El día que Juan Cabezuelo me presentó a Daniel Aragonés, ni me podía imaginar que con el tiempo nos convertiríamos en una familia, una salvaje familia para ser más exactos. Hacía poco tiempo que la editorial Atlantis había publicado mi primera novela, Arcadia. Como Juan había sido de los pocos asistentes a la presentación (viniendo expresamente en tren desde Calella), le devolví la cortesía (encantado, por supuesto) y fui a la de su poemario compartido, Lenguas de Lava. Lo cierto es que nunca me ha llamado la poesía (algún defecto tenía que tener yo) sin embargo, compré el libro y me deleite con algo totalmente desconocido para mí. Mi concepción de la poesía como escritos sobre amor, princesas, unicornios, y mundos de flores, no podía ser más errónea. Juan Cabezuelo, Daniel Aragonés, Francisco Cazorla, y Diego Torres, me sorprendieron con textos urbanos, sucios, duros, críticos, grotescos, y apasionantes. Lo cierto es que fue una sorpresa muy agradable para mí.
Tiempo después, y debido a que no estaba muy contento con el trato dispensado por la editorial Atlantis, contacté con Daniel Aragonés (con el que nunca había tenido trato previo) para contratar sus servicios como corrector para mi segunda novela. Tras una cordial charla, me pidió que le hiciera llegar la primera, Arcadia, para ponerse al día con mi estilo como escritor y así poder planificar el trabajo de corrección de Luz en el lado oscuro (mi segunda novela). También conocí a David Alarcón a través de Juan Cabezuelo, y le envié los primeros capítulos, para saber su opinión, ya que es un afamado lector cero. Por lo visto, le gustó la idea, y le hizo llegar sus impresiones a Daniel. Al poco tiempo, el jefe (como así llamamos a Dani en el Grupo Salvaje), me dijo que de corregir la novela y cobrar como corrector, nada de nada. Su idea era lanzarla con su nueva editorial Open City, de la que formo parte desde entonces. Ya metido en ese círculo, muy cerrado por cierto, conocí a Javier Aragonés (hermano de Daniel) llamado popularmente Javinho Do Sousa, y a Joan Cabotti. Juntos decidimos crear una hermandad denominada Grupo salvaje, en la que no se aceptan miembros. Si el lema de los mosqueteros era «todos para uno, y uno para todos», el de los salvajes es «esto está cerrado, aquí no entra ni un hijo de puta más». Estamos siempre en contacto permanente, y al principio de este confinamiento no podía ser menos, en realidad, ha sido mucho más. Creo que esta pandemia nos ha unido. Dicen que el dinero llama al dinero, imagino que del mismo modo, la tormenta llama a la tormenta.
Nos comprometimos a realizar un diario con nuestras vivencias, o las cosas que se nos pasaran por la cabeza, y este día cuarenta y seis, es una prueba fehaciente de ello. Ya conocíamos nuestros estilos como escritores, a excepción de David Alarcón (muy grata sorpresa, por cierto), pero no conocíamos de un modo tan estrecho nuestras inquietudes y devenires diarios. Lo cierto es que nos une una pasión común por el inconformismo, cada uno dentro de su estilo literario, que puede ser más semejante en unos o en otros, eso ya lo juzgará el lector. Pero lo que es cien por cien cierto, es que somos una familia unida de hijos de puta.
¿Por qué nos llamamos hijos de puta? Pues es algo coloquial, es nuestra forma de saludarnos entre nosotros. Pero cuidado, si te encuentras con alguno del Grupo Salvaje, no se te ocurra llamarle así. Tú no eres uno de los nuestros, y nunca lo serás, y si osas hacerlo, vas a pasar la eternidad en la cuneta que tenemos reservada para gente como tú.
