Pandemia, niño. Niño,
pandemia. Y así hasta que anochece. Me hubiese encantado pasar el día de hoy de
resaca, pero no, llevo desde las cuatro de la madrugada despierto por culpa del
niño pandemia (mi querido hijo), que el maldito cabronazo no duerme (y lo digo
con todo mi amor, hijos de puta). Parece que, aunque sea algo precoz, le están
saliendo los dientes y no lo lleva muy bien. En realidad, desde que nació no
lleva nada bien, creo que ya odia el mundo, como sus padres y tíos. Nunca le ha
gustado dormir, es simple.
En lo que va de cuarentena no he podido ver
ni una sola película, ni escuchar música en plan relajado, ni leer, ni hacer absolutamente
nada (mi mujer tampoco). Tenemos montado un parque temático para niño odioso y quejica.
Mi plan maestro es construir una catapulta y lanzar al chaval lo más lejos posible. Si consigue volver, me lo quedo para siempre. Rollo espartano descerebrado.
Por lo demás, mi día de ayer fue normal,
sin copa de Jack Daniel’s, sin borrachera, sin porros, sin reunión de amigos,
sin televisión. Eso sí, en la compañía de la persona que ha conseguido cambiarme
la vida. Y follando bastante, cuando nos ha dejado el retoño del mal, apodado
cariñosamente Fuckencio.
Jodido balance:
Doce días que han pasado de un modo
extraño, minando poco a poco los últimos gramos de paciencia que me quedaban en
el cuerpo. Jornadas lentas y tediosas que me han hecho pensar en lo débil de
nuestras situaciones personales, en lo difícil que es conseguir esa paz deseada
(la mía tiene forma de cabaña en el lago), en lo conseguido a lo largo de años
y lo fácil que es perderlo todo en poco más de una semana. Doce días en los que
el escritor que llevo dentro se ha vuelto a revindicar y ha dado una hostia
encima de la mesa: «¡Aquí estoy yo, cojones!». Doce días que me están sirviendo
para conocer mejor a mis amigos y reconocer al tipo que siempre ha estado
dentro de mí. Dos docenas de jodidos días pegado a la persona que amo,
sintiendo miedo por su seguridad, por su salud, por su vida. Doce días viendo
crecer a mi hijo. Doce días acumulando mala hostia para volver y comerme el
maldito mundo.
