domingo, 29 de marzo de 2020

Quince putos días encerrado




Lidia está durmiendo (le hace mucha falta) y el niño está en el sofá, conmigo, ensayando para hablar y riéndose a moco tendido. Tiene pinta de ser un futuro chapas, pero lo que no sabe es que su padre también lo es, y más cuando le empiece a hablar de literatura. Ya sé que nadie podrá superar sus charlas sobre compañeros de guardería, ladrones de ceras y mierdas similares. Pero tendrá que considerarme un sabio hasta que me supera y vea lo que realmente soy (jajajaja).
    Estamos encerrados, sí, correcto, pero nos queremos, nos amamos con locura y pasión. Es muy importante estar con tus seres queridos en un momento como este. En mi caso, por ejemplo, echo mucho de menos a mi hermano. Pero no pasa nada, él está bien (con su chica, Ioana, a la que también quiero) y hablamos por teléfono todos los días. No está tirado en un jodido pasillo de hospital, desatendido y viendo cómo pasan médicos y enfermeras ataviados con bolsas de la basura, plásticos
del contenedor, gafas de buceador y mascarillas cosidas a mano (así va el tema cuando no te dan el equipo adecuado, es patético).
    En fin, es lo que hay, no se puede hacer otra cosa. Por lo menos ya casi tengo mi carnet de Grupo Salvaje. Una pasada. Me hace una ilusión que te cagas. En realidad nunca dejamos de ser niños. Es un gusto compartir está cuarentena con mis hermanos de armas, sin ellos habría una parte de mi cerebro muerta en estos instantes. Somos seis chavales haciendo trastadas por internet.
    Bueno, voy a ir despidiéndome, en esta especie de día de la marmota. Y lo haré a mi manera:
    A descalza perros, quiero aconsejar una lectura para el encierro. La trilogía de Nueva York, de Paul Auster, compuesta por Fantasmas, Ciudad de cristal y La habitación cerrada. Las leí en un momento de encierro hace algunos años, cuando decidí dejar la mala vida y pasarme al lado de la penumbra (nunca se abandona la oscuridad del todo). La verdad es que ahondan bastante en ciertos temas relacionados con la soledad y la búsqueda de uno mismo, como enfrentarte a tus propios demonios, la locura, la redención, la extrañeza absoluta. La obra de Auster es así, y con esta saga policiaca convirtió el género en otra cosa (para mi gusto), mucho más metafísica.
    ¡A pastar!