lunes, 23 de marzo de 2020

Canal 9




Mi día a día es rutinario y algo soez (me trata algo mal), últimamente no tiene nada de especial, salvo que estoy enamorado, soy feliz y tengo un hijo infernal que no me deja vivir ni un maldito minuto (no nos deja). Por lo demás, suelo levantarme, corregir y leer las entradas del libro, hacerme un café, escribir un poco, limpiar la casa, hacer ejercicio y hablar con mi mujer durante todo el día.
    Echo de menos escuchar música en silencio, leer mientras anochece y no pensar en nada. La última novela buena que leí fue Matrioshka, de Carlton Mellick III, allá por el mes de Enero.
    Ahora mismo, delante de mí, al margen del portátil, tengo un biberón lleno de leche y la cifra de muertos por Covid 19 que llevamos hasta la fecha. Demasiada controversia, crudeza y caos, muy en mi línea vital de siempre. Supongo que para personas como yo es menos traumático vivir este infierno. A fin de cuentas, el ser humano es capaz de acostumbrarse a todo. No importa lo dura que
sea la catástrofe, la vida sigue, bien en la piel de unos o bien en la de otros. Es igual que una generación quede aplastada por las rocas del destino, siempre habrá otra que coja el relevo y continúe. Esto funciona así. Lo que hacemos ahora es escribir el pasado pensando en el futuro mientras que el presente nos lapida sin piedad. Un bucle sin fin, una espiral.
    Sorbo un poco de café y disfruto de ciertos recuerdos.
    Anhelo echar humo, sí. Siempre me gustó fumar. Es una de las cosas que más me ha gustado hacer. Ayer le comentaba a Lidia que si supiese que la humanidad se va a la mierda, en serio, no lo dudaría, volvería a fumar de nuevo. Si supiese que voy a morir, entraría fumando en una oficina de un banco, de las importantes, cargado de explosivos hasta la tráquea, me terminaría el cigarro tranquilamente y ¡BOOM! ¡A tomar por el culo! Así funciona el mundo y así funciono yo.