sábado, 28 de marzo de 2020

DÍA 12: ESCALOFRÍO



Voy paseando a la perra por las frías y desiertas calles. Como es habitual, el humo de mi Golden danza de forma casi erótica, anegando mi paso de fragancias ocres, muertas.
    Al girar la esquina un súbito espasmo recorre mi espalda, una oleada gélida me pone en alerta. Una rata del tamaño de un jodido pony se encuentra alimentándose con los despojos de un congénere de menor envergadura. El sonido de sus dientes al despedazar carne me recuerda al traqueteo monótono de las ajugas de un reloj: “cric, crick; crick, crick".
    Haru (la perra) se dispone a iniciar una sesión de cacería improvisada, pero  el roedor siente nuestra presencia y  planta cara… mientras sujeto con fuerza la correa la rata se incorpora a dos patas y clava su mirada en la perra.  Ojos rojos,  vacíos de sentimiento, carentes de compasión. 


  Mirada depredadora. En ese preciso instante el espacio tiempo se detiene.  Tres acciones se conjuran en un solo segundo.  Haru ladra con pasmosa virulencia,  el pelo encrespado del roedor se eriza como si el fantasma de Sid Vicious la hubiera poseído, un ESCALOFRÍO recorre mi espalda.  El enorme roedor mira a la perra como si fuera su próximo festín. Tiro de su correa y, sin apartar la mirada del jurásico roedor,  nos retiramos.
    Con paso acelerado llegamos a casa, mi calor corporal vuelve a su estado normal. Me voy al baño, mientras me lavo las manos mi mente me juega una mala pasada.  El nombre de un autor y un libro se me clavan en la mente. James Herbert: Las ratas. Un nuevo ESCALOFRÍO entumece mi espalda de nuevo. Por suerte, luego a la la perra la saca mi mujer.