Calibre 50, una lata de
cerveza, el cigarrillo humeante y sudores frío perlando mi frente —adoro usar
el término verbal «perlando»—. Un dedo en el gatillo. El ojo alejado de la mira
telescópica —por poco tiempo.
Miro la hora. Faltan cinco segundos para
que den las 20:00. La puta hora mágica. Balcones decorados con aplausos y risas
nerviosas.
Tictac, tictac.
Se abren las ventanas y asoman sus cuerpos.
Bien, ahora sí que vais a disfrutar de los servicios sanitarios. Sí, vosotros
que siempre os quejáis de todo, que no aguantáis las colas en urgencias, que
insultáis a los médicos y no soportáis a las enfermeras. Vosotros, escoria
social, seres que solo valen para trabajar e hincar las rodillas ante la falsedad
del mundo. Infraseres capaces de pisar al vecino por una bolsa de pipas.
Sí, vosotros, pagaréis justos por pecadores, igual que hago yo.
El dedo en el gatillo.
Primer aplauso, es el tío que saca una bandera
de España y la ondea como si no hubiese un jodido mañana. Sin miramientos,
aprieto el gatillo y su cuerpo sale proyectado contra la pared de su salón.
Quiero pensar que se cuela en la cocina atravesando el tabique.
La vieja de los perros. El señor que casi
me atropella con el coche una mañana. La familia feliz que se cuela en el
supermercado. El anciano que no para de insultar a los extranjeros del barrio.
Todos ellos mueren. Balazos en el pecho. Sesos esparcidos por su tristes
salones. Sonrisas borradas por la pólvora.
Día 10:
Al despertar me doy cuenta de que todo ha
sido un sueño. Una recreación que me da energía para continuar, y mucho más
después de la noticia de ayer. Mi abuela tiene neumonía y Covid 19. Se la
llevaron en ambulancia al anochecer. Ahora estará sola, cosa que odia, tirada
en cualquier pasillo de hospital. A punto de morir.
Que pronto olvidamos en este mísero país.
Los que levantaron cada muro de libertad están ahora en el paredón.