Un espacio en blanco se
abre frente a mis ojos. Meditación extrema. Silencio. Quietud. Imagino cuarenta
y tres chupitos de licores variados en un barra de bar infinita. Suenan Down y
las paredes están llenas de textos de Fante, Bukowski, Palahniuk, Welsh, Poe,
Lovecraft, Ligotti. Poemas de Mark Strain, Kavafis, Manuela Paso, Cabezuelo. El
tabernero es el mismo Satanás (usa la cara de Robert De Niro), y no deja de
reír. Fuego, hay mucho fuego, y hace calor. Diez o doce personas, en llamas,
almas de purgatorio, tienen novelas mías en las manos, y buscan un autógrafo.
Satán carcajea. Yo me tambaleo debido a la borrachera que llevo, bastante seria.
Una de las almas atormentadas consigue llegar hasta mí y darme uno de mis
libros. Lo agarro, estampo mi firma y sigo bebiendo sin parar, intercalando los
chupitos con sendas y frescas cervezas. Al final le vomito en la cara y apago
sus llamas.
Sacudo la cabeza y vuelvo a estar de nuevo
en el salón de mi casa. Huele a podrido porque me acabo de tirar un pedo. El
niño duerme en el sofá y los garbanzos de ayer dan vueltas en mis tripas,
triturados, convertidos en entrañas, en auténtica mierda. A veces la realidad
es así, incluso compartimos podredumbre con otras personas, y odios parejos y
gustos musicales. Quizás sea el odio común lo que nos haga buscar una media
naranja. Posiblemente el amor perfecto sea ese, compartir odios, criticar a la
sociedad con alguien que opine igual. En mi caso, que estoy podrido por dentro,
y que cuento con un corazón negro, decorado con una costra de benceno, solo
necesito que me hablen, que la persona que tengo a mi lado se exprese
libremente. Lo mío puede esperar, es demasiado nocivo para que nadie se lo tenga
que tragar, y lo digo totalmente en serio. Soy la peor persona que conozco con
mucha diferencia, hace años que el odio se instauró dentro de mí y colonizó al
resto de emociones. Solo puedo decir que el poco amor que me queda es mucho más
que el amor de un millón de hippies de mierda. A la gente que amo, la amo hasta
el final. Lo único que no tolero son las traiciones y el falso positivismo.
Vuelvo al espacio en blanco. Estoy con el
Covid 19 tomando unos licores y hablando del estado de alarma. Le hablo sobre
el tema de poder sacar mañana a mi hijo de cinco meses como si fuese un jodido
perro pulgoso. Enseñarle a saludar al resto de niños en la distancia y ver cómo
el resto de padres se arrodillan como putas y lucen sus tatuajes de Mary
Poppins siendo violada por Hitler, y sonríen, y se sienten afortunados de
pertenecer a un país que lo da todo por ellos (siempre que cumplas con los
requisitos, claro). Covid 19 me mira y sonríe, pide otra ronda y me dice que le
puedo llamar Co. A él le suda la polla que estemos muriendo o no, estaba muy cómodo
mutando en otros animales hasta que nos hemos metido en su vida de secuestros
corporales. Le digo que voy a sacar al pequeño porque no quiero que se pudra en
casa, y que vamos a intentar salir en familia, que no tiene sentido que salga
conmigo solo, o con su madre. Necesitamos una felicidad completa. Y por
supuesto, le comento que no vamos a tatuarnos a Mary Poppins en el pecho, y
menos con ese brazalete ridículo, y mucho menos siendo violada por Hitler. Co
me dice que le da absolutamente igual lo que vayamos a hacer, él ha hecho una
apuesta con otros coronavirus y quiere que las cifras sigan subiendo, tiene toda
la carne en el asador y no puede parar ahora.
De nuevo en la realidad. Llevo dos cafés y las
ganas de fumar no desaparecen, y eso que llevo ya seis meses sin fumar. El niño
duerme. Lidia duerme. Una parte del verdadero Dani duerme. Mañana tengo que
llevar a la perra a vacunar y estoy algo nervioso. Luego bajaré con el niño a
dar una vuelta por la zona muerta de Parla, para que vea las vías del AVE y el
picadero del Este. Un lugar deshabitado donde no nos encontraremos con
absolutamente nadie, solo latas de cerveza vacías y oxidadas, condones usados,
compresas secas y pañuelos llenos de semen y flujo vaginal. Intentaremos ir en
familia, aunque la vieja del cuarto nos vea desde su ventana y se le pudra más
el coño de la indignación.
Esto lo digo muy en
serio:
Soy el ser más antisocial de la Tierra (casi
como el que más), y Lidia más o menos
igual que yo, ambos estamos haciendo un esfuerzo sobrehumano para que el niño
no sea como nosotros en ese sentido, queremos que se comunique, que sea tolerante,
que se aleje del odio lo más posible, y que no rechace el contacto con sus
semejantes. El precio que vamos a pagar es el de acercarnos a otros seres
humanos, y lo tenemos asumido, es el tributo, no hace falta que sea justo.
Cuando hablo del estado de alarma y del distanciamiento social, lo hago de
forma plural, porque yo no necesito alejarme más de la gente, ya lo hago desde
hace décadas. Lo que me jode es tener que
enseñarle a mi hijo algo que huele a podrido, que no va a entender y que en
realidad no le va a servir de nada en el futuro, porque el ser humano ha
evolucionado gracias al grupo, al lenguaje, a la imitación, a la socialización
y a un largo etcétera de situaciones y acciones realizadas por y para el grupo.
El miedo es un arma de doble filo que solo sirve para sobrevivir durante cortos
periodos de tiempo, es una emoción que nos ayuda a comprender cuándo y cómo
debemos usar la valentía. Amigos, gallina cobarde vale para otra guerra.
Ahora os dejo con la Mary
Poppins que más me gusta: