jueves, 2 de abril de 2020

DÍA 17: LA BANCA SIEMPRE GANA




Voy presionando las teclas del cajero automático.

14 horas antes:
    Por las calles no se ve ni a dios,  la lluvia sigue regando las calles desiertas. Me acuerdo de Robert Neville y su periplo por una ciudad desierta infectada de ocultos vampiros. Hoy no veo a nadie, ni ancianos “elefantes" ni señoras histriónicas con bolsas de basura en la cabeza como protección contra el virus. ¡Mierdas! Me fumaría un piti.
    Hoy es un día raro,  las calles totalmente vacías me provocan una calma tensa,  hoy la gente no compra alimentos, no pasean sus perros… la inquietud crece desde el fondo de mi estómago. Una patrulla de los mossos se cruza en mi camino, los ignoro, me ignoran.  Menos mal, hoy no soportaría  la retahíla de la ley. ¡Valientes hijos de puta!
    Tengo que ir a pagar el impuesto de circulación del “buga". Será un entrar y salir, me digo de forma motivacional.  No soporto los bancos, con sus mesas pulidas y sus suelos fríos (pero no tanto como sus empleados). Estoy seguro de que tuvieron que pasar un casting para demostrar lo solícitos que son con el engranaje de números y cifras en requerimiento y beneficio para los patrones… para los amos y señores del dinero, a la par que demuestran la manca de alma en ese bulto suyo cargado de arterias llamado corazón.
    ¡Me cago en mi puta vida! El enorme edificio bancario se encuentra abarrotado de gente.  Ancianos, hombres y mujeres jóvenes hacen cola. Como la boca de un gigante, las puertas del banco absorben gente de forma rápida y eficaz. No sé si me acojona más el festín bancario o la sumisión aborregada de toda esta gente que hace cola para ser despedazados cual borregos en un matadero.  Doy media vuelta. Con paso vivo me dirigo hacia mi casa.
    El mundo se va a la mierda,  las tiendas cierran, las empresas chapan,  los ERTES vuelan a diestro y siniestro, los agricultores desechan sus plantaciones,  la policía tiene su excusa para controlar a la masa. Eso sí, que el dinero que no deje de circular. Echo la cerradura del portal de casa, doy dos vueltas al cerrojo.  Estoy realmente acojonado: ¡Hijos de puta!, grito de forma desquiciada… ¡LA BANCA SIEMPRE GANA!