jueves, 2 de abril de 2020

Día 18.

Tres días lloviendo —o cuatro ¿qué importa?—. No he salido ni para tirar la basura, mi mujer se ha ido encargando de ello conforme ha ido saliendo para irse a trabajar. Mi día ha sido bastante monótono, como ayer, antes de ayer, el otro, el otro y así hasta que empezó la cuarentena —lo mejor de la cuarentena es que podemos echarle la culpa de todo, incluso de nuestras patéticas vidas—. Bueno, realmente no; cuando empezó todo esto del virus y la cuarentena todos estábamos expectantes a cualquier noticia que hablase sobre el virus, empapándonos de esa sobreinformación que los medios nos daban, alimentando de esta manera cualquier discusión ya fuera familiar o en las redes sobre cuál había sido el punto exacto donde el virus eclosionó por primera vez, cuáles habían sido las causas y vías de contagio, qué había hecho bien o mal cada Gobierno por intentar contener la pandemia y sobre todo, nuestra opinión personal de cómo se debería haber hecho o qué se debería hacer para
terminar con todo esto, porque claro, nadie en el mundo entero tiene la razón absoluta de algo salvo nosotros mismos. Pero después de diecisiete días de confinamiento el aburrimiento y la apatía se adueñan de todos nosotros, haciéndonos perder el interés por el origen del virus, su cura y el índice diario de fallecidos y afectados, al mismo ritmo que dejamos de salir a los balcones a aplaudir por esos héroes sanitarios, que cuando todo esto termine, volverán a ser esas personas insignificantes vestidas de blanco a las que volveréis a insultar cada vez que vayáis a urgencias o estéis ingresados en un hospital.
   En una de las veces que me he asomado a la ventana para ver llover, he vuelto a percatarme de que mi vecino —ese que va con la mascarilla dentro de su casa— también me estaba observando de nuevo, como un depredador en plena quietud y silencio, expectante a los movimientos de su presa antes de abalanzarse sobre ella y devorarla incluso antes de que se coagule su sangre. Puede que esto del confinamiento sea, en el futuro, una de las causas de miles de casos de agorafobia y psicopatía. No hay más que darse cuenta de que cada vez hay más personas aterradas por salir a la calle, y no digo que no quieran salir por prevenir posibles nuevos contagios, sino esas personas que se apartan de ti diez metros en la cola por entrar al supermercado, que se ponen el traje completo de aislamiento para ir a comprar el pan o que amenazan con estar en el derecho de tirar lejía a las personas que vean pasar por la calle debajo de sus ventanas —sin pensar que esas personas que deambulan por la calle van a comprar, a trabajar, a cuidar menores, a gente mayor o, fíjate tú, a hacer guardias interminables en hospitales, jugándose la vida para que luego gilipollas como ellos, que se creen los guardianes de la moralidad mundial, les tire lejía antes de salir al balcón a aplaudir por ellos—, sin caer en la cuenta que a quien le caiga lejía encima también se verá en el derecho de verter gasolina por debajo de su puerta y pegarle fuego.
   Después de guiñarle un ojo a mi vecino enmascarillado, el cual dando un par de pasos hacia atrás se ha fundido con la oscuridad de su hogar, he mirado al cielo con la grata sorpresa de ver a un par de golondrinas creando perfectos surcos invisibles en el cielo. Me encantan las golondrinas, es mi pájaro favorito, y cada año, siempre que veo las primeras en el cielo, me ilusiono de una forma absurda e infantil que a mi mujer le hace mucha gracia, pues ello significa que el buen tiempo no tardará en llegar. Primero siempre vienen unas pocas, antes de tiempo, las que son demasiado viejas y emprenden el viaje emigratorio antes de perder las fuerzas y quedarse atrás, y a las pocas semanas ya llegan las demás, llenando de alegría las calles de mi pueblo, anidando en todos y cada uno de los huecos que encuentran en los tejados, tuberías en desuso, ventanas de casas abandonadas y en los orificios creados por el paso de los años en los troncos de los árboles.
   Me pongo a limpiar por enésima vez hoy para paliar el aburrimiento, pensando qué voy a hacer de comer y con la mirada de mi vecino clavada en mi nuca mientras esas golondrinas revolotean bajo la finas gotas de lluvia que no cesan de caer hoy mientras me repito mentalmente una y otra vez: “volverán las oscuras golondrinas junto a los nuevos psicópatas por la ventana a acechar”.