martes, 21 de abril de 2020

DÍA 36: QUE HIJOS DE PUTA



Hoy me he levantado a tope, he podido dormir toda la noche del tirón. Aún no me he tomado un café que ya he salido a pasear a Haru. Pese a la hora temprana, la lluvia y el toque de queda en las calles se ve más movimiento. Coches, gente sin un rumbo fijo, y pájaros piando con fuerza, como si la presencia humana les molestara. Su canto es agresivo, como si escupieran  improperios:  “¡Hijos de puta bípedos,  os podríais quedar en vuestra puta cueva!“.
    Me he cruzado con la vecina (chillona), ni un buenos días ni pollas de cortesía,  la he mirado severamente, si mirará de la misma manera un vaso de leche lo agriaba, fijo. Ha bajado la mirada,  se marcha.
    Hoy es un día raro, mucha de la gente que conozco empieza a currar,  Raquel va ha currar. La gente lo siente como una contradicción, ¿por que nos obligan a trabajar? ¿Ha pasado el peligro bacteriológico? Yo conozco la respuesta. Nuestras vidas valen una mierda,  somos como el combustible de una gran caldera, madera echada al fuego,  entes efímeros, combustible desechable. Porque no olvidemos,  la maquinaria generadora no puede parar.
    Pese a la noche de descanso y las buenas vibraciones al despertarme, las nubes oscuras vuelven a mis divagaciones. Me desinflo como un globo, me quedo sin energía.  Llego a casa y me percato que aún no me he tomado mi dosis cafeínica, así que presiono el botón de encendido de la cafetera y el aroma del café inunda toda la casa. No puedo salir de casa sin mi taza de café entre pecho y espalda. Con el primer sorbo las nubes  de mi cabeza se disipan, son las diez de la mañana. Consigo enterrar mis pensamientos a base de cafés y nicotina,  la bestia vuelve a dormir,  tengo que despertar a Raquel.
    Mudo mi rostro con la mejor sonrisa. En la habitación mi mujer duerme profundamente,  el diazepan de la noche anterior ha funcionado de puta madre, le zarandeo ligeramente el hombro: “¡Vamos cielo, que es lunes! Hoy será un día cojonudo,  hoy te levantan el confinamiento“. Con la mirada turbia por el sueño, me mira, con una leve sonrisa murmura: ¡QUE HIJOS DE PUTA!.
    La mañana pasa rápida, después de almorzar Raquel se marcha a buscar el autobús, estoy solo, una sensación de vacío inunda mis entrañas. Me sumerjo en las páginas de Nazareth Hill de Ramsey Campbell, anestesio mi mente con oleadas de tinta y terror.