Miedo, el miedo es una sensación normal y todo el mundo la siente de vez en cuando, incluso hay personas que lo sienten las veinticuatro horas del día. El miedo es bueno, nos hace estar alerta ante las posibles amenazas y pensar dos veces las cosas antes de hacerlas. El miedo racional es una arma mucho más útil para quien lo padece que para quien lo provoca. Pero el miedo irracional es veneno puro inyectado en sangre; el miedo irracional saca lo peor de nosotros, nos convierte en animales frágiles y temblorosos, en salvajes incivilizados, en un mero y absurdo instinto de supervivencia.
Salgo a la farmacia —por primera y última vez este día— a comprar los medicamentos que ayer le receto el “médico a distancia” a mi hija. La calle es un poco menos apocalíptica que ayer, debe ser porque es primera hora de la mañana y la gente aprovecha a sacar a sus mascotas o para acercarse al supermercado más próximo, en busca de cualquier cosa que puedan comprar para alimentar así el
efecto placebo de tener la despensa llena de artículos que no necesitan o alimentos que no se meterían en la boca en la vida. Llego a la puerta de la farmacia y me encuentro que ahora tienen las puertas cerradas, dejando pasar solo a la gente de una en una, miro la cola que se alarga por toda la acera. Camino hacia el final de ella observando a las personas, todas cubiertas con mascarillas quirúrgicas que no son capaces de contener ni el viento; también me doy cuenta que de persona a persona hay una distancia como de dos metros más o menos, cosa que me extraña y no llego a comprender muy bien. Cuando llego al final de esta le pregunto a una mujer, apoyada en la pared, si ella también está esperando; está tapándose la boca con la mano y con un reflejo de desprecio en la mirada me increpa que me aleje dos metros de ella, que eso es lo que están diciendo por la tele. Doy un par de pasos alejándome de esa individua con una sonrisa en la cara. Como no suelo mirar la televisión, no estoy a la última de la paranoia colectiva; me río por dentro pensando que si algún día llegasen a decir por la tele que para no contagiarnos el virus hay que caminar haciendo el pino, todo el mundo iría por la calle patas arriba.
Mi mujer llega de trabajar y se acuesta, eso quiere decir que el espacio del confinamiento pasa a ser de toda la casa a tan solo el comedor —y a puerta cerrada para molestarla lo menos posible, pues tiene que volver al hospital al poco de levantarse—. Paso el resto del día limpiando un poco, barriendo —porque no queda espacio suficiente en el comedor para que el robot se mueva a sus anchas—, escuchando a Mozart y a Mendelssohn, y reproduciendo jugadas en mi tablero de ajedrez de Capablanca, Tarrasch o de mi querido Fischer; también debato solo sí Kaspárov sigue siendo el mejor del mundo o ya se puede decir que lo ha superado Carlsen. Vuelvo a pensar en la cola de la farmacia y en la mujer que me ha pedido que me alejara a ella, todos ellos asustados por el miedo a contagiarse, aterrorizados por la idea de llegar a morirse, y ahora os preguntaréis ¿Acaso tú no tienes miedo a la muerte? Y yo os contestaría: Pienso mucho en mi propia muerte, pero no en plan suicida ni negativo, tan solo intento prepararme para ella comprendiendo que realmente no es nada malo; todo nacimiento conlleva una muerte, es algo natural, y comprendo perfectamente que en esta vida estoy de paso y que tarde o temprano realizaré el acto natural de morirme, y miedo por morirme, pues claro que tengo miedo morirme, el ser humano es miedoso por naturaleza, siente miedo de todo aquello que desconoce o no comprende, y yo, como ser humano que soy, también me rijo por esas reglas. Pero el miedo a la muerte debe de ser un miedo racional, natural y comprensible, no ese acto salvaje e irracional que nos convierte en ciegos ignorantes capaces de hacer cualquier cosa por vivir un día —o unos minutos— más.
Por cierto, os cuento todo esto mientras estoy sentado en el váter evacuando mis intestinos, y os puedo informar de que en este baño hay noventa baldosas en las paredes y dieciocho en el suelo sumando ciento ocho en total, también hay una salpicadura de pasta de dientes en el espejo y el rollo de papel higiénico está por cualquier parte menos colgado en su sitio.
Otro día cualquiera de una persona cualquiera.
Salgo a la farmacia —por primera y última vez este día— a comprar los medicamentos que ayer le receto el “médico a distancia” a mi hija. La calle es un poco menos apocalíptica que ayer, debe ser porque es primera hora de la mañana y la gente aprovecha a sacar a sus mascotas o para acercarse al supermercado más próximo, en busca de cualquier cosa que puedan comprar para alimentar así el
efecto placebo de tener la despensa llena de artículos que no necesitan o alimentos que no se meterían en la boca en la vida. Llego a la puerta de la farmacia y me encuentro que ahora tienen las puertas cerradas, dejando pasar solo a la gente de una en una, miro la cola que se alarga por toda la acera. Camino hacia el final de ella observando a las personas, todas cubiertas con mascarillas quirúrgicas que no son capaces de contener ni el viento; también me doy cuenta que de persona a persona hay una distancia como de dos metros más o menos, cosa que me extraña y no llego a comprender muy bien. Cuando llego al final de esta le pregunto a una mujer, apoyada en la pared, si ella también está esperando; está tapándose la boca con la mano y con un reflejo de desprecio en la mirada me increpa que me aleje dos metros de ella, que eso es lo que están diciendo por la tele. Doy un par de pasos alejándome de esa individua con una sonrisa en la cara. Como no suelo mirar la televisión, no estoy a la última de la paranoia colectiva; me río por dentro pensando que si algún día llegasen a decir por la tele que para no contagiarnos el virus hay que caminar haciendo el pino, todo el mundo iría por la calle patas arriba.
Mi mujer llega de trabajar y se acuesta, eso quiere decir que el espacio del confinamiento pasa a ser de toda la casa a tan solo el comedor —y a puerta cerrada para molestarla lo menos posible, pues tiene que volver al hospital al poco de levantarse—. Paso el resto del día limpiando un poco, barriendo —porque no queda espacio suficiente en el comedor para que el robot se mueva a sus anchas—, escuchando a Mozart y a Mendelssohn, y reproduciendo jugadas en mi tablero de ajedrez de Capablanca, Tarrasch o de mi querido Fischer; también debato solo sí Kaspárov sigue siendo el mejor del mundo o ya se puede decir que lo ha superado Carlsen. Vuelvo a pensar en la cola de la farmacia y en la mujer que me ha pedido que me alejara a ella, todos ellos asustados por el miedo a contagiarse, aterrorizados por la idea de llegar a morirse, y ahora os preguntaréis ¿Acaso tú no tienes miedo a la muerte? Y yo os contestaría: Pienso mucho en mi propia muerte, pero no en plan suicida ni negativo, tan solo intento prepararme para ella comprendiendo que realmente no es nada malo; todo nacimiento conlleva una muerte, es algo natural, y comprendo perfectamente que en esta vida estoy de paso y que tarde o temprano realizaré el acto natural de morirme, y miedo por morirme, pues claro que tengo miedo morirme, el ser humano es miedoso por naturaleza, siente miedo de todo aquello que desconoce o no comprende, y yo, como ser humano que soy, también me rijo por esas reglas. Pero el miedo a la muerte debe de ser un miedo racional, natural y comprensible, no ese acto salvaje e irracional que nos convierte en ciegos ignorantes capaces de hacer cualquier cosa por vivir un día —o unos minutos— más.
Por cierto, os cuento todo esto mientras estoy sentado en el váter evacuando mis intestinos, y os puedo informar de que en este baño hay noventa baldosas en las paredes y dieciocho en el suelo sumando ciento ocho en total, también hay una salpicadura de pasta de dientes en el espejo y el rollo de papel higiénico está por cualquier parte menos colgado en su sitio.
Otro día cualquiera de una persona cualquiera.