Veinte días ya, y se rumorea que van a regalarnos otros tantos. Mi duda es si cuando lleguemos a esa fecha van a continuar ampliando la condena. Ya sé que para muchos no es demasiado traumático el confinamiento, incluso hay personas que hasta se las ve felices. Yo no puedo estarlo, ya que presiento que mi proyecto de bar con eventos culturales, que creamos un par de amigos y yo, se va a la mierda. Las grandes empresas lo tendrán mejor, siempre se puede especular, bien machacando a los trabajadores, o bien apropiándose de todas las ayudas que el gobierno conceda. No les hace falta, pero el egoísmo les puede. El estado dice que da avales para créditos. Basta hacer una pequeña consulta para ver que los bancos te piden más garantías que si fueses a comprarte una casa. De cara a la galería, con sus discursitos frente a las cámaras, y vomitando obviedades, nuestros estimados políticos quedan de puta madre. Pero ya sabéis el dicho: "Mucho prometer antes de meter, y después de haber metido, nada de lo prometido". Y esos hijos de puta, cobrando dietas y desplazamientos. ¿A dónde os desplazáis, mamones? Porque si os movéis de casa, os deberían multar, y no pagar por ello.
Ya sé que mucha gente piensa que todos los empresarios son gordos, se cubren con un bombín, fuman puros, y llevan un monóculo. No digo que no los haya (Iberdrola, Endesa, Repsol, Inditex, y un largo etc.), pero lo mayoría son/somos pringados que vivimos al día contando con lo facturado para pagar a los proveedores, gastos estructurales y, por supuesto, a los empleados. Siempre he dicho que un empresario honrado, en lo primero que piensa es en pagar a sus colaboradores. Es lo justo, el riesgo es suyo, no del trabajador. Si todo va bien, él ganará más, y eso es justo, porque ha corrido ese riesgo; pero si todo va mal, los trabajadores deben cobrar, y el empresario no debería hacerlo, ya que ellos han hecho su trabajo y no tienen la culpa de la mala gestión del empleador. El problema es que en momentos como estos, la ruina no es producto de una mala gestión, sino de una pandemia catastrófica. En realidad, si me veo abocado a dar un cerrojazo, lo sentiré más por el personal que por mí mismo. No es la primera vez que estoy sin un céntimo en el bolsillo, sin saber si salir de casa y tirar a la derecha o a la izquierda. Ya pensaré en algo cuando todo esto pase. Como decía Scarlett O'Hara en “Lo que el viento se llevó": "Mañana será otro día". Pero aquí no se ha venido a llorar. He escrito estas líneas porque en los primeros diarios de este encierro ya avisé que un día u otro hablaría del tema.
¿Cómo ha sido mi día? Pues imitando a los gatos que tengo en casa. Durmiendo, comiendo, haciendo mis necesidades, jugando un rato, y mirando al infinito durante buena parte del día. Lo cierto es que vivo rodeado de gatos, y para ellos no soy un humano. Dicen que los gatos nos ven a nosotros como gatos grandes, y en parte estoy de acuerdo. Y digo en parte, porque no todas las personas son como gatos. La mayoría son como perros falderos obedeciendo a sus dueños. Yo me siento un gato, o así lo creo, me gusta que crean que soy dócil y cariñoso. Sin embargo, no te confíes demasiado. Ahora estoy panza arriba, y nunca, nunca se te ocurra acercarte a un gato que está en esa posición.
Ya sé que mucha gente piensa que todos los empresarios son gordos, se cubren con un bombín, fuman puros, y llevan un monóculo. No digo que no los haya (Iberdrola, Endesa, Repsol, Inditex, y un largo etc.), pero lo mayoría son/somos pringados que vivimos al día contando con lo facturado para pagar a los proveedores, gastos estructurales y, por supuesto, a los empleados. Siempre he dicho que un empresario honrado, en lo primero que piensa es en pagar a sus colaboradores. Es lo justo, el riesgo es suyo, no del trabajador. Si todo va bien, él ganará más, y eso es justo, porque ha corrido ese riesgo; pero si todo va mal, los trabajadores deben cobrar, y el empresario no debería hacerlo, ya que ellos han hecho su trabajo y no tienen la culpa de la mala gestión del empleador. El problema es que en momentos como estos, la ruina no es producto de una mala gestión, sino de una pandemia catastrófica. En realidad, si me veo abocado a dar un cerrojazo, lo sentiré más por el personal que por mí mismo. No es la primera vez que estoy sin un céntimo en el bolsillo, sin saber si salir de casa y tirar a la derecha o a la izquierda. Ya pensaré en algo cuando todo esto pase. Como decía Scarlett O'Hara en “Lo que el viento se llevó": "Mañana será otro día". Pero aquí no se ha venido a llorar. He escrito estas líneas porque en los primeros diarios de este encierro ya avisé que un día u otro hablaría del tema.
¿Cómo ha sido mi día? Pues imitando a los gatos que tengo en casa. Durmiendo, comiendo, haciendo mis necesidades, jugando un rato, y mirando al infinito durante buena parte del día. Lo cierto es que vivo rodeado de gatos, y para ellos no soy un humano. Dicen que los gatos nos ven a nosotros como gatos grandes, y en parte estoy de acuerdo. Y digo en parte, porque no todas las personas son como gatos. La mayoría son como perros falderos obedeciendo a sus dueños. Yo me siento un gato, o así lo creo, me gusta que crean que soy dócil y cariñoso. Sin embargo, no te confíes demasiado. Ahora estoy panza arriba, y nunca, nunca se te ocurra acercarte a un gato que está en esa posición.