martes, 17 de marzo de 2020

Día 2.

Miró como el puto robot barre el suelo, sí, sé que es mucho más entretenida la televisión, pero qué coño, odio la televisión. El maldito bicho parece tener vida propia, y junto con Brahms sonando por los altavoces, la función de ballet es maravillosa.
   Soy un tío de 44 años tumbado en el sofá mirando como rebota de pared a pared un maldito robot aspirados mientras escucho música sinfónica ¿Patético? Te preguntarás, pues puede que sí, no lo niego, cada cual tiene su papel en esta tragicomedia que es la vida, y yo intento interpretar lo mejor que puedo el personaje de tonto del pueblo.
   Necesito que la casa se ventile, así que voy abriendo las ventanas al mismo tiempo que mi mujer las va cerrando porque, a parte de que está lloviendo, hace un frío de cojones. Vuelvo a sentarme en el sofá, el televisor se va encendiendo y apagando conforme me voy aburriendo, lo mismo pasa con elequipo de música y la lectura, todo resulta tediosos cuando se hace más por intentar matar el tiempo que por puro placer; así que lo único que me queda por hacer es contar las horas y minutos que me quedan para tomarme las pastillas para este maldito herpes que no tiene la más mínima intención de mejorar.
   Salimos por la tarde a llevar a la niña a una visita médica. Todo está desierto. Es increíble que en este pueblo costero y turístico no haya nadie por la calle, y la poca que hay camina pegada a las paredes, esquivándolos de forma exagerada por si estamos infectados, mientras que con la mano se aprietan la mascarilla contra la cara, no vaya a ser que quede un hueco por donde pueda colarse el virus. Una vez llegados al hospital y en la misma puerta de la consulta el médico nos increpa que hayamos asistido a la visita, nosotros, por nuestra parte, le increpamos que sí no quería atendernos, debería haber anulado él la visita; así que a una distancia prudencial —nosotros de pie y él sentado en su escritorio cubierto con una mascarilla y guantes— como un adivino barato de circo y sin explorar ni acercarse a la niña para nada, profetiza lo que la niña puede tener y nos pide que abandonemos la consulta. Todo es surrealista.
   De camino a casa nos encontramos con calles cortadas por bayas de la policía con carteles pegados a ellas donde informan por escrito las normas del confinamiento y las repercusiones que pueden tener las personas que pillen por la calle sin una escusa que a ellos les parezca adecuada. Pero, sí han cerrado los centros de día y los colegios, cómo esperan que las personas no salgamos a la calle, ¿Deberíamos dejar a las personas mayores solas en su casa, sin nadie que les prepare la cocina, les suministre sus medicamentos o les cambien los pañales? ¿Deberíamos dejar a los niños solos en nuestros hogares para irnos a trabajar en vez de llevarlos a casa de quien se haya ofrecido a cuidarlos durante estos días? La voz de mi mujer me saca de mi soliloquio de cuajo: —Vamos, che, no vaya a multarnos la policía si nos ve en la calle. —Está a bastantes metros de distancia, ha acelerado el paso después de leer el cartel; el miedo también se ha apoderado de ella, la gran bola de nieve es ya un poco más grande.
   Merendamos, encendemos y apagamos el televisor de nuevo, limpio y ordeno la cocina y pienso que voy a hacer de cenar mientras mi mujer se prepara para irse a trabajar —turno de noche en un hospital—. A los pocos minutos sale por la puerta, preocupada por la poca gente que hay en la calle y tener que hacer cincuenta kilómetros en tren y unos tres o cuatro en metro para llegar al hospital; uno besos rápidos, un ten cuidado de mi parte y la puerta se cierra tras ella. Miro a mi hija tirada en el suelo, jugando con sus cosas, sin preocupación ninguna, siendo todo lo libre y salvaje que puede ser. Después miro a mi alrededor ¿Es posible que el piso me parezca más pequeño de lo que realmente es?
   Abro las ventanas,necesito respirar aire fresco, mi hija las cierra imitando el mismo ritual que realizó su madre horas antes.
   —Hace frío, papá. —Me dice.
   Y respiramos el mismo aire una y otra vez hasta que nos vamos a dormir.