Salimos a la calle los tres, mi hija pequeña, mi mujer y yo. Tenemos que ir al hospital a que le hagan una radiografía y una visita médica a la niña, la cual ataviamos con una mascarilla y unos guantes. Nuestra preocupación se triplica, pues a parte de lo que nos pueda decir el médico, también nos preocupa que la niña se contagie o que nos pare la policía al ver a toda una familia caminando junta por la calle.
A mi hija pequeña, desde siempre, no le gusta salir a la calle. No ha salido ni un solo día desde que estamos en cuarentena y está súper feliz por ello, incluso todo el rato que estamos fuera de casa se lo pasa quejándose porque quiere volver a casa. A mí, al contrario que ella, el encierro me está afectando bastante; insomnio, estrés, apatía y comienzos de depresión son solo algunos de los efectos secundarios que empiezo a padecer por el confinamiento. Hace un día soleado, lo cual
agradezco después de casi una semana lloviendo o con mal tiempo. Tampoco hace mucho frío, cosa que contrasta bastante con la temperatura que hizo ayer —un frío de cojones—. A los pocos pasos de caminar por la calle, lo primero que comentamos mi mujer y yo es que notamos el aire mucho más limpio, el cielo se ve de otra manera, al mirar a lo lejos se discierne mejor el horizonte e incluso al respirar se nota el aire mucho más puro.
Caminamos por la calle nerviosos, llevando a la niña a trompicones para que camine cada vez más deprisa y sin dejar de mirar a todas partes por si vemos un coche patrulla; aunque llevamos encima la citación del hospital y hemos rellenado religiosamente el absurdo formulario de autoresponsabilidad en desplazamiento, no tenemos ganas de que nos pare la policía y tener que justificar por qué vamos al hospital y para qué es necesario que visiten a nuestra hija; así que nos sentimos aliviados cuando llegamos al hospital sin haber sufrido ningún altercado por el camino. Antes de entrar al recinto sanitario, mi mujer y yo también nos ponemos una mascarilla. Es la primera vez que me pongo una desde que tuve que coger la baja laboral hace unos nueve meses.
Hago cola en la calle para poder entrar en la farmacia y comprar el tratamiento que le han mandado a mi hija. Todos en perfecta formación separados unos de otros por la reglamentaria distancia de un metro y medio. Me fijo en las personas que pasan por la calle, en las que hay haciendo cola y en el comportamiento de estas una vez dentro de la farmacia. La gente ya no está tan histérica, siguen teniendo miedo al virus, pero empiezan a tomárselo todo con mucha más calma. Es curiosa la forma tan camaleónica que tenemos el ser humano para adaptarnos a cualquier situación; que nos dan la libertad más absoluta, pues allá que vamos siendo los más libertinos del mundo entero; que al contrario nos oprimen al máximo, pues agachamos la cabeza y vivimos agradeciendo al opresor que nos permita vivir un día más y le pedimos perdón por nuestra existencia. Pero ya sea tanto en un caso como en el otro, siempre necesitamos un ente superior que nos dé permiso para una cosa o para la otra, nunca lo haremos por voluntad propia.
Una vez en casa, con la niña contenta por volver a su encierro, y mi mujer tranquila por haber dejado de tenerla expuesta al mundo exterior, yo salgo un rato a la terraza y me alegro de volver a ver a esas golondrinas que he estado mencionando, no sé si son reales o me las imagino, pero ahí están, y me tranquiliza quedarme un rato mirando cómo vuelan jugueteando unas con otras.
Por la tarde mi mujer me enseña una publicación en una red social donde alguien que también vive en nuestro pueblo ha colgado una foto de la calle principal quejándose de la cantidad de gente que había esta mañana por la calle, defendiendo la teoría de que como hoy hace buen día todos esas personas habían salido a pasear en vez de a realizar actos de primera necesidad; me resulta curioso que a alguien que va por la calle le moleste que otras personas también vayan por ella e incluso que se crea con el derecho de juzgarlas con la escusa de que ella sí que lo está haciendo por necesidad pero que el resto seguro que está paseando. Cuando mi mujer me enseña cosas así me alegro todavía más de haber borrado todos mis perfiles de las redes sociales y haber dejado de participar en ese patético reality show, donde todo el mundo se cree juez supremo con la razón absoluta.
Enciendo el equipo de música y dejo que Liszt le ponga banda sonora al final del día mientras me tomo mis pastillas antes de acostarme, con la esperanza de poder dormir sin que el insomnio me visite de nuevo.
A mi hija pequeña, desde siempre, no le gusta salir a la calle. No ha salido ni un solo día desde que estamos en cuarentena y está súper feliz por ello, incluso todo el rato que estamos fuera de casa se lo pasa quejándose porque quiere volver a casa. A mí, al contrario que ella, el encierro me está afectando bastante; insomnio, estrés, apatía y comienzos de depresión son solo algunos de los efectos secundarios que empiezo a padecer por el confinamiento. Hace un día soleado, lo cual
agradezco después de casi una semana lloviendo o con mal tiempo. Tampoco hace mucho frío, cosa que contrasta bastante con la temperatura que hizo ayer —un frío de cojones—. A los pocos pasos de caminar por la calle, lo primero que comentamos mi mujer y yo es que notamos el aire mucho más limpio, el cielo se ve de otra manera, al mirar a lo lejos se discierne mejor el horizonte e incluso al respirar se nota el aire mucho más puro.
Caminamos por la calle nerviosos, llevando a la niña a trompicones para que camine cada vez más deprisa y sin dejar de mirar a todas partes por si vemos un coche patrulla; aunque llevamos encima la citación del hospital y hemos rellenado religiosamente el absurdo formulario de autoresponsabilidad en desplazamiento, no tenemos ganas de que nos pare la policía y tener que justificar por qué vamos al hospital y para qué es necesario que visiten a nuestra hija; así que nos sentimos aliviados cuando llegamos al hospital sin haber sufrido ningún altercado por el camino. Antes de entrar al recinto sanitario, mi mujer y yo también nos ponemos una mascarilla. Es la primera vez que me pongo una desde que tuve que coger la baja laboral hace unos nueve meses.
Hago cola en la calle para poder entrar en la farmacia y comprar el tratamiento que le han mandado a mi hija. Todos en perfecta formación separados unos de otros por la reglamentaria distancia de un metro y medio. Me fijo en las personas que pasan por la calle, en las que hay haciendo cola y en el comportamiento de estas una vez dentro de la farmacia. La gente ya no está tan histérica, siguen teniendo miedo al virus, pero empiezan a tomárselo todo con mucha más calma. Es curiosa la forma tan camaleónica que tenemos el ser humano para adaptarnos a cualquier situación; que nos dan la libertad más absoluta, pues allá que vamos siendo los más libertinos del mundo entero; que al contrario nos oprimen al máximo, pues agachamos la cabeza y vivimos agradeciendo al opresor que nos permita vivir un día más y le pedimos perdón por nuestra existencia. Pero ya sea tanto en un caso como en el otro, siempre necesitamos un ente superior que nos dé permiso para una cosa o para la otra, nunca lo haremos por voluntad propia.
Una vez en casa, con la niña contenta por volver a su encierro, y mi mujer tranquila por haber dejado de tenerla expuesta al mundo exterior, yo salgo un rato a la terraza y me alegro de volver a ver a esas golondrinas que he estado mencionando, no sé si son reales o me las imagino, pero ahí están, y me tranquiliza quedarme un rato mirando cómo vuelan jugueteando unas con otras.
Por la tarde mi mujer me enseña una publicación en una red social donde alguien que también vive en nuestro pueblo ha colgado una foto de la calle principal quejándose de la cantidad de gente que había esta mañana por la calle, defendiendo la teoría de que como hoy hace buen día todos esas personas habían salido a pasear en vez de a realizar actos de primera necesidad; me resulta curioso que a alguien que va por la calle le moleste que otras personas también vayan por ella e incluso que se crea con el derecho de juzgarlas con la escusa de que ella sí que lo está haciendo por necesidad pero que el resto seguro que está paseando. Cuando mi mujer me enseña cosas así me alegro todavía más de haber borrado todos mis perfiles de las redes sociales y haber dejado de participar en ese patético reality show, donde todo el mundo se cree juez supremo con la razón absoluta.
Enciendo el equipo de música y dejo que Liszt le ponga banda sonora al final del día mientras me tomo mis pastillas antes de acostarme, con la esperanza de poder dormir sin que el insomnio me visite de nuevo.