domingo, 29 de marzo de 2020

DÍA 13: ANIMAL MAN

No sé cómo ni por qué, pero aquí me encuentro:
    El sol baña mi cuerpo, me baño con sus cálidos rayos;  el cielo,  claro, nítido como un cristal recién limpio. Creo que ha llovido no hace mucho,  el olor húmedo de la hierba recién mojada invade mis fosas nasales. En pleno subidón de endorfinas el olor se adueña de mi estado de ánimo,  inhaló a fondo,  el oxígeno limpio reaviva mi cuerpo marchitado por días,  meses, años de encierro. No me importa nada, disfruto del aquí y el ahora.
    Pequeños girones de viento transportan la alegre melodía de los pájaros. Un ligero susurro rompe la quietud. Directa y sinuosamente un áspid se desliza hasta mi tobillo,  me muerde,  su líquido venenoso pasa rápidamente  por mi sistema respiratorio,  caigo. No me había percatado que el claro
donde me encuentro ha sido conquistada por la actividad animal. Mientras mi mente se emborrona por el ácido veneno me percato que estoy rodeado por una variada y variopinta amalgama de animales. Zorros, jabalís, ciervos, incluso un viejo lobo. Me reconforta, quiero ser acunado por el reino animal, estoy predispuesto a unirme en el ciclo de la vida. No siento dolor, puedo notar los tirones de mi carne al ser despedazada por las  mandíbulas animales. Pedazos de carne se deslizan por sus anhelantes gargantas. 
    Con un ligero gorgoteo, la risa nace de mí castigada garganta: “Vaya, ANIMAL MAN de pacotilla”. Tirones, desgarros…
    Los aplausos y cánticos del vecino de arriba me arrancan de mi preciosa ensoñación,  anhelo  o deseo, aún no lo tengo claro. “¡Hijo de puta, se podría meter sus arengas por el culo!”.  Hay que ser gilipollas para creer que aplaudiendo nuestros héroes sanitarios podrán conseguir los elementos necesarios para mantener a salvo este cáncer que se hace llamar Humanidad.