martes, 31 de marzo de 2020

Día 17 – Negociar con la muerte.


Leo en la prensa esta mañana que ayer descendió el número de fallecimientos, solo ochocientos doce. ¿Solo? ¿Nos felicitamos ya? Claro que sí, “guapi”, es momento de congratularnos de que los muertos no somos nosotros. ¿Esto va así, no? La muerte ajena nos asusta porque nos vemos reflejados en ella, porque nos hace ver que nuestra hora puede llegar en cualquier momento. Pero, un macabro sentimiento de alivio llena nuestra alma, y agradecemos que la parca no nos haya elegido a nosotros.
    Esta mañana he buscado el archivo de la última novela que empecé y no acabé (en realidad no he pasado del primer capítulo). Debería aprovechar este tiempo muerto (nunca mejor dicho) para retomarla. Al encontrar unas notas que tenía con ideas para relatos cortos, me ha venido a la mente un tema que me hizo gracia en su día y creo que hoy nos viene al pelo. La reflexión era la siguiente: En el mundo mueren personas que son útiles para la sociedad, científicos, artistas, filósofos, políticos
(no, esos no). Y permanecen vivos seres que no valen absolutamente para nada. Mi padre los denominaba “trozos de carne con ojos”. No hablo de un modo despectivo, simplemente quiero señalar que conozco mucha gente que no tiene ninguna inquietud en esta vida, su mundo transcurre en un bucle de dormir, comer, cagar y volver a dormir. Ni aportan nada que pueda mejorar mínimamente el mundo, ni tiene ningún interés por hacerlo. Yo creo que están aquí respirando y esperando a la muerte, como quien espera un autobús, sentados y sin hacer nada.
    En base a esta idea, imaginemos que se pudiera negociar con la muerte. Al fin y al cabo, ella lo que quiere es carnaza, magro, huesos, vísceras, y almas. En su trabajo tiene que presentar unos números, está obligada al igual que el obrero que realiza piezas en una fábrica. Al final del día los patronos cuantifican el resultado, y evalúan si está bien o ha sido escaso. Por eso, la muerte debe justificar un cupo razonable de muertos. ¿Podríamos intercambiar unos muertos por otros? Y no hablo de comprar con dinero tu vida. No, eso no funciona así (o no debería funcionar). Lo que le propondríamos sería mejor para lo sociedad.
    —Escucha muerte, has venido a buscar a Fulanito que es científico y está muy cerca de encontrar una cura para el cáncer. Llévate en su lugar a Menganito, que está sentado en la plaza del pueblo intentando hacer la O con un canuto, pero no lo consigue —le diremos.
    —Bueno, a mí me da igual, solo es una muesca más en mi hoja de incentivos —nos responderá.
    ¿No sería esto más beneficioso para la sociedad? Es una idea para un relato, que nadie se asuste y empiece a correr. Es posible que yo también estuviera en el lado de los intercambiados para dar mi vida por alguien con más que aportar. Es fácil valorar la cantidad, pero es difícil cuantificar la calidad. ¿Quiénes serían los jueces, quién decidiría quien muere y quien vive? No, la idea es absurda, aunque a priori sonara bien.
    No obstante no dejo de pensar en ello. Cuánta gente que vale para algo está muriendo en esta pandemia, y cuánta que no merece ni el aire que respira sobrevivirá como un jabato.

No, la vida no es justa. ¿Por qué debería serlo la muerte?