Hoy no estoy inspirado para escribir. En realidad, pensaba dejarlo para mañana. Sin embargo, voy a romper esta “vaguería” que se ha adueñado de mí, me doy dos bofetadas y me obligo a hacer algo. "Mueve el culo, puto hippie", me grito a mí mismo. Me levanto de la cama de un salto e inspiro profundamente.
Me encanta el olor a odio por la mañana. Supura por todos los poros de mí ser, es poderoso e intenso. Odio el mundo, odio a la gente, odio esta situación y me odio a mí mismo. Pero el odio nos hace fuertes, ninguna batalla se ha ganado con amor. Para vencer al enemigo hay que odiarlo, y solo con ese sentimiento lucharás a muerte para eliminarlo de la faz de la tierra. No puedo evitarlo, y hoy menos que nunca. ¿Por qué me invade este caos? Supongo no soy buen prisionero. No necesito estar acompañado para sentirme bien, puedo recluirme el tiempo que haga falta, siempre y cuando a mí me
venga en gana, pero… ¿por imposición? Ese es mi principal problema, no me han gustado nunca las imposiciones. Las acepto si es necesario, pero eso no implica que lo haga de buen grado. Entiendo que esta lucha es importante, y que este presidio es en beneficio de todos. Por eso lo hago, pero no me pidáis que esté contento y feliz. Hoy es un día difícil, me siento abrumado por el eterno domingo, es el puto día de la marmota. Me encierro en mi cuarto a escribir, es mejor que no me cruce con nadie hoy en mi casa. No por miedo a hacer daño alguno a mi familia, sino por cómo podría hablarles. En ocasiones la palabra es un arma muy mortífera, y si aciertas donde tienes que hacerlo, puede causar más daño que un cuchillo.
Me encanta el olor a odio por la mañana. Ese odio a flor de piel que me llena al ver la felicidad del prójimo, ese modo tan “fiestero” de vivir en cautiverio. Lo he dicho mil veces ya en mis diarios, los envidio. Pero… los odio, no sé si son inconscientes o soy yo el inconsciente. Mañana os pediré que me perdonéis por mis palabras, pero hoy no, hoy me limitaré a odiaros en silencio y en las páginas de mi diario.
Intento superarlo, veo un poco la televisión, visito redes sociales, pero mi desesperación no decrece. Lo único que me reconforta es saber que mis amigos que están hospitalizados se encuentran mejor. Tal vez el hecho de pillar el virus y superarlo sea una bendición, ya que es la única manera en que te vuelves inmune. Aunque bien pensado, es una tontería, ya que hay información de gente que se ha vuelto a infectar. ¿Información, he dicho información? Precisamente eso es lo que nos falta, información veraz, porque de la manipulada la tenemos hasta en la sopa. Me gustaría pensar que todo esto está orquestado y que hay alguien planificando esta pandemia para sacar provecho. Pero lo cierto es que creo que no hay nadie al timón, que vamos en un barco sin rumbo, que montanos un caballo desbocado que se dirige irremediablemente hacia el precipicio.
Me encanta el olor a odio por la mañana. Supura por todos los poros de mí ser, es poderoso e intenso. Odio el mundo, odio a la gente, odio esta situación y me odio a mí mismo. Pero el odio nos hace fuertes, ninguna batalla se ha ganado con amor. Para vencer al enemigo hay que odiarlo, y solo con ese sentimiento lucharás a muerte para eliminarlo de la faz de la tierra. No puedo evitarlo, y hoy menos que nunca. ¿Por qué me invade este caos? Supongo no soy buen prisionero. No necesito estar acompañado para sentirme bien, puedo recluirme el tiempo que haga falta, siempre y cuando a mí me
venga en gana, pero… ¿por imposición? Ese es mi principal problema, no me han gustado nunca las imposiciones. Las acepto si es necesario, pero eso no implica que lo haga de buen grado. Entiendo que esta lucha es importante, y que este presidio es en beneficio de todos. Por eso lo hago, pero no me pidáis que esté contento y feliz. Hoy es un día difícil, me siento abrumado por el eterno domingo, es el puto día de la marmota. Me encierro en mi cuarto a escribir, es mejor que no me cruce con nadie hoy en mi casa. No por miedo a hacer daño alguno a mi familia, sino por cómo podría hablarles. En ocasiones la palabra es un arma muy mortífera, y si aciertas donde tienes que hacerlo, puede causar más daño que un cuchillo.
Me encanta el olor a odio por la mañana. Ese odio a flor de piel que me llena al ver la felicidad del prójimo, ese modo tan “fiestero” de vivir en cautiverio. Lo he dicho mil veces ya en mis diarios, los envidio. Pero… los odio, no sé si son inconscientes o soy yo el inconsciente. Mañana os pediré que me perdonéis por mis palabras, pero hoy no, hoy me limitaré a odiaros en silencio y en las páginas de mi diario.
Intento superarlo, veo un poco la televisión, visito redes sociales, pero mi desesperación no decrece. Lo único que me reconforta es saber que mis amigos que están hospitalizados se encuentran mejor. Tal vez el hecho de pillar el virus y superarlo sea una bendición, ya que es la única manera en que te vuelves inmune. Aunque bien pensado, es una tontería, ya que hay información de gente que se ha vuelto a infectar. ¿Información, he dicho información? Precisamente eso es lo que nos falta, información veraz, porque de la manipulada la tenemos hasta en la sopa. Me gustaría pensar que todo esto está orquestado y que hay alguien planificando esta pandemia para sacar provecho. Pero lo cierto es que creo que no hay nadie al timón, que vamos en un barco sin rumbo, que montanos un caballo desbocado que se dirige irremediablemente hacia el precipicio.
En días como hoy no estoy seguro de que vayamos a vencer. Es más, creo firmemente que no lo haremos. Este es el fin, amigos.