jueves, 19 de marzo de 2020

Día 4.

Muevo mi peón avanzado a c6, sé de sobra que no voy a poder promocionarlo, pero no me quedan muchas más opciones. Ella me mira y sonríe, sus ojos se mueven hipnóticamente hacia mi herpes y luego se queda pensativa mirando al tablero. El herpes por fin a empezado a mejorar un poco, por lo menos el dolor ya no me provoca ganas de pegarme un tiro en la cabeza o arrancarme el globo ocular izquierdo con una cucharilla de café. Agarra con su pequeña mano su dama y, colándose entre el hueco de la barrera de peones, la coloca en g7 protegida por su alfil d4, dándome así un tremendísimo jaque mate. Los dos raímos y ella da saltos de alegría. Respiro hondo mientras le damos la vuelta al tablero para que esta vez yo juegue con las blancas, y mientras ella coloca todas las piezas en su sitio, yo me comunico con sus hermanos por whatsaap; mi hijo mayor me dice que está bien y que solo sale a la calle para acompañar a su novia a pasear al perro, y que los dos lo hacen con mascarilla. Mi hija
mediana me dice que antes de ayer salió a la calle mientras mi ex trabajaba y la policía la paró a ella y a sus amigos para informarles de que no podían estar por la calle y que desde entonces no sale, yo le comento un “Muy bien”, pero me cuesta creérmelo, ha sacado ese rechazo nato a la autoridad el cual me acompaña a mí desde el día de mi nacimiento; la disciplina impuesta y yo nunca hemos sido muy buenos amigos.
   Esta tarde he ido a ver a mi madre, una hora de tren en un vagón casi vacío y un par de paradas de metro donde la gente, enmascarillada, intentaba alejarse lo máximo posible, los unos de las otros. Cuando llego a su casa me la encuentro tirada en el sofá, las consecuencias del encierro también se notan en ella, está más pagada que de costumbre y siente una tremenda desmotivación por la vida misma. Ir al centro de día la tiene entretenida, se relaciona con otras personas y hacen actividades para mantener ágiles sus facultades cognitivas, y aunque parezca mentira, estos solo cuatro días de encierro empiezan a hacerle mella.
   Después de prepararle la meriendo salgo al balcón a respirar un poco, Me resulta increíble ver una Gran Vía Barcelonesa ausente de vida, también me llaman la atención todos los comercios cerrados, pienso en todas las personas que se han visto obligadas a cerrar sus negocios , todos esos autónomos que se están quedando sin ingresos, todos esos trabajadores que se han encontrado de golpe con la escisión de sus contratos temporales —ERTE es la palabra de moda últimamente—, bueno, en general en toda la gente que se ha quedado sis ninguna fuente de sustento ni garantía de tenerlo en un futuro próximo. Los políticos salen por tele con sus discursos escritos por cualquier becario —a los cuales tampoco pagan— pidiendo a la población que tenga paciencia, que hay que restringir ciertas cosas para luchar contra el virus, que tenemos que sacrificarnos todos, y obligan a los pequeños comercios a cerrar mientras las grandes empresas siguen en marcha, produciendo a toda máquina sus productos y aprovechando la escusa de las nuevas normativas de sanidad para quitarse unos cuantos trabajadores de encima de un simple plumazo. ¿Cuantas pequeños comercios se verán obligados a cerrar incapaces de hacer frente a la ruina que se les está viniendo encima? ¿Cuantas personas se verán pidiendo cita previa en la oficina del paro, con una pensión por desempleo que mengua más rápido que una polla sumergida en agua fría? La gente se siente frustrada, engañada, encerrada en sus casa con toda la familia, en pisos de cincuenta metros cuadrados mientras los políticos lo hacen en sus mansiones o chalets; pero el miedo al virus las mantiene sumisas en sus hogares, haciendo absurdas caceroladas desde los balcones y machacando sus cerebros sumergiéndolos de lleno en la psicosis colectiva de las redes sociales.
   —Te toca mover. —Me dice mi hija sacándome de mi micro universo mental. La observo un par de segundos, me mira sonriente, moviéndose de forma nerviosa en su asiento, con esa energía sin quemar que derrochan todos los niños de siete años estos días.
   —Tranquila, pequeña Fischer. —Le digo, y muevo peón a e4, mientras Paganini, a un volumen moderado, también espera la próxima jugada y las paredes del comedor se acercan discretamente entre sí.