El
día del libro, Sant Jordi, siempre me ha
gustado, seguramente es mi fiesta preferida. Es un día en que los libros tienen
la posibilidad de brillar con más intensidad, salir por las calles abarrotadas
de paradas de libros y rosas. Sé que es un espejismo, muy poca gente consume
literatura, la magia de la letra impresa ha perdido gran parte de su poder, el
poder de atraparte en millones de historias.
Fantasía, ciencia ficción, terror, realismo etc… una amalgama infinita de géneros y texturas. En la actualidad el libro se ha visto eclipsado
por el consumo rápido y fácil que ofrecen plataformas como Netflix, los
videojuegos… un sinfín de ofertas para un disfrute rápido y sencillo pero con una contraprestación
demoledora, la carencia de alma… de magia.
No me sorprende, más bien me entristece, el consumo de cultura en monodosis, muy acorde a los tiempos que vivimos.
Hoy es un día un poco más triste, ni tan siquiera puedo engañarme a mí mismo
pensando en que la gente consume literatura masivamente. Tampoco puedo ir a
buscar la rosa para mi mujer y mi madre, un acto de amor y magia para mí, una
historia cimentada en la fábula de Sant Jordi, un mata dragones. Siempre he
sido de fantasear y con este cuento siempre me he sentido cómodo, las historias fantásticas siempre me han dado
vida.
Me aterra la desaparición del libro físico, contemplar la portada, contraportada, abrirlo, ojear su interior, oler la tinta impresa.
Poseer historias en mi mano es como si fueran más reales, fuera de la nube
electrónica y nada orgánica tecnología. El único consuelo que me queda es que
cuando toda esta mierda pase, muchos de los libros que quiero continuarán ahí. Como
buen cazador de historias la paciencia es una de mis mayores características, aunque
eso no me quita la pena de autoengañarme, pensar que vivo en un mundo donde la
gente consume y disfruta de los libros masivamente como fuente primigenia de
disfrute y ocio. Esta pandemia me ha quitado el espejismo creado por la fiesta
de Sant Jordi, odio este SANT JORDI 2.0 «VIRTUAL».