Me levanto con el estómago revuelto, ya me acosté así anoche y la cosa no ha mejorado mucho desde entonces. Hoy sería el día de nuestra boda si el virus no hubiera decidido hacer acto de presencia en nuestras vidas. A estas alturas deberíamos estar en el lugar de la celebración, mi mujer con un precioso vestido blanco —está preciosa vestida de blanco— y yo enfundado en un traje —odio los trajes, eso de ponerme voluntariamente un nudo corredizo alrededor del cuello no va conmigo— mientras el juez de paz, después de unas palabras nos preguntaría ese típico: «¿Y tú, quieres a…?» seguido de los «sí quiero» y del «Ya podéis besaros» y todas esas cosas.
Debería haberme esforzado por preparar algo especial para hoy, darle un poco de importancia a este día aunque no nos hayamos podido casar y estemos aquí encerrados, pero no se me da bien preparar «cosas especiales», no sé hacer que un día sea inolvidable, más bien todo lo contrario, soy especialista en convertir los días en algo insípido, monótono y rutinario. Debe de ser porque en el fondo detesto todo los «días especiales», odio los cumpleaños, bautizos, comuniones, cenas de empresa, reuniones familiares y demás días que han de brillar por su excepcionalidad, lo único que realmente me gusta es que al despertarme el día pase lo mas rápidamente posible y sin incidencias, vivir tranquilo, sin llamar la atención y sobre todo no ser el centro de atención.
Paso la mayor parte del día sentado en la taza del váter, con los calzoncillos sobre los pantalones y todo ello reposado en el suelo entre mis tobillos —la diarrea es lo que tiene—, pensando en esos dos anillos que deberían estar en nuestros dedos con la fecha de hoy grabada en el reverso, llevo viviendo con mi mujer diez años, ¿Por qué queríamos casarnos hoy? Supongo que como seres humanos que somos, en el fondo necesitamos oficializar las cosas, todo parece mucho más importante si ha habido una ceremonia antes, empezamos nuestra vida con un bautizo y la terminamos con un funeral, sino nos da la sensación de que no ha tenido toda la importancia y grandeza se esperaba de ella.
Por la tarde recojo la ropa tendida, hace un sol espectacular y todo lo que se tiende se seca casi al instante. En la terraza juego un rato con mi hija; escucho cómo el calentador de agua trabaja a todo trapo mientras mi mujer se ducha y el loro de los vecinos —el cual sacan al balcón los días solead— alegra con sus graznidos —no se pueden llamar de otra manera— el interior del edificio. Me anoto mentalmente que tengo que llamar a mis hijos mayores y a mi madre, aunque lo más seguro es que termine olvidándolo, mi retención de memoria es la de un pez girando sin parar en su pecera, olvidando que existe una fina capa de cristal que le impide llegar más allá del interior de esa maldita esfera.
Estoy bastante agobiado, me duelen las piernas y las cervicales, los partes de baja se van multiplicando, pasan los días, los meses y yo sigo igual, me preocupa mi futuro, sé que no voy a tener una vejez agradable, llena de dolores y achaques hasta que la muerte se digne a llevarme; también me preocupa mi situación laboral, cada vez que suena el teléfono o el cartero llama a mi puerta pienso que me trae el burofax donde mi empresa me comunica que prefieren despedirme y contratar a un tío veinte años más joven que yo y que pueda aguantar el ritmo de trabajo. Nunca he querido llegar a viejo, y mucho menos de esta manera, con dolor por todo el cuerpo, supongo que por eso viviré hasta los cien años. El Karma me odia.
Mientras escribo esto mi hija resopla aburrida a mi lado y mi mujer hace yo qué sé por ahí dentro. Los hijos de los vecinos juegan a baloncesto en la terraza, el mundo sigue girando, el universo nos mira desde arriba mientras nos escondemos detrás de mascarillas, nos encerramos en casa y salimos con la guitarra al balcón a darles el recital a los vecinos, pero todos bajo la fuerza de un hashtag que nos recuerde que juntos podemos con esto, un hashtag para gobernarlos a todos. Un hashtag para encontrarlos, un hashtag para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas en la Tierra del Virus donde se extiende la pandemia.
Debería haberme esforzado por preparar algo especial para hoy, darle un poco de importancia a este día aunque no nos hayamos podido casar y estemos aquí encerrados, pero no se me da bien preparar «cosas especiales», no sé hacer que un día sea inolvidable, más bien todo lo contrario, soy especialista en convertir los días en algo insípido, monótono y rutinario. Debe de ser porque en el fondo detesto todo los «días especiales», odio los cumpleaños, bautizos, comuniones, cenas de empresa, reuniones familiares y demás días que han de brillar por su excepcionalidad, lo único que realmente me gusta es que al despertarme el día pase lo mas rápidamente posible y sin incidencias, vivir tranquilo, sin llamar la atención y sobre todo no ser el centro de atención.
Paso la mayor parte del día sentado en la taza del váter, con los calzoncillos sobre los pantalones y todo ello reposado en el suelo entre mis tobillos —la diarrea es lo que tiene—, pensando en esos dos anillos que deberían estar en nuestros dedos con la fecha de hoy grabada en el reverso, llevo viviendo con mi mujer diez años, ¿Por qué queríamos casarnos hoy? Supongo que como seres humanos que somos, en el fondo necesitamos oficializar las cosas, todo parece mucho más importante si ha habido una ceremonia antes, empezamos nuestra vida con un bautizo y la terminamos con un funeral, sino nos da la sensación de que no ha tenido toda la importancia y grandeza se esperaba de ella.
Por la tarde recojo la ropa tendida, hace un sol espectacular y todo lo que se tiende se seca casi al instante. En la terraza juego un rato con mi hija; escucho cómo el calentador de agua trabaja a todo trapo mientras mi mujer se ducha y el loro de los vecinos —el cual sacan al balcón los días solead— alegra con sus graznidos —no se pueden llamar de otra manera— el interior del edificio. Me anoto mentalmente que tengo que llamar a mis hijos mayores y a mi madre, aunque lo más seguro es que termine olvidándolo, mi retención de memoria es la de un pez girando sin parar en su pecera, olvidando que existe una fina capa de cristal que le impide llegar más allá del interior de esa maldita esfera.
Estoy bastante agobiado, me duelen las piernas y las cervicales, los partes de baja se van multiplicando, pasan los días, los meses y yo sigo igual, me preocupa mi futuro, sé que no voy a tener una vejez agradable, llena de dolores y achaques hasta que la muerte se digne a llevarme; también me preocupa mi situación laboral, cada vez que suena el teléfono o el cartero llama a mi puerta pienso que me trae el burofax donde mi empresa me comunica que prefieren despedirme y contratar a un tío veinte años más joven que yo y que pueda aguantar el ritmo de trabajo. Nunca he querido llegar a viejo, y mucho menos de esta manera, con dolor por todo el cuerpo, supongo que por eso viviré hasta los cien años. El Karma me odia.
Mientras escribo esto mi hija resopla aburrida a mi lado y mi mujer hace yo qué sé por ahí dentro. Los hijos de los vecinos juegan a baloncesto en la terraza, el mundo sigue girando, el universo nos mira desde arriba mientras nos escondemos detrás de mascarillas, nos encerramos en casa y salimos con la guitarra al balcón a darles el recital a los vecinos, pero todos bajo la fuerza de un hashtag que nos recuerde que juntos podemos con esto, un hashtag para gobernarlos a todos. Un hashtag para encontrarlos, un hashtag para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas en la Tierra del Virus donde se extiende la pandemia.