Mil novecientos setenta y dos. En la sala reina el silencio, Fischer entra en cólera si escucha cualquier mínimo sonido. La posición de cada una de las piezas refleja la dura batalla que se ha batido entre las trincheras claras y oscuras del tablero. Junto a este, sobre la mesa, los cuerpos caídos en combate. Los dos jugadores miran al tablero, Bobby no aparta la mirada de las piezas mientras sus ojos, compulsivamente, se mueven en una especie de tic nervioso de una a otra; Boris lo mira de reojo con disimulo mientras espera el próximo movimiento. De repente el tiempo se paraliza como las agujas de un reloj sin pilas, Fischer, deslizando la pieza por el tablero con esa maestría que solo los grandes maestros del ajedrez saben realizar, mueve su dama a f4; Spassky respira hondo, Fischer apenas había llegado a tocar la dama con la yema de sus dedos y él ya había calculado todas las posibles combinaciones y sus variantes, sabiendo que no sería posible una defensa a ese maldito movimiento de Fischer. Boris Spassky se retira de la partida reconociendo así la victoria del monstruo americano
Represento la partida sobre mi tablero, me levanto del sofá y giro alrededor de la mesita de centro sin quitarle la mirada de encima a esa dama f4 mientras mi hija, tirada en el suelo, juega con sus juguetes sin hacerme mucho caso. Me siento en el sofá con un resoplido, desde que empezó toda esta mierda he dejado de leer, de meditar, de escribir… vale, lo reconozco, es más fácil echarle la culpa al virus, pero la verdad es que ya había dejado de hacer todo esto mucho antes de que la cuarentena empezase. También dejé de relacionarme con las personas, de sumergirme en la estupidez de las redes sociales, de llamar por teléfono a mis familiares —vale, otra mentira, nunca lo he hecho—, esquivar a mis amigos, los grupos de Whatsaap, la televisión, dejar de participar en conversaciones y no expresar mi opinión nunca. Pero a pesar de que todo eso lo hice por voluntad propia, y aunque esta actitud sea mucho más ascética que la cuarentena, estar encerrado entre estas cuatro paredes durante este medio mes me ha echo ser consciente de que Danny Rubin y Harold Ramis la clavaron en el guion de Groundhog Day.
Hoy he hablado con mi hermana mayor por teléfono, —mi otra hermana también está luchando en las trincheras de la UCI de otro hospital y mi hermano vive en un pueblucho perdido en el mapa, dentro de esta comunidad—. Hablamos durante un rato largo —raro en mí— de toda la situación actual y todo lo que está llevándose por delante, y una de las cosas que más le impacta es cómo a los fallecidos por el virus se los llevan directos a incinerarlos desde las mismísimas habitaciones de los hospitales, sin despedidas, ni velatorios, ni funerales y habiéndose muerto en la más cruel de las soledades. Aunque ella no lo comente se lo noto en la voz, tiene miedo de que le pueda ocurrir a ella y verse sola en un box de cualquier UCI improvisada hasta que muera y la incineren sin ni siquiera haberse podido despedir de su marido, de sus hijos, de sus nietos o de cualquiera de nosotros; al principio de todo esto la declararon paciente de alto riesgo de contagio por los tratamientos que tiene que hacer para mantener a raya el cáncer, y esa posibilidad, por mucho que nos empeñemos en intentar ignorarla, está ahí. Yo también tengo miedo de que eso ocurra, o que le ocurra a mi madre, a mi mujer, mis hijos, mis amigos o a cualquiera de mis seres queridos. También coincidimos en que, por decirlo de alguna forma, nos alegramos de que nuestro hermano mayor falleciera en octubre, pues así lo pudo hacer rodeado de todos nosotros en su momento final; si hubiera sobrevivido hasta hoy en día, el virus se lo hubiera llevado por delante, y nadie se merece morir así.
Hace diez días le mandé un whatsaap a un amigo de Madrid al que le tengo mucho aprecio; es cardiópata, lo cual lo convierte automáticamente también en paciente de alto riesgo, y todavía no me ha contestado, ni siquiera ha recibido el mensaje —maldito doble check—. Tengo miedo de que le haya ocurrido algo ¿Y por qué no lo llamo directamente? Supongo que hacerlo me da más miedo, por si cogen el teléfono otra persona y termino por enterarme de eso que prefiero ignorar.
Entro en la cocina y abrazo a mi mujer por la espalda mientras cocina, hundiendo mi cara entre su pelo y su cuello y se me hace un nudo la garganta. “Ya casi está. Recogé ese ajedrez de una vez y ve poniendo la mesa”, me dice con ese acento argentino que tanto me gusta. Me siento en el sofá y miro el tablero por última vez antes de enrollarlo y empezar a recoger todas las piezas. Vuelvo a fijarme en la dama blanca y pienso en el miedo que debió sentir Spassky al ver como Fischer la deslizaba hacia el fatal escaque f4.
Miedo. Madito, cruel, frío y absurdo miedo.
Represento la partida sobre mi tablero, me levanto del sofá y giro alrededor de la mesita de centro sin quitarle la mirada de encima a esa dama f4 mientras mi hija, tirada en el suelo, juega con sus juguetes sin hacerme mucho caso. Me siento en el sofá con un resoplido, desde que empezó toda esta mierda he dejado de leer, de meditar, de escribir… vale, lo reconozco, es más fácil echarle la culpa al virus, pero la verdad es que ya había dejado de hacer todo esto mucho antes de que la cuarentena empezase. También dejé de relacionarme con las personas, de sumergirme en la estupidez de las redes sociales, de llamar por teléfono a mis familiares —vale, otra mentira, nunca lo he hecho—, esquivar a mis amigos, los grupos de Whatsaap, la televisión, dejar de participar en conversaciones y no expresar mi opinión nunca. Pero a pesar de que todo eso lo hice por voluntad propia, y aunque esta actitud sea mucho más ascética que la cuarentena, estar encerrado entre estas cuatro paredes durante este medio mes me ha echo ser consciente de que Danny Rubin y Harold Ramis la clavaron en el guion de Groundhog Day.
Hoy he hablado con mi hermana mayor por teléfono, —mi otra hermana también está luchando en las trincheras de la UCI de otro hospital y mi hermano vive en un pueblucho perdido en el mapa, dentro de esta comunidad—. Hablamos durante un rato largo —raro en mí— de toda la situación actual y todo lo que está llevándose por delante, y una de las cosas que más le impacta es cómo a los fallecidos por el virus se los llevan directos a incinerarlos desde las mismísimas habitaciones de los hospitales, sin despedidas, ni velatorios, ni funerales y habiéndose muerto en la más cruel de las soledades. Aunque ella no lo comente se lo noto en la voz, tiene miedo de que le pueda ocurrir a ella y verse sola en un box de cualquier UCI improvisada hasta que muera y la incineren sin ni siquiera haberse podido despedir de su marido, de sus hijos, de sus nietos o de cualquiera de nosotros; al principio de todo esto la declararon paciente de alto riesgo de contagio por los tratamientos que tiene que hacer para mantener a raya el cáncer, y esa posibilidad, por mucho que nos empeñemos en intentar ignorarla, está ahí. Yo también tengo miedo de que eso ocurra, o que le ocurra a mi madre, a mi mujer, mis hijos, mis amigos o a cualquiera de mis seres queridos. También coincidimos en que, por decirlo de alguna forma, nos alegramos de que nuestro hermano mayor falleciera en octubre, pues así lo pudo hacer rodeado de todos nosotros en su momento final; si hubiera sobrevivido hasta hoy en día, el virus se lo hubiera llevado por delante, y nadie se merece morir así.
Hace diez días le mandé un whatsaap a un amigo de Madrid al que le tengo mucho aprecio; es cardiópata, lo cual lo convierte automáticamente también en paciente de alto riesgo, y todavía no me ha contestado, ni siquiera ha recibido el mensaje —maldito doble check—. Tengo miedo de que le haya ocurrido algo ¿Y por qué no lo llamo directamente? Supongo que hacerlo me da más miedo, por si cogen el teléfono otra persona y termino por enterarme de eso que prefiero ignorar.
Entro en la cocina y abrazo a mi mujer por la espalda mientras cocina, hundiendo mi cara entre su pelo y su cuello y se me hace un nudo la garganta. “Ya casi está. Recogé ese ajedrez de una vez y ve poniendo la mesa”, me dice con ese acento argentino que tanto me gusta. Me siento en el sofá y miro el tablero por última vez antes de enrollarlo y empezar a recoger todas las piezas. Vuelvo a fijarme en la dama blanca y pienso en el miedo que debió sentir Spassky al ver como Fischer la deslizaba hacia el fatal escaque f4.
Miedo. Madito, cruel, frío y absurdo miedo.
Por cierto, también hoy empieza la cuarentena V2.0 ¿A alguien le da miedo?