Estoy leyendo sobre
Allen Ginsberg y aquel aullido que intentó atronar el seno del
capitalismo. Hace tiempo que no leo nada de los Beat, pero en su día me empapé
bien de la movida, prácticamente me lo leí todo. Fue Keruoac el que menos me
gustó, no sé por qué, aun así conservo alguno de sus libros. Mi favorito siempre
fue Burroughs, sin duda, Yonqui y Queer me parecen maravillosas,
vómitos de realidad. El caso es que acabo de leer un artículo en el que hablan
de la muerte de Ginsberg en 1997 (escrito en aquel mismo año). Hacen un breve y
conciso repaso de su carrera, de cómo intentó hacer algo con la sociedad de
aquella época y de cómo se hizo un hueco en la literatura. Finalmente se lo
llevó un cáncer de hígado. Fundido a negro. Solo queda su nombre y sus poemas, su
cuerpo solo es polvo, un recuerdo.
Gunnar (mi hijo) se ha levantado varias
veces a lo largo de la noche, en una de ellas le ha costado dormirse por culpa
del dolor de encías, demasiado para un jodido tipo con trastornos del sueño
como yo. Llevo despierto desde las dos y media de la madrugada, y al final me
he levantado. Puta mierda, así no va a mejorar mi humor.
Cualquiera que me haya visto habrá pensado
que estoy loco. He limpiado el baño, he barrido, fregado el suelo y me he
puesto a leer gilipolleces relacionadas con el Covid 19. Más tarde he entrado
en razón y me puesto a leer sobre autores y literatura, mi tema estrella. Y así
me han dado las seis y media, cojonudo.
A eso de las siete me he puesto con las Crónicas
de un Encierro, a finde cuentas soy su puto editor, como dicen ellos, el jefe
(no me siento así ni de coña).
Corrigiendo las crónicas, David me ha
recordado una gran novela: Ratas, de Herbert. Un autor considerado de
segunda, no sé muy bien porqué. Supongo que nosotros mismos somos también
autores de segunda, de ahí nuestra licencia para matar con las letras.
Continúo con la realidad:
Llevamos 14 días de encierro obligado,
intentando sobrevivir a una pandemia antojadiza y escuchando teorías continuas
relacionadas con el virus, la sociedad que va a quedar y polleces del estilo.
Dos semanas en las que, gracias a este recopilatorio de vivencias individuales,
me vuelvo a sentir escritor, de nuevo aprecio el gustillo de la edición. Open
City sigue vivo como sello, después del bajón emocional sufrido meses atrás. En
este puto país es imposible mantener vivo un sueño literario empresarial, como también
es imposible tener un sistema sanitario sólido que nos haga sentir seguros del
todo.
Hasta aquí mi puto día de hoy.