He dormido fatal esta noche, eran las cuatro de la madrugada y yo seguía danzando de un lado para otro de la casa, en silencio, para no despertar a mi hija. Hoy me duelen especialmente las piernas, es la forma que tiene mi discopatía de decirme que me quiere, así que desde que mi mujer se ha acostado al llegar de trabajar, hasta la hora de hacer la comida, he estado tumbado en el sofá, en posición fetal, para descargar la zona lumbar y tapado con una manta, con mi hija jugando en el suelo con esos malditos muñecos en miniatura, mientras yo vegetaba en esa especie de trance de no estar ni demasiado despierto ni lo suficiente dormido. Y así he perdido toda la mañana, sin ser nadie en especial, tan solo otro sujeto con un código alfanumérico asociado, en este experimento social de nombre en clave: Cuarentena. La lluvia nos tiene recluidos dentro de nuestra reclusión, en una especie de régimen F.I.E.S.; obligados a no poder asomarnos ni a la ventana, pero no me importa mucho, mi mujer duerme, mis hijos están bien y yo me hincho a pastillas a las horas indicadas ¿Quién sabe? Hasta quizá salga esta noche a aplaudir al balcón yo también, no puedo seguir siendo un marginado toda la vida.
Siempre me han gustado las brújulas, no sé muy bien por qué, pero desde pequeño siempre he soñado con tener una. ¿Y por qué no me la compro yo mismo? Total, Amazon me la traería mañana mismo si hago el pedido antes de las próximas tres horas y treinta y siete minutos; supongo que no lo hago porque es una de esas cosas que esperas que alguien te regale alguna vez, aunque corras el riesgo de morirte sin haberla conseguido nunca. Recuerdo que una vez, de chaval, pasé junto al escaparate de una tienda donde tenían un montón expuestas: Brújulas militares, de cartografía, grandes como platos soperos, de bolsillo, de metal, de plástico… Me quedé fascinado observándolas todas, estudiándolas una a una, entonces caí en la cuenta de que una de ellas no funcionaba muy bien, la aguja no dejaba de girar de un lado para otro como si el norte magnético se estuviera desplazando libremente a lo largo y ancho del planeta; aquella pobre brújula había perdido el norte. Lo reconozco, hace meses que yo también he perdido el norte de mi vida, más o menos desde que el dolor empeoró y me dí cuenta de que ya no podía seguir aguantando el ritmo de trabajo normal y tuve que coger la baja laboral; creo que ahí empezó la hecatombe para mí. Podría echarle, a estas alturas, la culpa de todo al virus y su cuarentena, a mi apatía por todo, a mi desmotivación generalizada, a mi desinterés por el resto de la humanidad y a mi altísimo interés por ser cada vez menos que nada, por pasar desapercibido, por intentar evitar conversaciones con otras personas —o al menos no entablarlas yo—, por no tentar a la suerte, por huir del azar, temer a la suerte e intentar ocultarme del karma. Con eso no quiero decir que la cuarentena no tenga nada que ver, también está poniendo su granito de arena, o más bien está siendo ese pequeño suspiro que se te escapa justo cuando estás colocando el último par de cartas en el castillo de naipes, provocando que se vaya todo a tomar por culo.
Esta tarde, al ponerme la crema hidratante en la zona donde necesito que la piel se regenere a consecuencias del herpes —por fin ese hijo de puta ya ha caído, no pienso ni volver a escribir más de él—, no he podido evitar clavar mi mirada en ese tío con cara de estúpido que me miraba desde el otro lado del espejo; el reflejo me devolvía una mirada entre melancólica y cansada. Es duro fijarte por primera vez en tu verdadero reflejo en el espejo, normalmente vamos creciendo sin ser muy conscientes del paso de los años, viviendo en el presente continuo hasta que un día alguien te llama señor, caballero o algún otro sinónimo biensonante de “viejo de mierda”. Entonces es cuando empiezas a observar con más detalle ese maldito reflejo en el espejo, y empiezas a compararte con tus compañeros de trabajo, todos ellos —o ellas— mucho más jóvenes y sanos que tú; y piensas en los años que realmente tienes — y no en los que parece que tienes según te comportas— y te encuentras perdido en ese limbo de no querer dejar de ser joven y la frustración de estar volviéndote viejo; sintiéndote ridículo —mi padre a mi edad era todo un señor con bigote, camisa y pantalones de pinzas planchados con la raya en medio, yo soy un inútil que a mis cuarenta y cinco todavía visto tejanos rotos y camisetas de grupos de música—, lleno de todos esos sueños sin cumplir, con todos esos países a los que ya nunca podrás viajar y cargado de todos esos proyectos que te lastran hacia las más oscuras de las profundidades. Quizá deberíamos utilizar esta cuarentena para hacer la “limpieza de primavera”, revisar qué ropa ya se nos ha quedado vieja —o ha dejado de ser la menos indicada— o cuantos trastos inútiles hemos estado almacenando de forma absurda en el trastero y deshacernos de todo ello para aprovechar el espacio, limpio y despejado, de la manera más conveniente para nuestra nueva/vieja vida.
Le pongo la cena a mi hija en la mesa. “¿Pongo música, papi?”, me pregunta. “Vale, pon lo que tú quieras”, le contesto. “No, también me gusta la tuya”, me responde mientras con su dedito enciende el equipo de música y empieza sonar Dvořák. Me siento a cenar con ella, uno frente al otro, no hablamos mucho mientras comemos, no importa, puede que por hoy ya esté todo dicho.
Siempre me han gustado las brújulas, no sé muy bien por qué, pero desde pequeño siempre he soñado con tener una. ¿Y por qué no me la compro yo mismo? Total, Amazon me la traería mañana mismo si hago el pedido antes de las próximas tres horas y treinta y siete minutos; supongo que no lo hago porque es una de esas cosas que esperas que alguien te regale alguna vez, aunque corras el riesgo de morirte sin haberla conseguido nunca. Recuerdo que una vez, de chaval, pasé junto al escaparate de una tienda donde tenían un montón expuestas: Brújulas militares, de cartografía, grandes como platos soperos, de bolsillo, de metal, de plástico… Me quedé fascinado observándolas todas, estudiándolas una a una, entonces caí en la cuenta de que una de ellas no funcionaba muy bien, la aguja no dejaba de girar de un lado para otro como si el norte magnético se estuviera desplazando libremente a lo largo y ancho del planeta; aquella pobre brújula había perdido el norte. Lo reconozco, hace meses que yo también he perdido el norte de mi vida, más o menos desde que el dolor empeoró y me dí cuenta de que ya no podía seguir aguantando el ritmo de trabajo normal y tuve que coger la baja laboral; creo que ahí empezó la hecatombe para mí. Podría echarle, a estas alturas, la culpa de todo al virus y su cuarentena, a mi apatía por todo, a mi desmotivación generalizada, a mi desinterés por el resto de la humanidad y a mi altísimo interés por ser cada vez menos que nada, por pasar desapercibido, por intentar evitar conversaciones con otras personas —o al menos no entablarlas yo—, por no tentar a la suerte, por huir del azar, temer a la suerte e intentar ocultarme del karma. Con eso no quiero decir que la cuarentena no tenga nada que ver, también está poniendo su granito de arena, o más bien está siendo ese pequeño suspiro que se te escapa justo cuando estás colocando el último par de cartas en el castillo de naipes, provocando que se vaya todo a tomar por culo.
Esta tarde, al ponerme la crema hidratante en la zona donde necesito que la piel se regenere a consecuencias del herpes —por fin ese hijo de puta ya ha caído, no pienso ni volver a escribir más de él—, no he podido evitar clavar mi mirada en ese tío con cara de estúpido que me miraba desde el otro lado del espejo; el reflejo me devolvía una mirada entre melancólica y cansada. Es duro fijarte por primera vez en tu verdadero reflejo en el espejo, normalmente vamos creciendo sin ser muy conscientes del paso de los años, viviendo en el presente continuo hasta que un día alguien te llama señor, caballero o algún otro sinónimo biensonante de “viejo de mierda”. Entonces es cuando empiezas a observar con más detalle ese maldito reflejo en el espejo, y empiezas a compararte con tus compañeros de trabajo, todos ellos —o ellas— mucho más jóvenes y sanos que tú; y piensas en los años que realmente tienes — y no en los que parece que tienes según te comportas— y te encuentras perdido en ese limbo de no querer dejar de ser joven y la frustración de estar volviéndote viejo; sintiéndote ridículo —mi padre a mi edad era todo un señor con bigote, camisa y pantalones de pinzas planchados con la raya en medio, yo soy un inútil que a mis cuarenta y cinco todavía visto tejanos rotos y camisetas de grupos de música—, lleno de todos esos sueños sin cumplir, con todos esos países a los que ya nunca podrás viajar y cargado de todos esos proyectos que te lastran hacia las más oscuras de las profundidades. Quizá deberíamos utilizar esta cuarentena para hacer la “limpieza de primavera”, revisar qué ropa ya se nos ha quedado vieja —o ha dejado de ser la menos indicada— o cuantos trastos inútiles hemos estado almacenando de forma absurda en el trastero y deshacernos de todo ello para aprovechar el espacio, limpio y despejado, de la manera más conveniente para nuestra nueva/vieja vida.
Le pongo la cena a mi hija en la mesa. “¿Pongo música, papi?”, me pregunta. “Vale, pon lo que tú quieras”, le contesto. “No, también me gusta la tuya”, me responde mientras con su dedito enciende el equipo de música y empieza sonar Dvořák. Me siento a cenar con ella, uno frente al otro, no hablamos mucho mientras comemos, no importa, puede que por hoy ya esté todo dicho.