Ayer no escribí nada, el día trece fue bastante tedioso. La única cosa de interés que me ocurrió fue no palmarla entre el amanecer y el anochecer; así que por qué escribir sobre ello y aburrir a quien lea esto, si alguna vez alguien lo hace, y por qué aburrirme a mí mismo escribiéndolo.
Hoy he ido a cuidar de mi madre, he cogido el tren a primera hora de la mañana con algunas pocas personas que supongo se dirigían a trabajar; todos ellos ataviados con sus guantes y mascarillas, separados unos de otros por la mayor distancia posible —dentro de lo que permite el espacio interior de un vagón de tren—, intentando no mirarse, como si ignorar la presencia de los demás fuera a protegerlos más del virus. Normalmente, cuando viajo en tren, voy leyendo o escuchando música por mis auriculares, pero hoy no lo he hecho, tan solo he viajado durante los cincuenta kilómetros con la cabeza apoyada sobre el cristal de la ventana, en un estado vegetativo con la mirada perdida en algún
punto del horizonte —tengo demasiado visto el paisaje como para que me interese— y las manos metidas dentro de los bolsillos de la chaqueta.
Hoy he ido a cuidar de mi madre, he cogido el tren a primera hora de la mañana con algunas pocas personas que supongo se dirigían a trabajar; todos ellos ataviados con sus guantes y mascarillas, separados unos de otros por la mayor distancia posible —dentro de lo que permite el espacio interior de un vagón de tren—, intentando no mirarse, como si ignorar la presencia de los demás fuera a protegerlos más del virus. Normalmente, cuando viajo en tren, voy leyendo o escuchando música por mis auriculares, pero hoy no lo he hecho, tan solo he viajado durante los cincuenta kilómetros con la cabeza apoyada sobre el cristal de la ventana, en un estado vegetativo con la mirada perdida en algún
punto del horizonte —tengo demasiado visto el paisaje como para que me interese— y las manos metidas dentro de los bolsillos de la chaqueta.
Encuentro a mi madre metida en la cama, hace un par de días que no se encuentra bien, había tenido fiebre por la noche y le duele todo el cuerpo. Mis hermanas habían llamado por teléfono para que fuera un médico a verla, pero si no tienes graves síntomas de estar contagiado por el virus, nadie viene a verte, ningún médico está disponible, es como si el resto de enfermedades del mundo hubieran desaparecido o perdido, mágicamente, la gravedad que hace un par de meses tenían. Consigo sacarla de la cama, aunque dice que se siente mareada, y sentarla en el sofá, hacerle comer algo y darle sus medicinas. Está muy decaída, el encierro está acabando con ella, agravando su grado de demencia mientras su síndrome depresivo la devora sin compasión; demasiados días encerrada entre cuatro paredes, sin nada en lo que entretenerse y con sus movimientos reducidos de la cama al sofá y del sofá a la cama. La miro y recuerdo a la mujer que fue en su día, la que sacó adelante a cinco hijos —a los que nunca nos faltó de nada— y una casa; derrotada por el paso del tiempo después de toda una vida de haber vencido a las calamidades.
Cuando se echa la siesta me quedo con mi sobrino, los dos sentados en el sofá mirando indiferentes la televisión, están emitiendo un noticiero al cual no le hago mucho caso. “¿Te has fijado? solo hablan del virus. Ya no dicen nada de las mujeres maltratadas, ni del calentamiento global, ni de los índices de paro. Solo hablan del virus ¿Es qué no está pasando nada más en el mundo?”, me comenta, medio tumbado en el sofá, con la cabeza apoyada en su mano. Cuando termina el programa lo pienso bien y me doy cuenta de que tiene razón, el noticiero entero ha sido monotema sobre el virus, ¿Acaso el virus nos ha transformado en mejores personas? ¿los maltratadores han dejado de serlo, los ladrones ya no roban, los políticos han dejado de ser corruptos? Supongo que el infierno se congelaría antes de que eso ocurriera, pero entonces, ¿por qué no se está hablando de ello en las noticias? O lo que sería la pregunta más correcta: ¿Por qué nos ha dejado de preocupar?
Dejo a mi madre sentada de nuevo en el sofá después de haberle dado la merienda. Le doy un par de indicaciones a mi sobrino por si mi madre vuelve a encontrarse mal durante la noche y me despido de ellos. De vuelta a casa, montado en el tren de nuevo, sí que hay algo que me llama la atención en el paisaje, y lo hace de tal manera que no puedo evitar apartar la vista. El tren recorre toda la costa, a veces tan cerca de la orilla del mar que este golpea con violencia las ventanas del tren cuando hay temporal; un recorrido que siempre está lleno de personas, ya sea abarrotando las playas en temporada alta, paseando, haciendo deporte o sacando a sus mascotas el resto del año, pero hoy no veo ni un alma en cincuenta kilómetros de costa; sí que veo gaviotas y palomas deambular tranquilamente por la arena, buscando sustento; también puedo observar a montones de cormoranes secando sus plumas al sol, en las rocas, pero ningún ser humano mancillando el lugar con su asquerosa presencia.
Puede que todo esto del virus no haya sido una conspiración mundial, una artimaña política o una maniobra capitalista, a lo mejor todo esto está siendo algo tan sencillo como que la naturaleza nos está poniendo en nuestro sitio; puede que el virus no sea más que el anticuerpo que ha creado la naturaleza para curarse del cáncer en que nos hemos convertido los seres humanos para el planeta igual que nuestro cuerpo crea anticuerpos para defenderse de cualquier microorganismo patógeno que nos ataque. Sí, sé que suena a hippiada total y bastante absurda, pero bueno, teorías más absurdas se están escuchando estos días en los medios masivos de comunicación y la gente las tiene en cuenta. Al bajarme del tren y durante el recorrido que hay hasta llegar a casa un par de personas salen al balcón a aplaudir, los escasos aplausos son devorados por la espesura del silencio, el ser humano es lo que tiene, pierde el interés y la motivación por todo en muy poco espacio de tiempo, igual que haremos con todo esto una vez haya pasado.
Cuando se echa la siesta me quedo con mi sobrino, los dos sentados en el sofá mirando indiferentes la televisión, están emitiendo un noticiero al cual no le hago mucho caso. “¿Te has fijado? solo hablan del virus. Ya no dicen nada de las mujeres maltratadas, ni del calentamiento global, ni de los índices de paro. Solo hablan del virus ¿Es qué no está pasando nada más en el mundo?”, me comenta, medio tumbado en el sofá, con la cabeza apoyada en su mano. Cuando termina el programa lo pienso bien y me doy cuenta de que tiene razón, el noticiero entero ha sido monotema sobre el virus, ¿Acaso el virus nos ha transformado en mejores personas? ¿los maltratadores han dejado de serlo, los ladrones ya no roban, los políticos han dejado de ser corruptos? Supongo que el infierno se congelaría antes de que eso ocurriera, pero entonces, ¿por qué no se está hablando de ello en las noticias? O lo que sería la pregunta más correcta: ¿Por qué nos ha dejado de preocupar?
Dejo a mi madre sentada de nuevo en el sofá después de haberle dado la merienda. Le doy un par de indicaciones a mi sobrino por si mi madre vuelve a encontrarse mal durante la noche y me despido de ellos. De vuelta a casa, montado en el tren de nuevo, sí que hay algo que me llama la atención en el paisaje, y lo hace de tal manera que no puedo evitar apartar la vista. El tren recorre toda la costa, a veces tan cerca de la orilla del mar que este golpea con violencia las ventanas del tren cuando hay temporal; un recorrido que siempre está lleno de personas, ya sea abarrotando las playas en temporada alta, paseando, haciendo deporte o sacando a sus mascotas el resto del año, pero hoy no veo ni un alma en cincuenta kilómetros de costa; sí que veo gaviotas y palomas deambular tranquilamente por la arena, buscando sustento; también puedo observar a montones de cormoranes secando sus plumas al sol, en las rocas, pero ningún ser humano mancillando el lugar con su asquerosa presencia.
Puede que todo esto del virus no haya sido una conspiración mundial, una artimaña política o una maniobra capitalista, a lo mejor todo esto está siendo algo tan sencillo como que la naturaleza nos está poniendo en nuestro sitio; puede que el virus no sea más que el anticuerpo que ha creado la naturaleza para curarse del cáncer en que nos hemos convertido los seres humanos para el planeta igual que nuestro cuerpo crea anticuerpos para defenderse de cualquier microorganismo patógeno que nos ataque. Sí, sé que suena a hippiada total y bastante absurda, pero bueno, teorías más absurdas se están escuchando estos días en los medios masivos de comunicación y la gente las tiene en cuenta. Al bajarme del tren y durante el recorrido que hay hasta llegar a casa un par de personas salen al balcón a aplaudir, los escasos aplausos son devorados por la espesura del silencio, el ser humano es lo que tiene, pierde el interés y la motivación por todo en muy poco espacio de tiempo, igual que haremos con todo esto una vez haya pasado.