viernes, 27 de marzo de 2020

Día 12.

He salido a la terraza a dar mi sesión de vueltas talegueras a su perímetro, con tan mala suerte que ha comenzado a llover en menos de un minuto. No eran más de las nueve de la mañana, y desde entonces no ha parado en casi todo el día. Tenía intención de dedicar un par de horas a arreglar las plantas, quitarles las malas hiervas, inspeccionar que durante el invierno no hubieran adquirido ningún punto de pudrición y esas cosas, pero el chaparrón persistente me ha jodido los planes. Durante unos segundos se ha colado entre la llovizna del principio una leve granizada. Mi hija ha salido disparada a la ventana con un “¡Ala!” cuando ha escuchado el sonido de las pequeñas bolas de hielo golpear el suelo de la terraza y los cristales. Después de doce días de internamiento, esa pequeña muestra de fuerza de la naturaleza le ha impresionado realmente, pero el interés ha tardado lo mismo en desaparecer que el asombro en llegar. Yo me he quedado uno minutos más mirando cómo llovía, odiando el agua por haberme arrebatado mi salida diaria al patio, liberándome de esta forzada prisión personal en la que se ha convertido mi hogar.


   Llevo todo el día intentando que la ansiedad no me gane la batalla, como hizo ayer, aunque no resulta fácil cuando lo único que te queda por hacer es recorrer una y otra vez cada rincón de estos menos de cincuenta metros cuadrados que debe tener esta casa. En una de esas veces que me he asomado a la ventana para ver llover —como si por mirar cómo llueve cada cinco minutos hubiera podido hacer que empezase a hacerlo hacía arriba o algo así— me he fijado que en una de las ventanas de enfrente, unos dos pisos más arriba, había también un vecino mirando el mismo espectáculo que yo, fumando sin ponerle muchas ganas, viendo caer la lluvia mientras expulsaba por la nariz, sin mucho ánimo, el humo de su cigarro. Nuestras miradas se han cruzado durante un instante, sin ninguna muestra de simpatía, interés o aprecio; sin esa simpatía o complicidad de esos primeros días donde todos éramos una piña que iba a luchar contra este virus. Ahora tan solo somos dos tíos viendo cómo el mundo sigue girando sin tenernos en cuenta, mirándonos fríamente a los ojos y pensando: “Yo estoy sano y tú puede que seas una posible fuente de contagio, así qué será mejor que no te acerques o no tendré más remedio que matarte”. Llevamos doce días de afinamiento y las “¿autoridades competentes?” ya han avisado que van a ser otros quince días más y con muchas posibilidades de que la cosa se alargue incluso algunos meses, así que la fiesta de aplausos en los balcones y el Resistiré cantado a pleno pulmón se está empezando a convertir en esa puta resaca de jaqueca, náuseas y boca pastosa del día después.
   Cuando he terminado de comer —hoy he cocinado una comida cien por cien vegana, para martirio de mi hija pequeña— me ha llegado un correo electrónico donde el consejero de sanidad —ni yo sé su nombre ni él el mío— felicita a todos los trabajadores sanitarios por su gran labor realizada estos días y bla bla bla… Pero sobre todo recordándonos los grandes esfuerzos que el Estado está haciendo por otro montón de bla bla blas que no se cree ni él. Mientras leía la carta no he podido evitar acordarme de cómo mis compañeros de trabajo se están viendo obligados a fabricarse batas con bolsas de basura, gorros con telas de paraguas o protectores para la cara con separadores de carpesanos, porque estos los protegen más que el, teóricamente, material homologado con el que se ven obligados a enfrentarse al virus. También ha salido a la luz estos días que el Gobierno ya estaba al tanto de la situación de alarma mucho antes que todo esto ocurriera y se negó a tomar las medidas oportunas provocando esta situación que hoy en día estamos viviendo. Y claro está, el triste espectáculo de marionetas de circo de las miserias de la política de este país no ha tardado en empezar. Supongo que esta patética pantomima de guerra encarnizada entre Gobierno y Oposición —por si tienen suerte y nos logran engañar de nuevo de que no son la misma cosa— la estarán haciendo por si ya nos hemos hartado de mirar las series de Netflix y queremos recordar aquellos episodios de Barrio Sésamo que tanto nos gustaban cuando éramos pequeños, donde Espinete la liaba parda y Don Pimpón le recriminaba su error hasta hacerlo entrar en razón. Y de la misma forma que  Espinete y Don Pimpón siempre estaban igual y nosotros volvíamos a verlos cada tarde sin falta, en las próximas elecciones iremos todos a meter el sobrecito en la urna para elegir de qué color será el collar que le pondremos al perro, aunque sabemos de sobra que este nos seguirá mordiendo la mano por mucho que lo alimentemos.
   Luego me he echado una siesta en el sofá, por una parte para dejar de sentir el dolor de espalda, cervicales y cabeza, y por otra parte para que este día pasase más rápido, pero no siempre los placebos funcionan, sobre todo cuando eres tú mismo quien te los proporcionas; supongo que por eso son las tres de la madrugada y estoy aquí escribiendo esto, todavía a la espera de que el día acabe de una vez.