sábado, 25 de abril de 2020

Día 41. Sin pena ni gloria.

Día 41, a 24 de abril de 2020

Ha pasado la medianoche hace algo más de media hora, realmente estoy a día 25 de abril, pero eso no importa. La cosa pinta fea, casi toda la vida me lleva pintando fea; esos días de un futuro prometedor en el horizonte pasaron hace muchos años, y yo dejé de imaginármelos unos años después. Parece que el hombre vive de esperanzas, pero eso no es más que una patraña, se vive de certezas o incertidumbres. Cuando a mi mujer le pasa algo malo, siempre le digo que no se preocupe, que seguramente acabe yendo peor todavía. Psicológicamente me gusta prepararme para el peor panorama posible, no me gusta ese positivismo rancio de libro de autoayuda. Pese a tratar de prepararme para lo peor, las cosas no dejan de ser una puta mierda. Hoy no solo estoy cansado, también estoy enfadado, hasta los cojones; lo mejor de esta cuarentena está por pasar, mi viejo volverá el lunes y esta casa parecerá la Franja de Gaza.
   No voy llorando por las esquinas, estoy acostumbrando a que las cosas se tuerzan, ahora es más dantesco que nunca porque, mientras tanto, el mundo se va a la mierda a un ritmo acelerado.
   Me alivia ver que todos los farsantes religiosos del mundo rezan para que esto se acabe, como si estuviésemos en el siglo XV y fuera a colar; lo peor de todo es que para muchos es la hostia, esa gente no suelta un solo céntimo pero ojito, que están rezando para que se revierta la situación. Me quedo mucho más tranquilo viendo que los beneficios fiscales y subvenciones que se lleva la Iglesia en detrimento de la investigación científica y la sanidad dan sus frutos; que una pandilla de bandidos rezan por nosotros. Está claro que todavía no hemos abandonado del todo el Medievo y que quedan pasos en firme que dar para hacerlo.

Ahora voy a comer algo, abrirme otra de tantas birras y vivir como lo hacían esos romanos hedonistas mientras su imperio se hundía.