Mientras
observo la lluvia desde la ventana, amarillenta a causa de la nicotina, una sensación
reconfortante se adueña de mí. Siempre me ha gustado la lluvia. Son días de
redención, es como si el planeta llorará
por los pecados cometidos por nuestra especie, como si todo el caos y la
destrucción humana se purgara mediante las lágrimas del cielo.
Siempre me han pasado cosas buenas en los
días de lluvia. Mi primera bicicleta me la regalaron en un día de lluvia, mi primer polvo fue en un día de lluvia, mi primera paga igual. No entiendo a la gente
que solo aprecian los días soleados.
¡Coño! Sin lluvia no hay vida.
Raquel me acerca una taza humeante de café.
“¿Estás bien? ¿Triste?”, me pregunta. “Estoy bien, me encanta la lluvia, ya lo sabes", y con una mueca cómica me
recrimina: “Pues no te quedes obnubilado que la comida no se hace sola". “Que hija
de puta eres, te quiero cabrona",
le digo
mientras voy para la cocina. ¡Mierda! Litros de agua inundan la cocina, me deje la ventana abierta, “¡su puta madre!”, exclamo mientras cierro la ventana. No he acabado de articular puta cuando mi pie derecho pierde agarre. Me pego una hostia cuán largo soy. ¡Patam! Me cago en mi puta vida, que leche. Desde la otra habitación oigo a Raquel partiéndose la caja. “¿Te gusta la lluvia? Pues toma lluvia subnormal”, me grita con una risa desquiciada. “Que cabrona", le grito desde el suelo. Una risa surge de mi boca, primero tímida, luego va subiendo de decibelios hasta transformarse en una risa histérica. Reímos sin parar, la risa provocada por el mal ajeno. “Que hija de puta eres —le boceo—. Te quiero, cabrona".
mientras voy para la cocina. ¡Mierda! Litros de agua inundan la cocina, me deje la ventana abierta, “¡su puta madre!”, exclamo mientras cierro la ventana. No he acabado de articular puta cuando mi pie derecho pierde agarre. Me pego una hostia cuán largo soy. ¡Patam! Me cago en mi puta vida, que leche. Desde la otra habitación oigo a Raquel partiéndose la caja. “¿Te gusta la lluvia? Pues toma lluvia subnormal”, me grita con una risa desquiciada. “Que cabrona", le grito desde el suelo. Una risa surge de mi boca, primero tímida, luego va subiendo de decibelios hasta transformarse en una risa histérica. Reímos sin parar, la risa provocada por el mal ajeno. “Que hija de puta eres —le boceo—. Te quiero, cabrona".
No cambiaría LOS RECUERDOS DEL AYER por la
felicidad del hoy, esta mujer es capaz de hacerme olvidar los tiempos de
cuarentena actual.