lunes, 30 de marzo de 2020

Día 15.

He empezado a tomar café de nuevo, hacía casi un año que lo había dejado, no me ayudaba mucho para mis taquicardias, así que no sé por qué he vuelto a empezar a tomarlo, quizá con la esperanza de que el corazón se me acelere más de la cuenta para tener algo más en lo que pensar.
   Mi hija mayor me dice por Whatsaap que empieza a desesperarse encerrada en casa, a los trece años se tiene demasiada energía como para intentar retenerla. Mi hijo lo lleva mejor, todo el día enganchado a la consola le ayuda a soportar mejor el encierro.
    Estamos lo tres sentados en el sofá, mirando cómo en la tele un John Travolta encuerado de pies a cabeza le canta a Olivia Newton-John. Cambio de postura varias veces mientras dura la película, la discopatía lumbar me refleja el dolor en ambas piernas y la zona cervicodorsal se encarga de repartirlo por el resto del cuerpo, una insignificancia comparado con los estragos que está provocando

el virus tanto en las personas como en la economía. La verdad es que tampoco me entero de mucho sobre ese tema, hace años que dejé de ver los informativos, nunca he soportado leer los periódicos y desde hace ya casi un año borré todos mis perfiles de las redes sociales y decidí recluirme en mí mismo ¿Por qué? Pues la verdad es que no lo sé ni yo mismo, me daba la sensación de que todo hacia demasiado ruido: la televisión… demasiado ruido, la radio… demasiado ruido… los periódicos… demasiado ruido, facebook, twetter, instagram, youtube… demasiado ruido, demasiado ruido, demasiado ruido. Así que las únicas noticias que me llegan del mundo exterior ahora mismo son las que me comenta mi mujer o mis compañeros de trabajo. Me dicen que el presidente del Gobierno ha comunicado que va a endurecer el confinamiento domiciliario, también me dicen que va a haber un parón laboral más grande todavía, que solo van a dejar trabajar a las empresas que realicen estrictamente labores necesarias para subsistir y que el virus no hace pinta de que tenga mucha intención de extinguirse. Mi suegro y mis cuñados ya no van a trabajar, se dedican a la construcción; tengo amigos que están sufriendo las consecuencias de los ERTES que tanto de moda se están poniendo, mientras, los dueños de pequeños comercios y los autónomos empiezan a buscar por sus casas la cuchilla de afeitar más afilada que tengan para cortarse las venas mientras por la tele un anuncio publicitario donde salen en pantalla todas las grandes empresas —las únicas que podrán sobrevivir a esta crisis— nos animan en la lucha contra el virus y a sentirnos parte de ellas, y ¡qué coño! Lo haremos, cuando todo esto acabe agradeceremos al gobierno su gran sacrificio y los esfuerzos por terminar con el virus, o votaremos al partido contrario que mejor haya hecho la oposición aprovechándose de la situación, y venderemos nuestras almas a las multinacionales mientras el engranaje capitalista encaja a la perfección de nuevo.
   Sigo empotrado en el sofá después del numerito final de Danny y Sandy. Escucho a mi mujer y mi hija reír desde la habitación mientras yo cambio de canal, debería apagar el televisor y mandarlo todo a tomar por culo, pero empalmo con una película de cuando yo era pequeño, STUFF, una sustancia viscosa posee a la gente cuando estos la digieren, encuentro un cierto paralelismo con nuestra situación actual, nos dejamos poseer por cualquier “sustancia viscosa” que nos hagan tragar, y como en la película, nos la tragamos voluntariamente.
   Por la tarde salgo a la terraza, veo cómo un vecino me mira desde un piso superior a través de la ventana, lleva una mascarilla puesta aun estando dentro de su casa; no me sorprende, ni siquiera me preguntó el porqué, quizá a tragado demasiado STUFF ya, o yo demasiado poco.