Hoy he ido a la farmacia a buscar mi mascarilla gratis. En mi zona se reparte, por gentileza de nuestros amados gobernantes, una primera mascarilla sin coste para el súbdito, previa muestra de la cartilla sanitaria. A partir de la próxima semana la benevolente limosna cesa, y la recogida de mascarillas pasa a tener un coste (que ahora mismo no se cuál es. Creo que no llega al euro). El caso es que como todo el mundo, cuando escucho la palabra gratis, me faltan piernas para correr hacia el mana de papá estado. Yo creo que si mañana ofrecen mierda gratuita, más de uno se pondría en la cola. Después de unas horas de interminable espera en fila india (bien organizada, al estilo militar de un país dictatorial) llegó por fin mi turno.
—Se han terminado, vuelva usted mañana —me dice una cara tras una mascarilla y una mampara protectora.
—Bueno, pero ¿me puede entregar la ración de soma? —le pregunto.
Me mira con cara de estupefacción. No entiende ni una palabra. Una de dos, o no sabe lo que es el Soma (cosa que dudo) o pretende negarme que nuestros líderes lo están ofreciendo a las masas. Si tú tampoco sabes lo que es, te lo explico brevemente. En la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley, la gente la toma. Es una droga que vuelve a todos tranquilos, se olvidan de todos los problemas y se evaden de la realidad. Es la medicina perfecta para que no molestemos y estemos radiantes y contentos, pase lo que pase.
Se me hace difícil creer que ante una situación en que arrastramos ya cuarenta tres días encerrados, sin posibilidad de salir ni a estirar las piernas, con noticias maquilladas por unos gobernantes que no saben qué rumbo tomar, con directrices que se cambian cada tres horas, con falsas promesas de que todo está controlado, de que nuestra gestión es espectacular y que somos la admiración del mundo… No exista una voz mayoritaria de protesta. Es más, al que osa protestar y afirmar que no está de acuerdo, es tildado de loco y perturbador.
Gente cantando en los balcones, aplaudiendo a los que les privan de libertad, exigiendo a la policía que sea más dura con los disidentes, grabándose haciendo gimnasia, cocinando recetas cinco estrellas Michelin (cuando hace poco más de un mes no sabían ni freír un huevo), estoy completamente seguro de que están drogados. ¿Y quién los droga? Mi padre siempre me decía que cuando pasara algo y no encontrara al culpable, buscara quien es el que sale beneficiado (creo que eso ya lo comenté en un diaria anterior). Pues bien, el beneficiado de que la gente no salga a las calles a pasar por la guillotina a las clases dirigentes es sin duda papá estado. Blanco y en botella… leche.
YO QUIERO MI RACIÓN DE SOMA. Quiero ser feliz, fundirme con la masa borreguil y olvidarme de todas las dudas que me consumen. Pero, yo me tomaré el soma voluntariamente, por la boca. Estoy convencido de que a muchos se lo han metido en forma de supositorio, o dicho claramente… Por el culo.