miércoles, 29 de abril de 2020

DÍA 44: LA SINFONÍA DEL INFRAMUNDO


No he podido dormir, apenas una hora en toda  la noche, no he encontrado la habitual quietud en la oscuridad de la habitación. La respiración de Raquel normalmente me tranquiliza, esta noche no ha sido así. Me he levantado una docena de veces. Un vaso de agua, un pitillo, y de vuelta a la cama. ¡Nada! Definitivamente he decidido levantarme,  eras las cinco de la mañana.  El silencio de la casa me ha inquietado aún más. Me he vestido, sin la compañía de Haru (mi perra) he salido de casa, sin rumbo fijo me he puesto a caminar, como es normal el camino siempre va de subida. Tras la primera cuesta, con los pulmones dilatados y con la respiración desbocada me he comenzado a encontrar mejor, la ansiedad va despareciendo rápidamente.

    Sin darme cuenta me encuentro en el cementerio, la gran verja metálica, pintada de negro con motivos góticos me invita a entrar en el inframundondo. Un Ángel con lágrimas en los fríos ojos hace  de custodio del yermo cónclave, una imagen de Horus me viene a la cabeza.
    Me deslizo hacía el interior,  la quietud del  cementerio me calma, al principio no se escucha ningún ruido, el frío me invade, un escalofrío hace que mi cuerpo se ponga en guardia. El sonido de pequeñas gotas de agua es la obertura que la orquesta nocturna se dispone a efectuar. Uñas rascando epitafios,  el sonido de patas recorriendo el suelo empedrado,  el ulular lejano de un Búho, la risa desquiciada de un grajo. Poco a poco se van incorporando en LA SINFONÍA DEL INFRAMUNDO.
    Me siento en un banco de piedra, ¡joder está helado! Me apetece fumarme un Golden. ¡Mierdas! Me he dejado el tabaco en casa. Cierro los ojos dejándome invadir por los sonidos, los hijos de la noche están desplegando toda una amalgama musical. La magia dura poco, muy poco. La ansiedad me invade, la adicción reclama nicotina.  En el mismo instante que me levanto del banco, la sinfonía nocturna se desvanece,  los ruidos de un primate desafinan en este concierto animal. Me voy para casa, no sin preguntarme: ¿Encajamos en este mundo? No creo que encajemos, somos una jodida nota desafinada en la gran Ópera terráquea... el silencio es la única respuesta que obtengo.