martes, 31 de marzo de 2020

17 días son 408 horas (creo)




Hoy hemos ido a comprar en dos tandas. Lo pesado lo he pillado yo. Y lo demás Lidia. Hemos comido sobras, tomado café, una pequeña charla sobre la chica de 16 años que ha muerto en Francia a causa del virus, y de vuelta a la no-rutina (como diría Orwell). Mensaje a mi tía para preguntar por mi abuela, que parece estar en un hospital de las afueras de Madrid y estable, dentro de la gravedad de su estado. Es mi tía la que se ha infectado y lo está pasando encerrada en su piso de treinta metros cuadrados. Tenemos otra amiga infectada, o eso creen, porque no la han hecho el test, a mi tía tampoco, y a casi nadie.
    Nadie.
    Nadie conoce el alcance de la pandemia. Nadie conoce nada. Nadie es nadie en el juego de morir. Y ahora todos escurren el bulto, porque esto no es culpa de nadie.
    Nadie.
    Y lo más cachondo es que por cosas más flojas que esta ha ido gente a la cárcel en otros países. Por escribir lo que uno piensa, por pensar, básicamente. Pero no pasa nada, a mí me suda la polla, estoy orgulloso de esta panda de hijos de puta que escribe junto a mí. Porque nos definimos unos a otros. Y si tenemos que compartir celda, me pido dormir con mi hermano (jajajaja).
    En fin, que le den por culo al mundo.
    Ahora voy a hacerme un bocadillo. Haré pesas. Jugaré con mi hijo. Corregiré un rato. Hablaré con mi mujer. Y así hasta que se acabe el día y empiece la noche. Ah, me olvidaba, a las putas ocho abriremos la ventana del salón y nos echaremos unas risas viendo cómo aplaude la peña, ajena a ciertas verdades que nos empiezan a comer vivos.
    Pasad buen día, y a pastar…

Inciso nocturno:
    Mi hijo se despierta a las cuatro de la mañana y no consigo dormirle hasta casi las seis. Le digo a Lidia que se duerma y, por suerte, es capaz de hacerlo. La puta pija de mi gata, que odia ciertos tipos de arena, se mea en el pasillo por enésima vez. Al final, entre unas cosas y otras, decido levantarme y ponerme a limpiar como un gilipollas. Juro que mañana titularé mi entrada de diario así: Confesiones de un demonio en el día 18. ¡Os vais a cagar, cabrones!