viernes, 24 de abril de 2020

Evocaciones y sueños (41)




Me despierto. Lidia duerme. El niño duerme. Todos los animales de la casa duermen. Son las 3:33 am y en la calle, por extraño que pueda parecer, es completamente de día (what?). Me visto, nada fuera de lo normal, ropa de pandemia: pantalón casual, unas zapatillas, camiseta con calavera y poco más. Salgo a la calle con un relato de Bukowski en la cabeza, con escenas de Lynch pasando por delante de mis ojos. Menuda mezcla, Lynch y Bukowski. Se me olvidaba, también agarro un cuchillo de monte y dos latas de cerveza.
    Observo a mi alrededor. No hay nadie, solo silencio, un silencio absoluto y sepulcral.  Y un sol salvaje. El cielo despejado. La luna completamente redonda y llena.
    Camino de forma gradual hasta un parque que hay al lado de mi casa, allí, sobre un banco, me encuentro un paquete de tabaco sin abrir, unas cerillas y dos cartas: una reina de corazones y un joker. No me lo pienso, abro el paquete de tabaco, me siento en el banco y enciendo un cigarro. ¡Oh, joder, echaba de menos el jodido humo entrando a mis pulmones! Sé que me estoy matando, pero qué más da. El mundo no me echará de menos. Abro una lata de cerveza y bebo mientras tanto.
    Cojo las cartas y me las guardo en el bolsillo. Respiro un par de segundos. Fumo. Bebo. Observo a mi alrededor. Sí, el supermercado de siempre sigue estando en el mismo sitio de siempre, solo que ahora en el letrero no pone el nombre de siempre. Leo: «SuperAlemano». No sé por qué pero me da por fijarme también en el paquete de tabaco: «LussySpike». Algo no funciona bien, y puede que sea mi cerebro. Me fijo en la lata: «Calver».
    Camino hasta el supermercado, que está abierto, y me doy una vuelta por dentro. La sección de panadería no tiene la bollería y las empanadas de costumbre. El resto de estantes permanecen repletos de productos envasados y listos para el consumo. Y lo mejor de todo es que no hay nadie, ni un solo ser humano. Es maravilloso. Voy a  hacer una jodida compra y que le den por el culo al mundo.
    Salgo al exterior, me hago con una carro y lo lleno de productos cuyas marcas son distintas. No lo lleno con cosas que no vaya a necesitar. No hago como esa gente de primero de pandemia y peto el carro de papel higiénico y mierdas por el estilo. Lo que si hago es una compra abundante, ya está, y luego me voy sin pagar. Arrastro el carro hasta casa, lo guardo todo en el frigorífico, el mueble y la terracita, compruebo que todos siguen durmiendo y vuelvo a salir.
    Me recorro todo el pueblo donde vivo, hasta que llego al campo de fútbol y los veo allí, sentados en las gradas, pausados, en blanco y negro, con sus caras tristes de siempre, rodeados de sus familias. Es como si todo el mundo estuviese allí, adormilados, hipnotizados por el circo y con los estómagos repletos de pan y agua. Saco un cigarro y me lo fumo mientras observo de lejos y me bebo la segunda lata de cerveza, ya caliente. Por temor a pausarme decido no entrar y darme media vuelta. Al hacerlo, frente a mí, a unos veinte metros, hay una mujer de más o menos mi edad, también fuma, y bebe de una botella de cuarto de Jack Daniel’s. Me saluda con la mano, yo hago lo mismo. Nos encogemos de hombros. Ella tira para un lado y yo para el otro.
    Llego a casa corriendo, me siento al borde la cama y espero pacientemente a que se despierte mi mujer. Entonces abro los ojos y me doy cuenta de que son las cinco de la madrugada, es de noche, los vecinos gritan, y Lidia tiene al bebé en brazos, le está dando de comer.