sábado, 28 de marzo de 2020

Dos semanas hacen 14 días




Estoy leyendo sobre Allen Ginsberg y aquel aullido que intentó atronar el seno del capitalismo. Hace tiempo que no leo nada de los Beat, pero en su día me empapé bien de la movida, prácticamente me lo leí todo. Fue Keruoac el que menos me gustó, no sé por qué, aun así conservo alguno de sus libros. Mi favorito siempre fue Burroughs, sin duda, Yonqui y Queer me parecen maravillosas, vómitos de realidad. El caso es que acabo de leer un artículo en el que hablan de la muerte de Ginsberg en 1997 (escrito en aquel mismo año). Hacen un breve y conciso repaso de su carrera, de cómo intentó hacer algo con la sociedad de aquella época y de cómo se hizo un hueco en la literatura. Finalmente se lo llevó un cáncer de hígado. Fundido a negro. Solo queda su nombre y sus poemas, su cuerpo solo es polvo, un recuerdo.

 
    De vuelta a la realidad:
    Gunnar (mi hijo) se ha levantado varias veces a lo largo de la noche, en una de ellas le ha costado dormirse por culpa del dolor de encías, demasiado para un jodido tipo con trastornos del sueño como yo. Llevo despierto desde las dos y media de la madrugada, y al final me he levantado. Puta mierda, así no va a mejorar mi humor.
    Cualquiera que me haya visto habrá pensado que estoy loco. He limpiado el baño, he barrido, fregado el suelo y me he puesto a leer gilipolleces relacionadas con el Covid 19. Más tarde he entrado en razón y me puesto a leer sobre autores y literatura, mi tema estrella. Y así me han dado las seis y media, cojonudo.
    A eso de las siete me he puesto con las Crónicas de un Encierro, a finde cuentas soy su puto editor, como dicen ellos, el jefe (no me siento así ni de coña).
    Corrigiendo las crónicas, David me ha recordado una gran novela: Ratas, de Herbert. Un autor considerado de segunda, no sé muy bien porqué. Supongo que nosotros mismos somos también autores de segunda, de ahí nuestra licencia para matar con las letras.
    Continúo con la realidad:
    Llevamos 14 días de encierro obligado, intentando sobrevivir a una pandemia antojadiza y escuchando teorías continuas relacionadas con el virus, la sociedad que va a quedar y polleces del estilo. Dos semanas en las que, gracias a este recopilatorio de vivencias individuales, me vuelvo a sentir escritor, de nuevo aprecio el gustillo de la edición. Open City sigue vivo como sello, después del bajón emocional sufrido meses atrás. En este puto país es imposible mantener vivo un sueño literario empresarial, como también es imposible tener un sistema sanitario sólido que nos haga sentir seguros del todo.
    Hasta aquí mi puto día de hoy.