jueves, 26 de marzo de 2020

Día 11.

He despertado en el sofá después de estar casi toda la noche sin pegar ojo. A decir verdad me ha despertado mi hija pidiéndome el desayuno. Cuando tienes artrosis cervicodorsal y un abombamiento discal en L5, pasar la noche en el sofá no es la mejor de las ideas. El dolor me acompaña todo el día, la medicación que tomo para esto ya no me hace mucho, supongo que cuando llevas años medicándote con lo mismo el cuerpo se acaba acostumbrando, o tu cerebro se niega a aceptar que unas sustancias químicas y ajenas le ordenen cómo debe gestionar el sistema nervioso.
   Estoy de mal humor, siempre me pasa cuando el dolor aumenta, mi simpatía va en proporción del efecto que me hagan las pastillas, como hace el noventa por ciento de la población con el Prozac. Me paseo nervioso por toda la casa, sigo los pasos del robot aspirador escrutándolo en plan inquisidor por todo el piso.


Entro en cólera cada vez que se pasa de largo una pelusilla y se lo increpo en voz alta como si ese pobre electrodoméstico tuviera voluntad propia. Mi hija y mi mujer me miran con expresión confusa: «¿Qué le pasa a papá con el Jimmy?», escucho a mi hija preguntarle a su madre en la cocina. Sí, le he puesto nombre al maldito robot; la mayoría de las personas tienen alguna clase de mascota, ya sea un perro, un gato o dos pobres periquitos enjaulados entre barrotes blancos con un pequeño espejito en su interior; pero como en los pisos de alquiler no se permiten tener mascotas, nosotros tenemos a Jimmy, un maldito electrodoméstico que nos libra de tener que barrer el jodido suelo cada día.
  Con cada bocanada de aire que doy, este se me vuelve más denso por muchas ventanas que abra. Las paredes se juntan cada vez más y el techo se me viene encima cada vez que lo miro, intento no hacerlo, pero es algo hipnótico. Odio estar encerrado, es algo innatural, los seres humanos somos animales de espacios abiertos por naturaleza. Me tumbo en la cama en posición fetal, eso suele calmarme un poco el dolor de la zona lumbar, me rasco el herpes —bueno, la zona afectada que ha dejado, pues el mal bicho ya ha dejado de joderme, solo me pica un poco la piel y algún residuo de cefalea que me da de vez en cuando— e intento recuperar la respiración y el ritmo cardíaco que la ansiedad me ha provocado.
   Así he pasado la mayor parte del día, ansiedad entre tarea y tarea doméstica. Escuchando a Korsakov y detestando mi propia presencia hasta que mis compañeros de trabajo me han mandado una fotografía en plena trinchera y con el uniforme de combate. Me he sentido un ser despreciable, tumbado como un feto recién abortado en vez de estar con ellos, sudando sangre, luchando hasta la saciedad, esquivando las balas de un ejército mejor armado que el nuestro, pero con la voluntad de «¡Victoria o muerte!» con la que ellos intentan sacarnos de esta crisis cada día. Entonces he comprendido que no soy yo solo, ni el resto de personas que están afinados en sus casas por la cuarentena los que estamos encerrados; también están sufriendo un encierro mucho peor mis compañeros de trabajo y todo el personal sanitario, encerrados dentro de sus propios uniformes, de sus precarias mascarillas, guantes y batas desechables (que no protegen ni del viento). O los pacientes que están encerrados en los boxes de urgencias, tumbados en camillas por los pasillo o en la UCI, entubados, bocabajo, esperando a que llegue la muerte y se los lleve sin haber tenido tiempo ni de despedirse de sus familias. Todos padecemos un encierro a cual peor, pero los males de muchos no sirven de consuelo para este tonto.

Por la tarde mi mujer ha vuelto a irse a trabajar, a esquivar balas también, y a contar bajas sin dejarse amedrentar. Verla salir por la puerta tampoco me ha hecho sentirme muy orgulloso de mí mismo, pero qué coño, también tengo derecho a tener un mal día como todo el mundo, aunque todos vivamos en un mal día continuo últimamente.