Voy
paseando a la perra por las frías y desiertas calles. Como es habitual, el humo
de mi Golden danza de forma casi erótica, anegando mi paso de fragancias ocres,
muertas.
Al girar la esquina un súbito espasmo
recorre mi espalda, una oleada gélida me pone en alerta. Una rata del tamaño de
un jodido pony se encuentra alimentándose con los despojos de un congénere de
menor envergadura. El sonido de sus dientes al despedazar carne me recuerda al traqueteo
monótono de las ajugas de un reloj: “cric, crick; crick, crick".
Haru (la perra) se dispone a iniciar una
sesión de cacería improvisada, pero el
roedor siente nuestra presencia y planta
cara… mientras sujeto con fuerza la correa la rata se incorpora a dos patas y
clava su mirada en la perra. Ojos
rojos, vacíos de sentimiento, carentes
de compasión.
Mirada depredadora. En ese preciso instante el espacio tiempo se detiene. Tres acciones se conjuran en un solo segundo. Haru ladra con pasmosa virulencia, el pelo encrespado del roedor se eriza como si el fantasma de Sid Vicious la hubiera poseído, un ESCALOFRÍO recorre mi espalda. El enorme roedor mira a la perra como si fuera su próximo festín. Tiro de su correa y, sin apartar la mirada del jurásico roedor, nos retiramos.
Mirada depredadora. En ese preciso instante el espacio tiempo se detiene. Tres acciones se conjuran en un solo segundo. Haru ladra con pasmosa virulencia, el pelo encrespado del roedor se eriza como si el fantasma de Sid Vicious la hubiera poseído, un ESCALOFRÍO recorre mi espalda. El enorme roedor mira a la perra como si fuera su próximo festín. Tiro de su correa y, sin apartar la mirada del jurásico roedor, nos retiramos.
Con paso acelerado llegamos a casa, mi
calor corporal vuelve a su estado normal. Me voy al baño, mientras me lavo las
manos mi mente me juega una mala pasada.
El nombre de un autor y un libro se me clavan en la mente. James
Herbert: Las ratas. Un nuevo ESCALOFRÍO entumece mi espalda de nuevo. Por
suerte, luego a la la perra la saca mi mujer.