Me preparo un café, le echo dos pastillas de Estebia y después de darle unas cuantas vueltas saco la cucharilla y me la meto en la boca para chupar la espuma amarronada que se le queda pegada, ese primer contacto con el sabor del café junto con el toque a regaliz de la Estebia es uno de los mejores momento que tengo como ser humano. Estoy sentado en el váter —un clásico—, me miro la polla colgando en el vacío del inodoro, si no ha estado encongiendo con la edad, me parece que me he estado autoengañando toda la vida. Noto que algo se acaba, pero no sé el qué, tan solo noto como el fin de algo se acerca sigiloso, a pequeños pasos para no espantar a su presa, es la misma sensación que cuando lees la biografía de alguien, por mucho que te entusiasme la historia sabes que al final acabará muriendo irremediablemente. Dudo mucho que sea el final del virus, de la cuarentena o de la pandemia, quizá solo sea el fin de algo en mi interior, la llegada al punto de origen del ciclo, la última vuelta del vórtice que te acaba expulsando, o esa milésima de segundo que separa la conciencia del mundo onírico.
Paso parte del día escuchando Metal Extremo; es curioso que la música clásica y el Black Metal tengan la misma influencia sobre mí. Los dos estilos musicales me relajan, me ayudan a centrarme, a inspirarme, a sentirme vivo. La música siempre ha tenido mucha importancia e influencia en mi vida, como la literatura, llegó en el momento justo de agarrarme por la solapa de la chaqueta segundos antes de que fuera a precipitarme por el precipicio de un cúmulo de emociones que no sabía gestionar. Tanto la música como la literatura me ayudaron a poner orden en esa jaula de grillos que era mi propia psique; si tuviera que elegir si gastarme el dinero en un libro o en unos pantalones —por mucha falta que me hicieran— andaría por ahí enseñando los calzoncillos todo el día, por suerte tengo a mi mujer para evitar el desastre.
Mi hija hace los deberes de inglés mientras nos maldice mentalmente, tiene los juguetes tirados por el suelo esperándola, cosa que hace que se impaciente más, también ha sacado el ajedrez, quiere echarme una partida, supongo que ganarme en este juego es su forma de vengarse de mí por obligarle a hacer los ejercicios que le mandan desde el colegio, vía telemática. Hoy no tengo ganas de saber nada del mundo exterior, me la suda el virus, la pandemia, el circo mediático y la tragicomedia que representa el Sistema; solo me apetece pensar en todas las cosas que no he hecho en mi vida, en todos los trenes que se me han escapado y en tantos otros que he dejado pasar por miedo a salir de mi zona de confort, por la inseguridad de ir más allá de la línea fronteriza de mi propio ser. Nunca he viajado a la India —la verdad es que nunca he viajado a ningún lugar—, nunca he hecho arder las calles, solo he montado en avión una vez en mi vida, cuando fui niño, y nunca he leído a Julio Verne ¿Cómo es posible qué nunca haya leído a Julio Verne? ¿Qué clase de persona soy? ¿Por qué me lamento de no haber ido nunca a la India si ni siquiera he sido capaz de hacerlo al centro de la tierra? ¿Por qué me pesa el mero echo de solo haber viajado en avión una vez si nunca he montado en el Nautilus? Puede que no sea tan diferente de toda esa gente a la que desprecio, que sea igual que esos individuos que le dan más importancia a lo inexistente mientras la verdadera existencia se les escapa entre los dedos de la mano, como un puñado de arena de playa. Al principio de todo esto el Gobierno nos dijo que el virus no era más que una gripe un poco más fuerte y me lo creí, después nos aconsejó no salir mucho a la calle, y eso hice, luego nos impuso el estado de sitio y aunque me quejé y critiqué tal actuación, me encerré a cal y canto en mi casa sin oponer resistencia, ahora empiezan a dejarnos salir de forma escalonada mientras las UCIS de los hospitales siguen llenas de pacientes contagiados y el número de fallecimientos por el virus no disminuye, pero yo iré saliendo a la calle en los tiempos y franjas horarias que el Gobierno nos imponga, así qué no soy más que otra oveja perteneciente al rebaño que tanto detesto.
Me siento en el sofá después de preparar un arroz para comer. Sigo con esa sensación de notar que algo se acerca a su fin, el final de una época, los últimos días de este encierro o puede que tan solo sea el final de todas estas palabras que han compuesto mi día de hoy, quién sabe, pero me gusta esta sensación de notar cómo ese fin se acerca igual que lo hace una chica al chico que le gusta, con un cigarrillo entre los dedos, para pedirle fuego y poder entablar una conversación y con un poco de suerte, acabar la noche echando un polvo y escaparse de su casa mientras se termina de vestir en el ascensor para no tener que volver a verlo nunca más. Pero por ahora esperaré a que el Gobierno me dé permiso para salir y a que habrán las bibliotecas, Julio Verne me espera en la estantería de una de ellas.
Paso parte del día escuchando Metal Extremo; es curioso que la música clásica y el Black Metal tengan la misma influencia sobre mí. Los dos estilos musicales me relajan, me ayudan a centrarme, a inspirarme, a sentirme vivo. La música siempre ha tenido mucha importancia e influencia en mi vida, como la literatura, llegó en el momento justo de agarrarme por la solapa de la chaqueta segundos antes de que fuera a precipitarme por el precipicio de un cúmulo de emociones que no sabía gestionar. Tanto la música como la literatura me ayudaron a poner orden en esa jaula de grillos que era mi propia psique; si tuviera que elegir si gastarme el dinero en un libro o en unos pantalones —por mucha falta que me hicieran— andaría por ahí enseñando los calzoncillos todo el día, por suerte tengo a mi mujer para evitar el desastre.
Mi hija hace los deberes de inglés mientras nos maldice mentalmente, tiene los juguetes tirados por el suelo esperándola, cosa que hace que se impaciente más, también ha sacado el ajedrez, quiere echarme una partida, supongo que ganarme en este juego es su forma de vengarse de mí por obligarle a hacer los ejercicios que le mandan desde el colegio, vía telemática. Hoy no tengo ganas de saber nada del mundo exterior, me la suda el virus, la pandemia, el circo mediático y la tragicomedia que representa el Sistema; solo me apetece pensar en todas las cosas que no he hecho en mi vida, en todos los trenes que se me han escapado y en tantos otros que he dejado pasar por miedo a salir de mi zona de confort, por la inseguridad de ir más allá de la línea fronteriza de mi propio ser. Nunca he viajado a la India —la verdad es que nunca he viajado a ningún lugar—, nunca he hecho arder las calles, solo he montado en avión una vez en mi vida, cuando fui niño, y nunca he leído a Julio Verne ¿Cómo es posible qué nunca haya leído a Julio Verne? ¿Qué clase de persona soy? ¿Por qué me lamento de no haber ido nunca a la India si ni siquiera he sido capaz de hacerlo al centro de la tierra? ¿Por qué me pesa el mero echo de solo haber viajado en avión una vez si nunca he montado en el Nautilus? Puede que no sea tan diferente de toda esa gente a la que desprecio, que sea igual que esos individuos que le dan más importancia a lo inexistente mientras la verdadera existencia se les escapa entre los dedos de la mano, como un puñado de arena de playa. Al principio de todo esto el Gobierno nos dijo que el virus no era más que una gripe un poco más fuerte y me lo creí, después nos aconsejó no salir mucho a la calle, y eso hice, luego nos impuso el estado de sitio y aunque me quejé y critiqué tal actuación, me encerré a cal y canto en mi casa sin oponer resistencia, ahora empiezan a dejarnos salir de forma escalonada mientras las UCIS de los hospitales siguen llenas de pacientes contagiados y el número de fallecimientos por el virus no disminuye, pero yo iré saliendo a la calle en los tiempos y franjas horarias que el Gobierno nos imponga, así qué no soy más que otra oveja perteneciente al rebaño que tanto detesto.
Me siento en el sofá después de preparar un arroz para comer. Sigo con esa sensación de notar que algo se acerca a su fin, el final de una época, los últimos días de este encierro o puede que tan solo sea el final de todas estas palabras que han compuesto mi día de hoy, quién sabe, pero me gusta esta sensación de notar cómo ese fin se acerca igual que lo hace una chica al chico que le gusta, con un cigarrillo entre los dedos, para pedirle fuego y poder entablar una conversación y con un poco de suerte, acabar la noche echando un polvo y escaparse de su casa mientras se termina de vestir en el ascensor para no tener que volver a verlo nunca más. Pero por ahora esperaré a que el Gobierno me dé permiso para salir y a que habrán las bibliotecas, Julio Verne me espera en la estantería de una de ellas.