El viento mueve el plástico que cubre las bicicletas en la terraza. Algo tan trivial se puede volver obsesivo cuando empiezas a padecer insomnio. No he salido en todo el día a la calle, ni siquiera para tirar la basura o ir a comprar una puta barra de pan; puede que esa sea la causa de este inesperado insomnio que me está afectando esta noche. Son casi las tres de la madrugada y me he levantado para escribir esto, y a la vez dejar que mi mujer pueda dormir tranquila sin tenerme a mí dando vueltas en la cama como un gilipollas.
Hoy me he dedicado bastante a comunicarme con mis compañeros de trabajo. Aunque la mayoría intenta sacar fuerzas de flaqueza, los noto más afectados que otros días. Hace ya casi un mes que esto empezó realmente —mucho antes de que empezara a hablarse de forma seria del tema en televisión— y están agotados, tanto física como psicológicamente.
Las ambulancias no cesan de llegar a los hospitales con pacientes críticos que necesitan una atención especial que la sanidad de este país —no sé como irá la cosa por ahí afuera— no ha sido capaz de ofrecérselas desde un principio, así que a estas alturas de la crisis la situación empieza a ser realmente insostenible. Es curioso lo inadvertidos que suelen pasar los verdaderos héroes; héroes como ellos, infelices mortales vestidos de blanco que se juegan la vida para que tipos como yo puedan realizar actos tan simples como poder recoger la ropa tendida antes de que se moje cuando empieza a chispear, que por cierto, es lo más heroico que he hecho hoy —y creo que en toda mi triste vida—. Pero seguro que dentro de un par de meses, aparecerá, de forma milagrosa, la cura para este virus y todos nos olvidaremos del arresto domiciliario, de las personas muertas, de los miles de afectados económicamente por el desempleo provocado por el cierre temporal o cese permanente de pequeñas empresas que ha causado esta situación; o el retraso cultural de nuestros hijos por los meses de escolaridad perdidos. Sí, seguro que todos nos olvidaremos de todas esas consecuencias y nos agarraremos de la manita de papá Estado, por salvarnos del virus con su nueva vacuna, píldora, jarabe o pegatina con carita sonriente que rece: “Has sido muy valiente”. Y ya de paso, por qué no olvidarnos del Calentamiento Global, La escasez de medios en el tercer mundo creada por la explotación de los países más desarrollados o de la patética situación política que teníamos, por ejemplo.
Hoy hemos empezado a ponerles unas rutinas diarias a nuestra hija para que no se vuelva una salvaje en el tiempo que todo esto dure, unos cuantos ejercicios diarios para que no esté oxidada cuando vuelva al colegio y algunos horarios para hacer las cosas —como a la hora que debe levantarse, desayunar, lavarse los dientes, etc—. No le ha hecho mucha gracia ese “nuevo orden mundial” de nuestra casa. Me pregunto cuanta gracia me hará a mí el que está por venir.
Voy a acostarme de nuevo, quizá mañana ya no llueva y pueda tender la ropa fuera otra vez, o seguir escuchando a Wagner mientras pienso en volarme la tapa de los sesos.
Hoy me he dedicado bastante a comunicarme con mis compañeros de trabajo. Aunque la mayoría intenta sacar fuerzas de flaqueza, los noto más afectados que otros días. Hace ya casi un mes que esto empezó realmente —mucho antes de que empezara a hablarse de forma seria del tema en televisión— y están agotados, tanto física como psicológicamente.
Las ambulancias no cesan de llegar a los hospitales con pacientes críticos que necesitan una atención especial que la sanidad de este país —no sé como irá la cosa por ahí afuera— no ha sido capaz de ofrecérselas desde un principio, así que a estas alturas de la crisis la situación empieza a ser realmente insostenible. Es curioso lo inadvertidos que suelen pasar los verdaderos héroes; héroes como ellos, infelices mortales vestidos de blanco que se juegan la vida para que tipos como yo puedan realizar actos tan simples como poder recoger la ropa tendida antes de que se moje cuando empieza a chispear, que por cierto, es lo más heroico que he hecho hoy —y creo que en toda mi triste vida—. Pero seguro que dentro de un par de meses, aparecerá, de forma milagrosa, la cura para este virus y todos nos olvidaremos del arresto domiciliario, de las personas muertas, de los miles de afectados económicamente por el desempleo provocado por el cierre temporal o cese permanente de pequeñas empresas que ha causado esta situación; o el retraso cultural de nuestros hijos por los meses de escolaridad perdidos. Sí, seguro que todos nos olvidaremos de todas esas consecuencias y nos agarraremos de la manita de papá Estado, por salvarnos del virus con su nueva vacuna, píldora, jarabe o pegatina con carita sonriente que rece: “Has sido muy valiente”. Y ya de paso, por qué no olvidarnos del Calentamiento Global, La escasez de medios en el tercer mundo creada por la explotación de los países más desarrollados o de la patética situación política que teníamos, por ejemplo.
Hoy hemos empezado a ponerles unas rutinas diarias a nuestra hija para que no se vuelva una salvaje en el tiempo que todo esto dure, unos cuantos ejercicios diarios para que no esté oxidada cuando vuelva al colegio y algunos horarios para hacer las cosas —como a la hora que debe levantarse, desayunar, lavarse los dientes, etc—. No le ha hecho mucha gracia ese “nuevo orden mundial” de nuestra casa. Me pregunto cuanta gracia me hará a mí el que está por venir.
Voy a acostarme de nuevo, quizá mañana ya no llueva y pueda tender la ropa fuera otra vez, o seguir escuchando a Wagner mientras pienso en volarme la tapa de los sesos.