viernes, 27 de marzo de 2020

Día 13 – Esperando al día D.

Vuelvo de pasear a mi perra y tirar la basura. Me preparo el tercer café del día que, además, no va a ser el último, ni el penúltimo. El silencio es absorbente, la televisión está apagada y por unos instantes parece que el coronavirus ya no existe, si no fuese porque es jueves y en tiempos de paz debería estar en la oficina...
    Puedo trabajar, sí, pero en nada productivo. Y cuando digo productivo, me refiero en algo que produzca dinero. Soy, como muchos en el país, una persona que vive de la hostelería, de un bar en el que programamos conciertos y actos culturales. Más que nada, ahora mismo, me dedico a modificar cosas en la web, anular actividades, y renegociar algunos pagos pendientes con los proveedores. Estamos en plena guerra, y está siendo complicada, y como se alargue demasiado, creo que va a ser mucho peor la posguerra.


    Tras ese rato de tedioso trabajo, leo los diarios de mis compañeros salvajes, y charlo con ellos a través de un grupo de WhatsApp. Aunque parezca algo trivial, lo cierto es que anímicamente me ayuda mucho. Esa conexión se ha convertido en el clavo ardiendo que necesitaba para hacer más soportable este confinamiento. Luego, llamo a Jaume, el bajista de mi banda. Hace unos días que probablemente tanto el cómo su pareja estén infectados, ya que presentan todos los síntomas. Están bien, dentro de lo que cabe, y eso es reconfortante. Me encanta ver que en alguno de los frentes bélicos que tenemos abiertos hay esperanza de victoria.
    Conecto la televisión y hablan del día D. Bueno, en realidad para ellos es el día que llegaremos al pico de contagios, y que a partir de ese momento, empezaran a disminuir. Yo prefiero día D, me suena más épico (me encanta la historia, y más concretamente la relacionada con la segunda guerra mundial), además, el significado es el mismo. Se trata del momento en que llegaremos al punto de equilibrio, el momento en que cuando todo parece que está perdido, un acto o una acción, hacen que la balanza se decante hacia nuestro lado.
    El problema, es que llevamos ya trece días de confinamiento, y ese día D parece que no llega. Pongamos que ocurre dentro de una semana. Eso significaría que estaríamos en el día número veinte de encierro, y que por tanto, la guerra aun duraría veinte días más. Cuarenta días con un bar cerrado como el mío, auguran una muy mala posguerra. Ahora todo el mundo dice que cuando esto termine la gente se volverá loca por ir a los bares, pero eso habrá que verlo. ¿Alguien ha pensado que la psicosis de estar cerca de otras personas puede ser duradera? ¿Pasaremos del “ni te me acerques” a compartir sillas en lugares públicos? No sé, hay muchas cuestiones por resolver, y empiezo estar hasta los huevos de tanto optimista balconiano. Imagino que hay personas que siguen al pie de la letra lo de “al mal tiempo buena cara”. Son gente buena, puede ser. Con toda probabilidad, son como los músicos de la orquesta del Titanic, tocando hasta el último momento. Si yo hubiese formado parte de esa orquesta, les hubiese dedicado un aplauso desde mi barca de salvamento con mis manos manchadas de sangre. Manchadas después de descuartizar a cualquiera que quisiera robarme mi plaza en la barca. Putos Flanders.

El caso es que debemos subirnos a nuestras barcazas de desembarco, y ver pronto la costa de Normandía.