Me he dado cuenta que
un amplio sector de la sociedad se ha centrado en el positivismo absurdo (hablo
de las redes sociales, ¡eh! Que estoy confinado en casa, hijos de puta). No
quieren saber nada de cierta realidad, quieren obviar ciertas opiniones. Solo desean
cosas buenas y bonitas. Memes, post relacionados con el humor y mierdas similares.
A ver, que me parece cojonudo, pero, joder, que estamos cayendo como moscas por
culpa de un virus. Por fin estamos a la cabeza del mundo, como uno de los países
menos preparados y de los que más estamos sufriendo.
Bueno, voy a dejar el realismo a un lado y
os hablaré de mi maravilloso día a día (vaya, si también es realismo, ¿dónde
cojones está Dorothy Gale?). Por un lado ayer fui a vacunar a mi hijo de cuatro
meses. Entré en el ambulatorio, que parecía un recinto de guerra, con pilas de
sillas haciendo de barricadas, un montón de personal sanitario cubierto hasta
las cejas y diciéndome sin parar: «No
toques nada con las manos, usa codos o muñecas, no pases a la consulta de forma
normal, tienes que dar la vuelta completa al recinto y pasar dos controles
internos, ten cuidado, no te toques la cara con las manos, respira con cuidado,
no le quites el plástico al niño». Diez o doce personas limpiando continuamente
me recuerdan que la cosa es seria. Una vez en consulta, desnudo al niño, le
miden, le pesan, me dicen que ya puede empezar a comer cereales y le ponen tres
vacunas. El pobre llora como una magdalena. La enfermera se despide de mí con alegría
y me largo.
Destaco una cosa que me han contado entre
ella y el pediatra: Enfermeras, pediatras y médicos de cabecera están en la
retaguardia de esta guerra, y el ejército, los mandos, les han dicho que se
presenten voluntarios para ir al IFEMA o los elegirán a dedo. Allí han colocado
un montón de camas de emergencia y necesitan que todo el personal cualificado
esté listo para entrar en acción (esto es un poco de peli bélica, ¿dónde está
la cámara oculta?).
De vuelta a casa, frente al portal, he
visto a dos tipos arreglando una acera. Es muy necesario el trabajo que
realizaban (ironía), no importa que infecten a sus familias y estas infecten a
las cajeras de un supermercado, y estas a sus parejas y estos a su compañeros
de curro y así hasta que el propio Mago de Oz caiga por coronavirus (mejor, así
morimos todos y acabamos de una vez con los putos viejos de este país, que no
hacen más que chupar del bote, joder). Por qué no salimos a aplaudir a toda esa
panda de subnormales que están acudiendo a sus trabajos de mierda de forma
voluntaria.
Llego a casa. Me lavo las manos. Me las
desinfecto con alcohol. Echo la ropa a lavar. Y beso apasionadamente a mi
mujer. Ya solo me queda no salir.
