martes, 28 de abril de 2020

Día 44.

Me hace gracia el número de este día, cuarenta y cuatro, como mi edad, llevo confinado un día por año vivido, algo parecido a una indemnización por despido. He salido a comprar, en el supermercado todo. En su interior ya no he visto a personas llenando sus carros hasta arriba, arrasando con productos que no habían consumido nunca pero que han visto que la persona de al lado los metía en su carrito, tampoco he presenciado patéticos actos de pura desesperación ni histerismo por entrar en el local. No está mal, solo hemos tardado cuarenta y cuatro días en aprender a portarnos como personas civilizadas ante un estado de alerta. Si la gente se sigue portando igual de bien en el próximo Black Friday, quién sabe, a lo mejor hasta vuelvo a tener esperanza por la raza humana y todo.
   Salir a la calle no me ha sentado tan bien como me esperaba, como escribí ayer, mi repulsa por el contacto con otras personas ha empeorado bastante en estos días, el confinamiento obligado se ha ido convirtiendo en ostracismo puro y duro. En el supermercado no lo he pasado tan mal, no había mucha gente y se podía caminar bastante bien por los pasillos, pero también he tenido que ir a la farmacia, un local pequeño, estrecho, sin manera de impedir estar cerca de las otras personas, de notar su presencia por duplicado, de escuchar sus voces con sus absurdos discursos y desvariaciones, de ver sus cuerpos, esos sacos de piel rellenos de vísceras y mierda esperando ser excretada. Además hoy ha sido el primer día que he salido a la calle con mascarilla y guantes, la mascarilla me la he puesto porque el cambio estacional siempre me produce una ligera tos, y no quería que al toser en el súper cundiera el pánico si lo hacía sin llevar la mascarilla puesta, y los guantes porque la otra vez que fui a comprar me hicieron meter las manos dentro de una bolsa —por no llevar guantes— y no había manera de poder coger nada, todo se me escurría y acababa  rodando por el suelo.
   Hoy mi hija tampoco ha querido salir, me encanta que sea diferente a los otros niños en este aspecto, por fortuna no hemos tenido que estar encerrados con un niño histérico que se sube por las paredes. Ella está llevando muy bien todo esto, sí que es verdad que se le nota que echa de menos estar con sus amigos, ir al colegio y esas cosas, pero también se nota que está muy a gusto en casa, con sus cosas, su familia, sus juguetes… todo su mundo entre cuatro paredes.
   Ayer salieron todos los niños en masa, como un puñado de hienas que han estado encerradas sin comer cuarenta y tres días y les abren la puerta de la jaula de golpe. La mayoría lo hizo sin ninguna medida de seguridad, sin guantes ni mascarillas, y hoy todo el mundo que no tienen niños se queja de la actitud de los padres por haber sacado a sus hijos así, dejar que se juntaran con otros niños y aglomerar paseos, calles y avenidas. Supongo que la cuestión es que medio mundo critique al otro medio, pero todos a una en los balcones a las ocho en punto.
   Según dicen, los niños pueden ser portadores del virus y no darse cuenta, pueden contagiar a otras personas sin que ellos lleguen a ponerse enfermos ni a tener ninguna clase de síntoma. Alguien con mente maquiavélica podría decir que los niños son las nuevas armas de destrucción masiva de hoy en día, así que la estampida de niños de ayer, esta persona con mente maquiavélica podría compararla con la honda expansiva de la bomba atómica. Pero bueno, si el número de contagiados sube en los próximos días tendremos que buscar al culpable diciendo aquello decíamos de niños cuando olía a pedo: «Habrá sido quien tenga las manos roja».

Dentro de un par de días tendré que bajar a la farmacia a por los medicamentos que no me han podido suministrar hoy, tendré que volver a pasar por estar entre infelices mortales como yo, con las esperanzas perdidas, sueños rotos y mascarillas dejándoles una pequeña marca en el tabique nasal por la presión de la goma. Mientras tanto, voy a disfrutar de esta sensación tan buena de estar estresado por no poder salir y de estresarme por tener que hacerlo.