que se está jugando la vida en los hospitales tratando de luchar contra el virus e intentando salvar la vida de toda persona infectada o con síntomas. No es por parecer borde, pero decido no participar en ese circo, pues todas esas personas que están aplaudiendo como locas son las mismas personas que insultan, amenazan e incluso agreden al personal sanitario cuando se cansan de esperar a que los atiendan en urgencias, o porque atienden a una persona con un infarto que ha llegado después aunque ellas hayan ido por una simple cefalea común, o porque el personal de planta ha tardado dos minutos en acudir a la llamada de un timbre —sin contar que también se enfadan cuando el personal sanitario tiene que ir al baño, o comer o volver a casa porque se ha terminado su jornada laboral de doce horas—. Esa muestra de cinismo me revuelve el estómago.
Después cenamos, me hincho a pastillas y nos vamos a la cama.