domingo, 26 de abril de 2020

43 licores y una cita con Covid 19 organizada por Satán




Un espacio en blanco se abre frente a mis ojos. Meditación extrema. Silencio. Quietud. Imagino cuarenta y tres chupitos de licores variados en un barra de bar infinita. Suenan Down y las paredes están llenas de textos de Fante, Bukowski, Palahniuk, Welsh, Poe, Lovecraft, Ligotti. Poemas de Mark Strain, Kavafis, Manuela Paso, Cabezuelo. El tabernero es el mismo Satanás (usa la cara de Robert De Niro), y no deja de reír. Fuego, hay mucho fuego, y hace calor. Diez o doce personas, en llamas, almas de purgatorio, tienen novelas mías en las manos, y buscan un autógrafo. Satán carcajea. Yo me tambaleo debido a la borrachera que llevo, bastante seria. Una de las almas atormentadas consigue llegar hasta mí y darme uno de mis libros. Lo agarro, estampo mi firma y sigo bebiendo sin parar, intercalando los chupitos con sendas y frescas cervezas. Al final le vomito en la cara y apago sus llamas.
   Sacudo la cabeza y vuelvo a estar de nuevo en el salón de mi casa. Huele a podrido porque me acabo de tirar un pedo. El niño duerme en el sofá y los garbanzos de ayer dan vueltas en mis tripas, triturados, convertidos en entrañas, en auténtica mierda. A veces la realidad es así, incluso compartimos podredumbre con otras personas, y odios parejos y gustos musicales. Quizás sea el odio común lo que nos haga buscar una media naranja. Posiblemente el amor perfecto sea ese, compartir odios, criticar a la sociedad con alguien que opine igual. En mi caso, que estoy podrido por dentro, y que cuento con un corazón negro, decorado con una costra de benceno, solo necesito que me hablen, que la persona que tengo a mi lado se exprese libremente. Lo mío puede esperar, es demasiado nocivo para que nadie se lo tenga que tragar, y lo digo totalmente en serio. Soy la peor persona que conozco con mucha diferencia, hace años que el odio se instauró dentro de mí y colonizó al resto de emociones. Solo puedo decir que el poco amor que me queda es mucho más que el amor de un millón de hippies de mierda. A la gente que amo, la amo hasta el final. Lo único que no tolero son las traiciones y el falso positivismo.
    Vuelvo al espacio en blanco. Estoy con el Covid 19 tomando unos licores y hablando del estado de alarma. Le hablo sobre el tema de poder sacar mañana a mi hijo de cinco meses como si fuese un jodido perro pulgoso. Enseñarle a saludar al resto de niños en la distancia y ver cómo el resto de padres se arrodillan como putas y lucen sus tatuajes de Mary Poppins siendo violada por Hitler, y sonríen, y se sienten afortunados de pertenecer a un país que lo da todo por ellos (siempre que cumplas con los requisitos, claro). Covid 19 me mira y sonríe, pide otra ronda y me dice que le puedo llamar Co. A él le suda la polla que estemos muriendo o no, estaba muy cómodo mutando en otros animales hasta que nos hemos metido en su vida de secuestros corporales. Le digo que voy a sacar al pequeño porque no quiero que se pudra en casa, y que vamos a intentar salir en familia, que no tiene sentido que salga conmigo solo, o con su madre. Necesitamos una felicidad completa. Y por supuesto, le comento que no vamos a tatuarnos a Mary Poppins en el pecho, y menos con ese brazalete ridículo, y mucho menos siendo violada por Hitler. Co me dice que le da absolutamente igual lo que vayamos a hacer, él ha hecho una apuesta con otros coronavirus y quiere que las cifras sigan subiendo, tiene toda la carne en el asador y no puede parar ahora.
    De nuevo en la realidad. Llevo dos cafés y las ganas de fumar no desaparecen, y eso que llevo ya seis meses sin fumar. El niño duerme. Lidia duerme. Una parte del verdadero Dani duerme. Mañana tengo que llevar a la perra a vacunar y estoy algo nervioso. Luego bajaré con el niño a dar una vuelta por la zona muerta de Parla, para que vea las vías del AVE y el picadero del Este. Un lugar deshabitado donde no nos encontraremos con absolutamente nadie, solo latas de cerveza vacías y oxidadas, condones usados, compresas secas y pañuelos llenos de semen y flujo vaginal. Intentaremos ir en familia, aunque la vieja del cuarto nos vea desde su ventana y se le pudra más el coño de la indignación.

Esto lo digo muy en serio:
    Soy el ser más antisocial de la Tierra (casi como el que más), y Lidia más  o menos igual que yo, ambos estamos haciendo un esfuerzo sobrehumano para que el niño no sea como nosotros en ese sentido, queremos que se comunique, que sea tolerante, que se aleje del odio lo más posible, y que no rechace el contacto con sus semejantes. El precio que vamos a pagar es el de acercarnos a otros seres humanos, y lo tenemos asumido, es el tributo, no hace falta que sea justo. Cuando hablo del estado de alarma y del distanciamiento social, lo hago de forma plural, porque yo no necesito alejarme más de la gente, ya lo hago desde hace décadas. Lo que me jode es tener que enseñarle a mi hijo algo que huele a podrido, que no va a entender y que en realidad no le va a servir de nada en el futuro, porque el ser humano ha evolucionado gracias al grupo, al lenguaje, a la imitación, a la socialización y a un largo etcétera de situaciones y acciones realizadas por y para el grupo. El miedo es un arma de doble filo que solo sirve para sobrevivir durante cortos periodos de tiempo, es una emoción que nos ayuda a comprender cuándo y cómo debemos usar la valentía. Amigos, gallina cobarde vale para otra guerra.

Ahora os dejo con la Mary Poppins que más me gusta: