Son
las siete de la mañana y ya estoy echando humo.
El humo del pitillo me invade como la espesa niebla de las calles Londinenses
a principios de siglo. El ritual de liar, prender y succionar se ha convertido en
un acto MONÓTONO sin placer ninguno.
Enciendo la cafetera y observo como el agua recorre los conductos eléctricos
y llega al punto de calentamiento, el olor del café no me reporta la sensación reconfortante
que siempre me ha producido. Una vez mi
taza está llena le doy un sorbo contenido,
¡nada! Es como beber agua… la sensación de repetición crece: MONOTONÍA.
Raquel, reclama su café, lo saborea, lo
disfruta. Una ligera sonrisa de placer se le esboza en los labios. La miro con
cierto desdén y, porque no decirlo, con rabia, pero no de esa rabia crecida del
agravio, es más parecida a la rabia superficial de un berrinche infantil. Mi polla
tiene una ligera erección, mi mirada, mi rostro, comienzan a adquirir el tono
lúgubre de mis oscuras abstracciones, las mismas que pretenden dominar a esta yegua.
Raquel me mira, lo nota, intento rebajar la intensidad, se me da fatal.
A Raquel, mi mujer, no le pasa inadvertido. “Voy al baño, cielo", le digo de forma estridente, intentando sonar con un tono jocoso. Ella entra en el juego, quiere tener una mañana tranquila. “Primero voy yo, merluzo", me suelta en tono alegre. Casi sin pensarlo mi lengua bífida escupe veneno: “¡Hija de puta, me estoy meando!”… mi jodida boca tiene vida propia, los exabruptos se están convirtiendo en un acto mecánico y MONÓTONO.
A Raquel, mi mujer, no le pasa inadvertido. “Voy al baño, cielo", le digo de forma estridente, intentando sonar con un tono jocoso. Ella entra en el juego, quiere tener una mañana tranquila. “Primero voy yo, merluzo", me suelta en tono alegre. Casi sin pensarlo mi lengua bífida escupe veneno: “¡Hija de puta, me estoy meando!”… mi jodida boca tiene vida propia, los exabruptos se están convirtiendo en un acto mecánico y MONÓTONO.
Con una velocidad pasmosa y sin previo
aviso, un impacto inesperado me deja sin aliento, mi boca se queda congelada como la de un pez,
mis ojos abiertos como platos muestran la incredulidad de lo sucedido. Me acaba
de dar una hostia a mano abierta. Me giro,
cojo mi petaca y me voy a la
terraza.
Tan rápido como la hostia recibida, un rayo
de sol fugado del encapotado cielo me recorre el transmutado rostro. La tensión
se rebaja, mis músculos se destensan
igual que la mandíbula. Me dirigió hacia mi mujer: “Perdón, cielo, me merecía esa hostia”. Su mirada fría y dura
cambia a la velocidad de la “guantá” recibida. Su rostro se dulcifica y, sin mediar palabra, me abraza, la abrazo. La sinergia de nuestros cuerpos es
tan intensa que se rompen las agobiantes cadenas de la MONOTONÍA.
Otro día más, otro día de encierro.