Hoy
me a tocado ir a comprar al supermercado. Llevaba 7 días sin comprar nada. Me
he cerciorado de imprimirme el formulario de movimiento responsable que
nuestros “magníficos y bondadosos“ (lo pongo entrecomillado por no describirlos
como unos ineptos irresponsables… hijos de puta) líderes nos “recomiendan"
llevar cada vez que salimos de casa. Ataviado con mascarilla, guantes y el dichoso formulario me dirijo al
pueblo vecino donde se encuentra el hipermercado más cercano, a unos 3 km de mi
casa. Todo perfecto hasta que llego a la
entrada del pueblo y me encuentro un control policial. Años consumiendo
marihuana me han provocado una reacción de rechazo a todo tipo de control policial, estos hijos de puta ya me han follado en
repetidas ocasiones.
Aunque estoy limpio (hoy) mi cerebro se pone en guardia. El mosso de escuadra me detiene en el arcén. Bajo la ventanilla del coche, me aseguro de que el certificado de movilidad esté a la vista. Pese a que lleva gafas tintadas me percato que lo ha visto, aunque lo ignora. Con un ligero chasquido de lengua me pregunta: “¿hacia dónde se dirige?”. A lo que yo respondo: “a comprar”. Mi voz se proyecta seca, apenas gesticulo. Arrastro un ligero tono de inquina. Con el desquiciante chasquido de su lengua continúa preguntando: “¿De dónde es usted?”. “De Campdevanol”, le respondo. “¿Sabe que solo se puede desplazar para realizar determinados menesteres?. Mi tono de voz se endurece: “Le he dicho que voy a comprar". “¿En su pueblo no hay colmados?”. Mis puños se crispan a causa de las preguntas insistentes de este TRAVIS DE PACOTILLA, me imagino reventándole la cara a leches. “Agente, en mi pueblo hay muchos productos que no se encuentran”. En realidad voy al hipermercado por el precio de sus productos, me niego a darle explicaciones. No es un buen momento para que me presione. Me imagino acelerando a fondo, soltando el embrague y empotrando a este tío mierda contra el capó de mi coche. Ante tal aluvión imaginativo una sonrisa se desprende de mis labios. El mosso lo interpreta como un gesto de sumisión. “Puede continuar”, dice.
Aunque estoy limpio (hoy) mi cerebro se pone en guardia. El mosso de escuadra me detiene en el arcén. Bajo la ventanilla del coche, me aseguro de que el certificado de movilidad esté a la vista. Pese a que lleva gafas tintadas me percato que lo ha visto, aunque lo ignora. Con un ligero chasquido de lengua me pregunta: “¿hacia dónde se dirige?”. A lo que yo respondo: “a comprar”. Mi voz se proyecta seca, apenas gesticulo. Arrastro un ligero tono de inquina. Con el desquiciante chasquido de su lengua continúa preguntando: “¿De dónde es usted?”. “De Campdevanol”, le respondo. “¿Sabe que solo se puede desplazar para realizar determinados menesteres?. Mi tono de voz se endurece: “Le he dicho que voy a comprar". “¿En su pueblo no hay colmados?”. Mis puños se crispan a causa de las preguntas insistentes de este TRAVIS DE PACOTILLA, me imagino reventándole la cara a leches. “Agente, en mi pueblo hay muchos productos que no se encuentran”. En realidad voy al hipermercado por el precio de sus productos, me niego a darle explicaciones. No es un buen momento para que me presione. Me imagino acelerando a fondo, soltando el embrague y empotrando a este tío mierda contra el capó de mi coche. Ante tal aluvión imaginativo una sonrisa se desprende de mis labios. El mosso lo interpreta como un gesto de sumisión. “Puede continuar”, dice.
5 Horas después
Estirado
en el sofá mi mente divaga con la ayuda del señor THC, ¿y si le hubiera
reventado? ¿Y si le hubiera dicho que tenía cara de gilipollas? ¿Y si le
hubiera pegado de hostias hasta cansarme? Seguramente estaría recluido, alejado
de las cosas que más me importan en la vida.
Mi mujer, la perra y el gato. Un
pensamiento fugaz cruza mi mente. Sin la familia, los pensamientos se harían
realidad y mi vida sería drásticamente más corta.