Me despierto. Lidia
duerme. El niño duerme. Todos los animales de la casa duermen. Son las 3:33 am
y en la calle, por extraño que pueda parecer, es completamente de día (what?).
Me visto, nada fuera de lo normal, ropa de pandemia: pantalón casual, unas
zapatillas, camiseta con calavera y poco más. Salgo a la calle con un relato de
Bukowski en la cabeza, con escenas de Lynch pasando por delante de mis ojos.
Menuda mezcla, Lynch y Bukowski. Se me olvidaba, también agarro un cuchillo de
monte y dos latas de cerveza.
Observo a mi alrededor. No hay nadie, solo
silencio, un silencio absoluto y sepulcral.
Y un sol salvaje. El cielo despejado. La luna completamente redonda y
llena.
Camino de forma gradual hasta un parque que
hay al lado de mi casa, allí, sobre un banco, me encuentro un paquete de tabaco
sin abrir, unas cerillas y dos cartas: una reina de corazones y un joker. No me
lo pienso, abro el paquete de tabaco, me siento en el banco y enciendo un cigarro.
¡Oh, joder, echaba de menos el jodido humo entrando a mis pulmones! Sé que me
estoy matando, pero qué más da. El mundo no me echará de menos. Abro una lata
de cerveza y bebo mientras tanto.
Cojo las cartas y me las guardo en el
bolsillo. Respiro un par de segundos. Fumo. Bebo. Observo a mi alrededor. Sí,
el supermercado de siempre sigue estando en el mismo sitio de siempre, solo que
ahora en el letrero no pone el nombre de siempre. Leo: «SuperAlemano». No sé
por qué pero me da por fijarme también en el paquete de tabaco: «LussySpike». Algo
no funciona bien, y puede que sea mi cerebro. Me fijo en la lata: «Calver».
Camino hasta el supermercado, que está
abierto, y me doy una vuelta por dentro. La sección de panadería no tiene la
bollería y las empanadas de costumbre. El resto de estantes permanecen repletos
de productos envasados y listos para el consumo. Y lo mejor de todo es que no
hay nadie, ni un solo ser humano. Es maravilloso. Voy a hacer una jodida compra y que le den por el culo
al mundo.
Salgo al exterior, me hago con una carro y
lo lleno de productos cuyas marcas son distintas. No lo lleno con cosas que no
vaya a necesitar. No hago como esa gente de primero de pandemia y peto el carro
de papel higiénico y mierdas por el estilo. Lo que si hago es una compra abundante,
ya está, y luego me voy sin pagar. Arrastro el carro hasta casa, lo guardo todo
en el frigorífico, el mueble y la terracita, compruebo que todos siguen
durmiendo y vuelvo a salir.
Me recorro todo el pueblo donde vivo, hasta
que llego al campo de fútbol y los veo allí, sentados en las gradas, pausados,
en blanco y negro, con sus caras tristes de siempre, rodeados de sus familias.
Es como si todo el mundo estuviese allí, adormilados, hipnotizados por el circo
y con los estómagos repletos de pan y agua. Saco un cigarro y me lo fumo
mientras observo de lejos y me bebo la segunda lata de cerveza, ya caliente. Por
temor a pausarme decido no entrar y darme media vuelta. Al hacerlo, frente a
mí, a unos veinte metros, hay una mujer de más o menos mi edad, también fuma, y
bebe de una botella de cuarto de Jack Daniel’s. Me saluda con la mano, yo hago
lo mismo. Nos encogemos de hombros. Ella tira para un lado y yo para el otro.
Llego a casa corriendo, me siento al borde
la cama y espero pacientemente a que se despierte mi mujer. Entonces abro los
ojos y me doy cuenta de que son las cinco de la madrugada, es de noche, los
vecinos gritan, y Lidia tiene al bebé en brazos, le está dando de comer.
