De
pronto, mientras observo el fuego, que no calienta ni reconforta, un sonido
agudo de sirenas me arranca de mis ensoñaciones. Salgo de mi chabola envarado, el
día nublado no ayuda en amortiguar las luces de los coches. Las sirenas de los
4x4 despiertan la histeria entre la población de Neo-suburbia, llantos de niños
y los gritos de alarma de sus congéneres ayudan en el caos reinante. «¡Mierda,
es una redada!», me grito a mí mismo. Sin tiempo para pensar en nada comienzo a
correr hacia el bosque, por suerte mi
chabola se encuentra a menos de 50 metros, una vez alcanzada la espesura del
bosque me tiró de cabeza al suelo. Observo los acontecimientos con mirada bobina.
Cuatro furgonetas sanitarias se abren paso hasta el centro del asentamiento, la gente que no ha podido huir se encuentran en una fila controlada por la policía multipase, las porras eléctricas chasquean al compás de los gritos. «¡En fila de a uno, hijos de puta!», gritan desde los altavoces. La irregular fila de no-pases se encaran hacía las furgonetas sanitarias.
Cuatro furgonetas sanitarias se abren paso hasta el centro del asentamiento, la gente que no ha podido huir se encuentran en una fila controlada por la policía multipase, las porras eléctricas chasquean al compás de los gritos. «¡En fila de a uno, hijos de puta!», gritan desde los altavoces. La irregular fila de no-pases se encaran hacía las furgonetas sanitarias.
En la Neo-suburbia norte nunca habían estado,
se rumoreaba que a los habitantes de las
Neo-suburbias de las capitales eran obligados a implantarse el Neo-código, estos
rumores fueron ignorados por todos los que vivimos en los cuadrantes
periféricos. «Son solo rumores infundados», decían los cabecillas del poblado. Pues
bien, ni son rumores ni son infundados,
aquí están marcando al rebaño inconformista.
Los lloros y gritos van decreciendo, el
peso de lo inevitable sofoca toda expresión de inconformismo y rebeldía, los pocos lloros que oigo son los del
perdedor, lloros de miedo. Mis ojos hace
años que dejaron de llorar, las pérdidas
obtenidas desde LA GRAN FRACTURA me han
convertido en un Golem de piedra, lo único que atenaza mi corazón es el odio más
premeditado, forjado por innumerables afrentas
cometidas contra mí y todo lo que apreciaba, los recuerdos del amor perdido son
sofocados por el ocre aliento del odio. Odio hacía la gente, odio hacía los
lideres, odio hacía el sistema, odio hacía el conformismo que nos precipitó
hacía este estercolero… ¡odio!
Entierro mi cara en la hojarasca seca, un ligero sollozo se escapa de mi alma. Sorprendido,
froto mi mano contra los ojos, con la mirada estupefacta veo mis manos húmedas
a causa de mis lágrimas.
Continúa
el día 42