Hoy me gusta la lluvia, cae de forma pausada creando una preciosa melodía al golpear contra el plástico que cubre nuestras bicis, la mesa de plástico, las sillas de madera o las hojas de todas las plantas que tengo en la terraza, sí que es verdad que las gotas precipitadas están destrozando las primeras flores de la primavera al caer sobre sus frágiles pétalos, pero todavía queda mucha primavera por delante para que salgan nuevas flores y más resistentes a las futuras condiciones meteorológicas. Digo que hoy me gusta la lluvia porque según mi estado de ánimo puedo llegar a odiarla, bueno, tengo cierta facilidad para odiar todo y a todos; misantropía y ostracismo, dos grandes dones con lo que me dotó la naturaleza.
Debo de estar de buen humor hoy —el puto vaso está medio lleno, cojones—, porque no me ha importado hacer casi uno hora de cola en la farmacia para poder comprar un antibiótico que necesita mi hija pequeña. Al llegar a la farmacia me he encontrado que había dos colas que casi daban la vuelta a la esquina, como vivo inmerso en mi infierno mental no me he enterado que hoy la Generalitat de Cataluña regalaba una mascarilla por persona, y claro, como culturalmente somos capaces de matar a nuestro vecino por conseguir algo gratis, pues la gente ya estaba haciendo cola a primera hora de la mañana para no quedarse sin su mascarilla gratis. Mientras hacía cola en la que era para comprar medicamentos, me he fijado en que toda esa gente que está muerta de miedo por contagiarse y que te mata con la mirada por cruzarte en su camino demasiado cerca, no han tenido inconveniente en arriesgarse a contraer el virus haciendo una absurda cola por una mascarilla gratis que, ademas, no tiene las condiciones necesarias para protegerte de algo más que un simple constipado. Después de un buen rato haciendo cola, ha salido la farmacéutica a decirle a la gente que estaba esperando por su mascarilla gratis que por favor se fueran a sus casa e intentaran volver de forma un poco más escalonada porque toda Cataluña había ido a la misma hora a por sus putas mascarillas colapsando así el sistema informático.
Mientras hacía cola me he enterado que podremos pasar cada semana a por una mascarilla —tarjeta sanitaria en mano, no vaya a ser que pidas dos y arruines al Estado—, pero que solo es gratis la primera, después, cada semana nos cobrarán setenta y cinco céntimos por ella. A la gente de la cola no le ha parecido caro esos setenta y cinco céntimos por mascarilla, pero mi mente maquiavélica no ha tardado mucho en pensar que setenta y cinco céntimos per cápita y por semana son una burrada de millones alguien se va a reembolsar en sus bolsillos aprovechándose del miedo de una población que ha perdido toda seguridad por sí misma y que está dispuesta a darle la mano e irse con quien le prometa un mínimo de seguridad a cambio de obediencia plena y fe ciega.
Como he escrito antes, hoy estoy de buen humor, después de ir a la farmacia he vuelto a tirarme en el sofá, este se está convirtiendo en mi nuevo ecosistema, un par de libros por un lado, el móvil por otro, los mandos a distancia siempre al alcance, el tablero de ajedrez con las piezas en perfecta formación y el portátil preparado para plasmar mis días de confinamiento en este diario. Miro al suelo y me doy cuenta de que mi hija ha hecho lo mismo en el suelo, una alfombra junto a la puerta de la terraza llena de juguetes y utensilios para dibujar, se ha convertido en su territorio apache personal, mientras, mi mujer ha optado por la cocina y nuestra habitación —el baño es zona neutra, la Suiza de nuestro hogar—. Supongo que estará ocurriendo lo mismo en todos los hogares, cada casa se estará fraccionando en pequeños territorios ocupados por sus aborígenes nativos del lugar; toda una ensalada de microculturas, ideologías y creencias por metro cuadrado. El virus ha creado diversidad cultural en cada hogar y mascarillas a setenta y cinco céntimos en la farmacias ¿Cómo no iba a estar de buen humor hoy?
Debo de estar de buen humor hoy —el puto vaso está medio lleno, cojones—, porque no me ha importado hacer casi uno hora de cola en la farmacia para poder comprar un antibiótico que necesita mi hija pequeña. Al llegar a la farmacia me he encontrado que había dos colas que casi daban la vuelta a la esquina, como vivo inmerso en mi infierno mental no me he enterado que hoy la Generalitat de Cataluña regalaba una mascarilla por persona, y claro, como culturalmente somos capaces de matar a nuestro vecino por conseguir algo gratis, pues la gente ya estaba haciendo cola a primera hora de la mañana para no quedarse sin su mascarilla gratis. Mientras hacía cola en la que era para comprar medicamentos, me he fijado en que toda esa gente que está muerta de miedo por contagiarse y que te mata con la mirada por cruzarte en su camino demasiado cerca, no han tenido inconveniente en arriesgarse a contraer el virus haciendo una absurda cola por una mascarilla gratis que, ademas, no tiene las condiciones necesarias para protegerte de algo más que un simple constipado. Después de un buen rato haciendo cola, ha salido la farmacéutica a decirle a la gente que estaba esperando por su mascarilla gratis que por favor se fueran a sus casa e intentaran volver de forma un poco más escalonada porque toda Cataluña había ido a la misma hora a por sus putas mascarillas colapsando así el sistema informático.
Mientras hacía cola me he enterado que podremos pasar cada semana a por una mascarilla —tarjeta sanitaria en mano, no vaya a ser que pidas dos y arruines al Estado—, pero que solo es gratis la primera, después, cada semana nos cobrarán setenta y cinco céntimos por ella. A la gente de la cola no le ha parecido caro esos setenta y cinco céntimos por mascarilla, pero mi mente maquiavélica no ha tardado mucho en pensar que setenta y cinco céntimos per cápita y por semana son una burrada de millones alguien se va a reembolsar en sus bolsillos aprovechándose del miedo de una población que ha perdido toda seguridad por sí misma y que está dispuesta a darle la mano e irse con quien le prometa un mínimo de seguridad a cambio de obediencia plena y fe ciega.
Como he escrito antes, hoy estoy de buen humor, después de ir a la farmacia he vuelto a tirarme en el sofá, este se está convirtiendo en mi nuevo ecosistema, un par de libros por un lado, el móvil por otro, los mandos a distancia siempre al alcance, el tablero de ajedrez con las piezas en perfecta formación y el portátil preparado para plasmar mis días de confinamiento en este diario. Miro al suelo y me doy cuenta de que mi hija ha hecho lo mismo en el suelo, una alfombra junto a la puerta de la terraza llena de juguetes y utensilios para dibujar, se ha convertido en su territorio apache personal, mientras, mi mujer ha optado por la cocina y nuestra habitación —el baño es zona neutra, la Suiza de nuestro hogar—. Supongo que estará ocurriendo lo mismo en todos los hogares, cada casa se estará fraccionando en pequeños territorios ocupados por sus aborígenes nativos del lugar; toda una ensalada de microculturas, ideologías y creencias por metro cuadrado. El virus ha creado diversidad cultural en cada hogar y mascarillas a setenta y cinco céntimos en la farmacias ¿Cómo no iba a estar de buen humor hoy?