Ayer
me salté uno de mis propósitos para esta
cuarentena y no escribí en mi diario. El
poder plasmar mis vivencias en estas hojas en blanco es una de las maneras de
no perder la poca cordura que me queda.
24h antes: día 3
El
entumecimiento de mi hombro izquierdo hace acto de presencia desde el primer
momento en que salgo de la cama. «¡Mierda! Hoy voy a tener un día de mierda».
No me he tomado la primera taza de café cuando los dedos de la extremidad se disponen
a dormir unas horas extra, el hormigueo en las yemas es casi erótico, así que aprovecho que mi mano se está anestesiando
para ir al baño y hacerme una paja. Es como si te la hiciera un espectro… un
ente. No es una actividad relacionada
con la soledad o el anhelo de contacto humano, tengo a mi mujer que,
francamente, es una jodida máquina de follar. Más bien una un acto reflejo de
onanismo involuntario.
Me ducho, frotando insistentemente el
prepucio enrojecido por la gayola efectuada.
En
el tiempo de tomarme la segunda taza de café me lío un Golden y me lo fumo lentamente, disfrutando de las partículas cancerígenas
mientras bailotean en mis pulmones. El
lado izquierdo de la espalda se me empieza a entumecer, en cuestión de cinco minutos estará rígida
cómo una tabla.
—Buenos día, cielo, ¿qué tal dormiste?
—¡Me cago en mi puta vida! ¡Hoy será un día
jodido! Le grito a Raquel.
Ella, sin mediar palabra, coge su humeante café
y se marcha sin atisbo alguno de rencor.
¡Joder! Cuanto quiero a esta mujer. Me tomo dos antiinflamatorios y un diazepam
y me voy a la cama. Bajo las
persianas, me tapo por completo bajo las
mantas. ¡DOLOR! No quiero sentir nada ni a nadie, quiero sumergirme en el vacío absoluto de la
nada. No quiero existir. ¡DOLOR!... Una única palabra se cruza en mi mente antes
de sucumbir al opiáceo sueño: Confinamiento.
Día 4:
Hoy
me encuentro algo mejor, tengo un par de
motivos para sentirme más animado en mi perpetuo y eterno confinamiento de DOLOR.